Nadezhda Joffe

Luchadoras. Historias de mujeres que hicieron historia

Nadezhda Joffe



“Todo el que se inclina ante los hechos consumados, es incapaz de preparar el porvenir.”[1] León Trotsky

¿Puede alguien sobrevivir por casi treinta años entre presidios y deportaciones? Nadezhda Joffe vivió, desde 1928 hasta 1956, desterrada en parajes inhóspitos de la Unión Soviética, detenida en cárceles de aislamiento y en campos como el de Kolyma -en Siberia-, uno de los destinos más horrendos que Stalin tenía reservado para los oposicionistas al régimen. Con sólo once años de edad al triunfo de la revolución de octubre de 1917, Nadezhda supo sostener sus principios hasta sus últimos días cuando falleció en Brooklyn con más de noventa años. ¿Cuáles fueron las imágenes que acudieron a su mente en su lecho de muerte? ¿Cuántos firmes camaradas, amigos asesinados, carceleros crueles, familiares con destino trágico desfilaron por su memoria como fotografías gastadas por el viento de la tundra, poco antes de morir?

Es difícil comprender cómo se deben haber sentido miles de revolucionarios cuando sus ideales fueron traicionados. Es difícil comprender, incluso, que ellos mismos no pudieran entender cabalmente lo que estaba pasando a su alrededor. Sin embargo, esto sucedió: miles de personas en la Unión Soviética vivieron durante décadas, aislados en cárceles, campos de concentración y “hospitales psiquiátricos”, intentando sobreponerse al hambre, al frío glacial, a la tortura y los fusilamientos de sus camaradas... sin comprender, comprendiendo a medias o intentando establecer un análisis marxista de estas vicisitudes de la historia que los tenía como trágicos protagonistas. Algunos murieron físicamente, otros lo hicieron espiritualmente, entregándose sin resistencia a la locura para escapar a los tormentos. Algunos se quebraron. Otros resistieron, soportaron, esperaron, pensaron, siguieron luchando por lo que creían. De ellos, hubo incluso quienes se atrevieron a escribir sus opiniones, relatar sus propias historias, redactar novelas y poesías, cuestionar los saberes oficiales y enviar sus elaboraciones artesanales, clandestinamente, al exterior.

Lo hicieron por meses, por años, por décadas. Acusados de “enemigos del pueblo” o, simplemente, por ser hijos e hijas de tales “enemigos”, millones fueron condenados al aislamiento. La historia, aún, no les ha rendido sus merecidos honores. El régimen de Stalin los acusó sin piedad y los condenó al ostracismo y la muerte. Pero las democracias de este lado del mundo, también los dejaron morir en el olvido, porque jamás podrían reivindicar a aquellos que así perecieron, no por aclamar las bondades del capitalismo, no por ser “agentes del imperialismo” -como quisieron ensuciarlos con falsas acusaciones-, sino por ser fieles a la revolución proletaria. Por ellos, Nadezhda puso en pie la Fundación Memorial, a través de la cual les rindió homenaje, desde el mismo momento de su liberación en 1956, cuando regresó a Moscú después de su propia larga noche.

Nadezhda era hija de Adolfo Joffe[2], uno de los más eminentes diplomáticos de la naciente república obrera, amigo personal de León Trotsky desde sus años de exilio en Europa, cuando Rusia vivía aún bajo el régimen zarista. Ingresó a la KOMSOMOL (Juventud del Partido Comunista) en 1919, cuando contaba con sólo trece años. Su actividad se desarrollaba entre los estudiantes de nivel medio. Apenas con la edad para ingresar a la universidad, asistió a la noticia de la muerte de Lenin, que ella relata con estas palabras: “En enero de 1924 murió Lenin. Esta vez el Congreso de los Soviets se realizó en el Teatro Bolshoi. Aunque varios ya sabían de su muerte, fue anunciado oficialmente desde la tribuna del congreso. Estuve en esta sesión y escuché el discurso de Nadezhda Konstantinovna Krupskaya[3]. Sin lágrimas, sino con una fuerza penetrada por el dolor, declaró: ‘Camaradas, Vladimir Ilych ha muerto. Nuestro favorito, nuestro querido ha muerto...’ Nunca había visto llorar a tantos hombres. Yo misma rompí en un mar de lágrimas y un desconocido, evidentemente un obrero, me abrazó, secando sus propias lágrimas y me dijo: ‘No llores hija mía, es inevitable’.”[4] Con la misma edad que León Sedov -el hijo mayor de León Trotsky y Natalia Sedova-, debió abandonar junto a él las filas de la Juventud Comunista, en 1924, por sumarse a la Oposición de Izquierda. Según recuerda, la KOMSOMOL recomendó a la dirección del partido su ingreso como miembro pleno; pero, justo en esa misma reunión en la que debían expedirse por su incorporación, se discutía la supuesta posición “antipartido” de Trotsky, sometiéndose a votación una resolución en contra de este dirigente revolucionario. Nadezhda no dudó en rechazar esa resolución y, según sus propias palabras, “ese fue el final de mi ‘carrera’ partidaria -antes de que comenzara.”[5]

Tempranamente, los golpes del régimen de Stalin cayeron sobre su familia. Su padre, agobiado por una enfermedad que no podía combatir -por las limitaciones que le imponía la burocracia para realizar el tratamiento adecuado fuera del país-, decidió acabar con su vida en 1927, cuando Nadezhda tenía veintiún años. Inmediatamente, se ordenó arrestar a Trotsky para enviarlo al exilio. Relatos anónimos coinciden con los recuerdos de Nadezhda sobre aquel momento en que su padre era enterrado en una ceremonia que se convirtió en el último acto público de León Trotsky en su tierra, con la participación de miles de oposicionistas.[6] Una de esas narraciones anónimas, que circuló clandestinamente en Rusia en doscientas páginas de papel de calcar, escritas a doble espacio, son testimonio elocuente de aquel episodio: “Las calles de Moscú estaban llenas de gente. El cortejo avanzaba lentamente. No había carruajes ni autos todos a pie. Detrás del féretro caminaba la viuda, María Mijailovna Joffe[7], apoyada en el brazo de Trotsky, que iba a su lado. (...). Luego venía la delegación oficial representante del gobierno (...). Luego, una columna de muchos miles de militantes, amigos del muerto, participantes activos de la Revolución y la guerra civil. Venían a rendir los últimos honores a su camarada en la lucha común por la causa revolucionaria. (...). En nombre de la salvación de la unidad del partido... Joffe puso fin a su propia vida, sacrificándose como un centinela en su puesto en el momento de mayor peligro, cuando estaba amenazado el futuro del partido. (...). El Secretario del Comité Ejecutivo Central de los Soviets (...) había dado órdenes de permitir la entrada únicamente a los parientes y amigos íntimos del extinto. Se nos ordenó ‘dispersarse inmediatamente y volver a sus casas’. Pero éramos diez mil. Tomamos las puertas por asalto. La policía retrocedió (...). Trotsky subió a la plataforma y descubrió su cabeza. Sus palabras fluían como una triste melodía que nos tocaba en lo más hondo. Yo había escuchado muchos discursos de Trotsky, pero ninguno como éste. Habló de su amigo, un revolucionario que había dedicado su espíritu ardiente a la causa de la revolución hasta la última gota de su sangre. (...). Y luego, la triste melodía del discurso de Trotsky comenzó a trocarse en un ardiente llamado a la vida, a la lucha por la vida: las vibrantes palabras de Trotsky penetraron en esa multitud de diez mil personas: ‘Nadie tiene el derecho de seguir el ejemplo de esta muerte. Deben seguir el ejemplo de esta vida.’ Era la orden del Comandante del Ejército... Jamás la olvidamos, ni siquiera en las jornadas más negras de la represión stalinista.”[8] A partir de ese momento, lo que la burocracia stalinista identificó como la “lucha contra el trotskismo” constituyó la columna vertebral de su accionar para la consolidación del régimen totalitario. La persecución a los “bolcheviques-leninistas” fue la experiencia en la que se comenzaron a probar el aparato policial, el servicio secreto[9] y el sistema del GULAG[10].

Después de la muerte de su padre y el exilio de Trotsky, Nadezhda siguió participando de las actividades de la Oposición de Izquierda. Stalin ya había declarado incompatible pertenecer al partido y adherir a las ideas de la oposición -hasta entonces una fracción legal del mismo. Muchos claudicaron entonces, velozmente, para no ser excluidos. Otros se afianzaron bajo las banderas de Trotsky. Precisamente, los primeros arrestos y deportaciones de este período, tenían el objetivo de quebrar a esa oposición irreductible. La misma Nadezhda relata que, entre quienes se oponían al régimen de Stalin, los trotskistas eran los más irreconciliables, en particular los jóvenes estudiantes. “Debo decir que de todos los grupos internos del partido, fueron sólo los trotskistas quienes pelearon más activamente. Hicimos aproximadamente lo que los revolucionarios hicieron en la clandestinidad zarista. Organizamos grupos de simpatizantes en las fábricas y las escuelas; publicábamos volantes y los distribuíamos.”[11]

Desde 1928, entonces, la oposición debe adoptar un doble funcionamiento legal y clandestino, para evitar la represión. En las colonias de deportados, paradójicamente, la actividad política de los oposicionistas se desarrollaba a la luz del día. En las grandes ciudades de la Unión Soviética, mientras tanto, existían núcleos que funcionaban ilegalmente, bajo la cobertura de miles de simpatizantes que les proveían su hospitalidad, su ayuda e incluso su protección. El núcleo de oposicionistas clandestino de Leningrado lo dirigía Aleksandra Lvovna, la primera esposa de Trotsky y madre de sus hijas, una mujer que Nadezhda reconocerá entre las últimas prisioneras que encontrará con vida, más adelante, en su última deportación.

En este período, junto con otro joven compañero de la Oposición, se le encarga a Nadezhda escribir su primer panfleto describiendo la personalidad de Stalin y su responsabilidad en la situación en que se encontraba el partido en esos momentos. “Fui a casa y me senté a escribir el primer volante de mi vida. ¿Cómo debía escribirlo? Detrás estaban las manifestaciones por el décimo aniversario de Octubre, el funeral de mi padre y el exilio de Trotsky. Recordé que en un volante de agitación política no podía revelar la repulsión personal, casi física que sentía en relación a este hombre, pero era difícil mantener una objetividad total. Saqué la Carta al Congreso de Lenin, que fue llamado su Testamento. Como saben, ésta no fue publicada después de la muerte de Lenin, pero en casa la teníamos (...) nadie podía escribir mejor (...). Usando la carta de Lenin escribí mi primer volante.”[12] Su libertad no duró mucho. Siguiendo el derrotero de otros viejos bolcheviques y jóvenes de la oposición, comenzó a ser interrogada sobre su actividad, comprendiendo entonces que un gran número de camaradas que habían estado en contacto con ella, ya habían sido arrestados.

Presa con otras mujeres, advierte que no ponían juntas en la misma celda a las personas comprometidas con el mismo caso, para que no intercambiaran información entre sí. Recuerda que allí vio a muchas ex - esposas de militantes trotskistas que habían sido arrestadas, aún cuando no tuvieran participación política; incluso, con humor, Nadezhda relata que dos ex - esposas de un mismo bolchevique fueron encerradas en la misma celda, pero que los carceleros no lograron su propósito de que las mujeres se enfrentaran entre sí. Presas de Stalin, sí; pero no presas de los celos. “Una persona se acostumbra a todo. Incluso la vida en prisión, con todas sus monstruosidades, se vuelve una rutina. Aparecen los amigos. El destino de la gente que sólo ayer era extraña es sentido con la misma agudeza que el de aquellas personas cercanas.”[13]

Encerrada en una de las cárceles de aislamiento, Nadezhda empieza a transcurrir los que serían los siguientes treinta años de su vida, signados por la represión, el destierro y los trabajos forzosos. En 1928, el mismo año en que es detenida en la prisión de Butyrki en Moscú, muere el camarada Butov luego de una huelga de hambre de cincuenta días para protestar contra las acusaciones de espionaje por las cuales se encontraba detenido en esta misma unidad carcelaria. Al año siguiente, la policía secreta lleva a cabo la primera ejecución sumaria de un militante oposicionista: se trata de Iakov Blumkin, héroe del servicio de inteligencia del Ejército Rojo y colaborador de Trotsky en su edición de escritos militares, que para entonces todavía seguía integrando las filas de la GPU. El golpe encerraba un claro mensaje: no más simpatizantes de Trotsky en las filas del ejército y de la policía del régimen. El propósito era someter a estos organismos a la voluntad política de Stalin, convirtiéndolos en ciegos instrumentos de la violencia represiva.

Nadezhda es liberada, por un breve período en el que parecía disminuir la política de terror ejercida por el gobierno. Sin embargo, poco tiempo después, la represión se vuelve a armar preparando un golpe más artero. Nadezhda es arrestada nuevamente, en 1936, y enviada a los campos de prisioneros de Kolyma.[14] El grueso de las filas de la oposición ya se encontraba entre los deportados. Hacia 1933, se estimaba que los oposicionistas de los campos ascendían a ocho mil. En esas condiciones, los desterrados conmemoraban cada 1º de mayo y cada aniversario de la Revolución de Octubre de 1917, manifestándose y cantando La Internacional, que estaba prohibida. Pero las acciones de protesta más generalizadas eran las huelgas de hambre: la primera fue en la prisión de Tomsk en 1928, luego en la penitenciaría de Tobolsk, más tarde en la cárcel de Verkhneuralsk donde el director del presidio encadenó a los huelguistas y los roció con agua fría, en pleno invierno, para obligarlos a ceder. En 1931, en la misma cárcel, estalla otra huelga de hambre de los comunistas que es apoyada por los prisioneros anarquistas. En 1933, estalló una huelga de hambre simultánea en varias prisiones, exigiendo el reagrupamiento de los detenidos políticos en un mismo lugar. Uno de los protagonistas lo recuerda con estas palabras: “Extenuados, fuimos alimentados por la garganta con sondas apropiadas. Los tormentos fueron inauditos. Nos introdujeron en la boca grandes trozos de goma; los huelguistas eran arrastrados como perros destrozados a la ‘celda de alimentación’. Nadie capitulaba individualmente. El día quince de la huelga, nuestro comité de huelga decidió ponerle fin al mediodía, porque muchos huelguistas intentaban suicidarse.”[15]

Pero si estas dramáticas escenas eran moneda corriente, el terror que se implantó a partir de 1936, alcanza niveles impensables. Mientras la reacción dominaba el mundo con el ascenso de Hitler y la inevitable marcha hacia una guerra mundial, Stalin ponía en práctica los Juicios de Moscú, con los que pretendió destruir definitivamente a los oposicionistas y aterrorizar a las masas soviéticas. Nadezhda, nuevamente detenida, engrosa el flujo inabarcable de los millares de nuevos deportados, entre los cuales se encontraba una mayoría de jóvenes. Para evitar su contacto con los viejos bolcheviques, se aisló cada vez más a estos últimos de los nuevos condenados. Como señala el historiador francés Pierre Broué “los campos eran cada vez más ‘campos de concentración’ y las ‘cárceles de aislamiento’ renovaron su población.”[16] Nadezhda, en sus memorias, también manifiesta esta misma impresión y concluye que el régimen stalinista estaba copiando los más horrendos métodos que luego hicieran desgraciadamente célebre al régimen nazi.

Cuando le informan que será enviada a Kolyma, su esposo, Pavel Kossarisky, reclama ser trasladado con ella. Su pedido es denegado y Pavel se declara en huelga de hambre. Inmediatamente lo separaron del resto de los prisioneros y lo encerraron en una celda de aislamiento. Cada vez que oía pasos cercanos a la celda gritaba “¡Avisen a Nadezhda que inicié una huelga de hambre!” Logró que su reclamo llegara a oídos de su esposa y, entonces, ésta se negó a ser trasladada y exigió encontrarse con su esposo. Finalmente, los enviaron juntos a Kolyma, un campo donde las condiciones eran aún más terribles. En este extremo septentrional de Rusia, con temperaturas que llegaban a cuarenta grados bajo cero, era habitual que los prisioneros declararan huelgas de hambre masivas para exigir que se cumplieran sus demandas. Allí trabajaban a cambio de un salario de novecientos rublos, de los cuales la mitad servía para pagar la vivienda y otros gastos y, el resto, se depositaba en una “cuenta del campo”. Mientras tanto, sus hijas quedaban al cuidado de su madre, de sus tíos, incluso estuvieron en orfanatorios. Nadezhda tuvo que soportar que uno a uno, todos sus familiares fueran cayendo víctimas de la represión. Su madre se había vuelto a casar con Mikhail Ostrovsky, un hombre modesto dedicado a su trabajo, que nunca dudaba de las órdenes partidarias y que no rechazaba el culto a Stalin que se imponía en todos los ámbitos de la vida política y cotidiana. Sin embargo, su obsecuencia no le sirvió de mucho. Lo arrestaron en 1937, fue interrogado sin que pudieran sacarle una sola palabra y se negó a firmar falsas declaraciones. El motivo de su detención: ser el padrastro de Nadezhda.

La crueldad contra los oposicionistas detenidos en los campos no tenía límites. Nadezhda recuerda una anécdota que la llevó a reflexionar sobre el por qué de las torturas. En 1937, una mujer que era miembro del Partido Comunista Polaco había sido arrestada y era sometida a interrogatorios casi todos los días, desde la tarde hasta el amanecer, en dos turnos. Durante la primera parte, el carcelero la golpeaba hasta dejarla inconsciente. El que venía después, extendía un abrigo en el suelo para que ella se recostara y recuperara sus fuerzas, mientras él tiraba las cosas al piso y caminaba golpeando sus botas con vehemencia para simular, ante sus pares, que seguía con los interrogatorios. Nadezhda reflexiona, entonces “si un hombre no quería ser un verdugo, no tenía que serlo bajo ninguna circunstancia. Eso significa, sin embargo, que el resto quería serlo...”[17] Pero a ella, probablemente por lo que significaba su apellido en la historia de la Revolución Rusa o quizás por su propia personalidad como dirigente de la KOMSOMOL y su antigua pertenencia al partido, le ofrecieron trabajar en el casino donde comían los jefes del campo. Era un buen trabajo para una prisionera, allí se garantizaban tareas fáciles y buena comida. Para sorpresa de los verdugos, Nadezhda no tomó la oferta: “servirles” a los despóticos guardias le parecía moralmente inaceptable. Eligió ser camarera en la cafetería de los prisioneros, entre iguales.

Su conducta irreprochable la hacía una líder nata. En 1938, cuando un coronel de alto rango llega a visitar el campo donde ella se encontraba detenida, Nadezhda reclama: hay que calentar la carpa donde viven las prisioneras, los niños necesitan leche, una muchacha está enferma y debe ir al hospital. El coronel, sorprendido por las denuncias temerarias de mujer se da vuelta y le dice a sus subordinados: “Anoten que todo eso debe ser realizado”. Y mirando a Nadezhda agrega: “¿Necesita algo más?”. La revolucionaria no le teme y, con la misma firmeza le informa que su marido estaba detenido trabajando en una mina a veinticinco kilómetros. Le aclara que, por ser un matrimonio, tenían derecho a cohabitar, aunque se tratara de un campo de trabajo forzoso para prisioneros del régimen. El alto jefe no tuvo otro remedio; se acercó a su lugarteniente e indicó: “Escriba el nombre del esposo, consiga sus cosas y arregle una reunión.” Más tarde, cuando es trasladada a otra zona, vuelve a mostrar su fuerte personalidad: la nombran coordinadora de un grupo de prisioneras obligadas a los pesados trabajos de lavandería. En poco tiempo, Nadezhda es castigada por haber dado permiso a las detenidas de encontrarse con sus novios, por no ser estricta con la gente que tenía a su cargo. Durante todo el verano de 1939 trabaja en la temporada de pesca. La administración del campo le quiere dar un premio por su trabajo; pero Nadezhda no acepta ningún galardón otorgado por sus propios carceleros. A cambio, solicita al director que le dejen visitar a su pequeña hija a quien no ve desde hace seis meses. Él mismo la conduce en barco hasta Magadan, donde se encuentra el refugio de los hijos de los prisioneros. Se encuentra con su hija Lera, con la que permanece una hora. Al principio, su propia hija no la reconoce, pero cuando ella se va, Lera grita y llora desgarradoramente.

De su hija mayor, Natasha, estuvo separada por casi diez años. Cuando vuelve a encontrarse con ella, la niña pasa al lado suyo de manera indiferente. “La llamé ‘Natasha’. No se parecía a la niña de seis años que había dejado hacía diez años, pero sabía exactamente que era ella. Se dio vuelta, me miró con sorpresa y me dijo, ‘Disculpe, ¿nos conocemos?’” La niña le relata, luego, lo que había sucedido con su vida y la de su hermana Kira durante todo ese tiempo en que estuvieron separadas de sus padres: “Me acuerdo cuando se llevaron a la abuela. Vinieron una noche cuando Kira y yo estábamos durmiendo. Me despertaron y me dijeron: ‘Niña, toma las cosas que tú y tu hermana van a necesitar mañana’. (...). Después vivimos con varios parientes (...). En la casa del tío Vitya, por ejemplo, todo iba bastante bien; nuestra bisabuela vivía ahí y nos quería mucho. Después murió. Me acuerdo de su muerte muy bien. Pero la tía Rosa dijo que tú eras mala, que te habías metido en política en lugar de pensar en tus hijos, y que te habían encarcelado, y alguien tenía que cuidar a tus hijos. Pero yo pensé que la abuela, después de todo nunca había estado metida en política, ni siquiera había trabajado, y la arrestaron de todas maneras. En general, mamá, Kira y yo nunca pensamos mal de tí, tampoco de papá. Cuando la guerra comenzó (...) fuimos a un orfanato. No conocíamos a nadie. Cuando los alemanes se acercaban al lugar, todos los niños que tenían parientes se fueron. Sólo quedamos diez con nuestra maestra. Cuando se acabó la comida la maestra dijo que ya no podía hacer nada, que todos los que pudiéramos teníamos que ir a Moscú.” En Moscú, el tío de las niñas las engaña pidiéndoles que se queden en su antigua casa, que él las iría a buscar. Pero nunca regresa. “Esperamos dos días y, el tercero, una persona que dijo que venía de parte del tío dijo que el tren se había marchado más temprano de lo esperado y que no había podido venir a buscarnos. En ese momento le creímos, pero ahora pienso que nunca intentó ir a buscarnos.” La hija mayor de Nadezhda tenía doce años y su hermana, nueve. Solas y desamparadas comenzaron a vender y trocar algunas cosas de la casa por comida. La más pequeña no soportaba el hambre y pedía pan. “No iba tener mañana ni pasado mañana. Me quería morir, así todo esto terminaría. Decidí arrojarme debajo de un auto. Y lo hice, pero una mujer logró sacarme de debajo de las ruedas. Me preguntó qué me pasaba y le conté.” Después de este dramático episodio, las niñas vuelven a ser trasladadas a un orfanato. “A veces los más grandes nos sacaban la comida y otras veces no había suficientes porciones y la maestra decía: ‘Éstas son hijas de enemigos del pueblo, pueden estar sin comer’. (...). El tío Vitya volvió y nos llevó a su casa. Tenía mucha comida pero durante un tiempo Kira y yo todavía escondíamos pedazos de pan o de carne. Los envolvíamos y los escondíamos en algún lugar, pensando que entonces, si volvíamos a sufrir hambre, contaríamos con reservas.”[18] En sus memorias, Nadezhda transcribe las palabras de su hija, textualmente. “Esto es lo que me dijo mi hija y yo lo escribí. No porque temiera olvidarlo -nunca olvidaré esto hasta que me muera- pero, así, otros podrán leer lo que ella dijo.”[19]

Como una pequeña alegría en medio de tanto dolor se consideraban los encuentros con viejos amigos y camaradas. Con tantos miles de arrestos diarios, no era difícil encontrarse con conocidos. Nadezhda reconoció, en Kolyma, a Anya Sadovskaya y a Liuba, su hermana pequeña, de la KOMSOMOL y amigas suyas. También se encontró con Bliuma Solomonovna Faktorovich y Sofía Mikhailovna, ambas viejas bolcheviques. A Sofía, las prisioneras más jóvenes la habían bautizado la “mamá del campo”. Su hija, Koka, también detenida, había nacido en una prisión zarista en la que Sofía había permanecido arrestada por sus actividades revolucionarias. Pero, quizás, el encuentro más impactante fue el que se produjo con Aleksandra Lvovna, la primera esposa de Trotsky. Con cuarenta años de militancia bolchevique y habiendo sufrido la prisión y el exilio a la que la condenó el zarismo, Aleksandra fue catalogada, también, como “enemiga del pueblo” y confinada a Kolyma. Quizás su peligro radicaba en sus principios, en su abnegada dedicación a la causa de la revolución proletaria y en haber sido compañera de León Trotsky en la vida como en la ideas. En el primer destierro en Siberia, cuando aún Rusia vivía bajo el imperio zarista, Aleksandra fue la que impulsó a Trotsky a escapar a Europa. Según recuerda el mismo Trotsky: “Aleksandra Lvovna ocupaba uno de los primeros lugares en nuestra Liga Obrera del Sur. Profundamente entregada al socialismo, con un absoluto desprecio de todo lo que le fuese personal, gozaba de una autoridad moral indiscutible. El trabajo común por la causa nos había unido íntimamente, y para que no nos desterrasen a lugares distintos, habíamos hecho que nos desposasen en la cárcel de depósito de Moscú.”[20] Refiriéndose a su exilio en Siberia recuerda: “Había que huir de allí. Por entonces ya teníamos dos niñas, la menor de las cuales no había cumplido aún cuatro meses. La vida en Siberia era dura. Mi fuga habría de hacérsela doblemente difícil a Aleksandra Lvovna. Ella fue quien decidió que debía hacerse. Los deberes revolucionarios pesaban más sobre su espíritu que toda consideración, principalmente si ésta era de orden personal. (...). La vida nos había separado, pero supo mantener inconmovible nuestras relaciones intelectuales y nuestra amistad.”[21] Esas dos hijas mujeres se dedicaron también, más tarde, a la actividad militante. Ambas murieron: Nina, la menor, falleció en Moscú, víctima de la tuberculosis; Zina, se suicidó en Alemania, presionada por el acoso permanente de la policía secreta de Stalin. Su hijo, Sieva, fue criado por Trotsky y Natalia Sedova, su segunda esposa, en el exilio de Coyoacán. Aleksandra, después del suicidio de Zina, escribió una carta a Trotsky: “Nuestras hijas estaban condenadas. Ya no creo en la vida. Espero constantemente algún nuevo desastre. (...). Ha sido difícil para mí escribir y enviar esta carta. Perdóname por ser cruel contigo, pero tú también debes saberlo todo sobre los nuestros.”[22] Después de la muerte de sus dos hijas, fue enviada a Kolyma, donde la encontró Nadezhda. Fielmente, esta última recuerda que, cuando le anunciaron su liberación, fue a despedirse de Aleksandra quien le dijo: “Si alguna vez lees o escuchas, en alguna parte, que he confesado ser culpable, no lo creas. Eso nunca sucederá, no importa lo que me hagan.”[23] No hay información sobre el destino final de esta valiente mujer. Sus hijas tuvieron una muerte prematura. Sus nietos quedaron desamparados, con una abuela prisionera y un abuelo en el exilio. Pero las palabras que resonaron por muchos años en la memoria de Nadezhda son una pequeña muestra de su heroicidad y grandeza.[24]

Quizás no se trataba de heroínas aisladas. Ya en 1936, cuando se inició la segunda deportación de Nadezhda y después del primer juicio de Moscú, los prisioneros de los campos de Vorkuta organizaron manifestaciones de protesta y votaron una huelga de hambre en asamblea general. María Joffe, segunda esposa del padre de Nadezhda relata en sus memorias que las reivindicaciones incluían el reagrupamiento de los presos políticos y su separación de los criminales; la reunificación de las familias dispersas en distintos campos; el derecho a realizar un trabajo acorde a la formación profesional de cada detenido y el derecho a recibir libros y diarios, además de una mejoría en las condiciones de vida y alimentación. Los que organizaron esta huelga, habían participado de las duras huelgas de hambre de Verkhneuralsk. Ésta, declarada por los prisioneros de Vorkuta, duró ciento treinta y dos días. Ni la alimentación forzosa, ni la suspensión de la calefacción a pesar de los cincuenta grados bajo cero fueron efectivos a la hora de quebrar la voluntad de los huelguistas que vieron triunfar todas sus demandas en febrero de 1937. Para 1938, treinta y cinco hombres y mujeres que habían sido dirigentes de esa huelga fueron llevados al bosque y alineados al borde de lo que serían sus propias fosas. Murieron ametrallados como miles de oposicionistas que siguieron ese mismo camino. María Joffe retiene la imagen, en sus retinas, de Faina Iablonskaia quien “mantenía la cabeza erguida a pesar de sus manos atadas a la espalda”[25]. El disparo del verdugo y, en instantes, el cuerpo de Faina yace sobre la nieve sin vida, envuelto en el tapado rojo de sangre.

Para 1941, Nadezhda ya no sabía nada de su marido y pierde las esperanzas de reencontrarlo con vida. Liberada, a medias, porque en el pueblo donde vive de la región de Kolyma le advierten que hay una “ley no escrita” que le impide abandonar la zona, Nadezhda debe permanecer en el destierro mientras dure la guerra, que culminará recién en 1945. Un amigo que sí tiene permiso para salir cuando lo desee, le ofrece casamiento para facilitarle este derecho. Nadezhda acepta este casamiento y, al poco tiempo de convivir con Goncharuk, queda embarazada de su cuarta hija, Lialka. En 1946, regresan a Moscú después de larguísimos años de destierro, prisiones y campos de deportados. Allí se entera de que su madre también había estado detenida por cinco años bajo el cargo de ser familiar de una “traidora a la patria”. Se separa de Goncharuk, con quien debe mantener una disputa por la tenencia de su pequeña hija. Mientras tanto, su hija Kira está viviendo en Azerbaidjian con su tío Vitya y Natasha, su hija mayor, se encontraba en Bakú cursando sus estudios de maestra, mientras Lera permanece con su abuela. En 1949, cuando telefonea a Natasha por su cumpleaños, le dicen que las autoridades necesitan hablar con ella. Cuando se presenta, es arrestada nuevamente. Es el período en que vuelven a prisión la mayoría de los sobrevivientes de los campos de la década de 1930, bajo la categoría de “repetidores”. Este nuevo arresto asesta un golpe muy duro a Nadezhda que se pregunta si es capaz de resistir nuevamente lo que se avecina. Por primera vez piensa en la muerte, sin embargo, no dice una sola palabra durante los interrogatorios.

Finalmente, liberada pero desterrada nuevamente a inhóspitos parajes alejados de Moscú forma pareja con un camarada. Su hija Natasha, entre tanto, se casa y tiene un hijo al que nombra Pavel, como su abuelo desaparecido. Recién en 1961, Nadezhda regresa a Moscú y exige la rehabilitación de Pavel, aprovechando la “desestalinización” que auguraban los nuevos funcionarios del régimen. “Escribí una carta a la comisión de control del partido para que le devuelvan la afiliación partidaria a Pavel. Escribí que ya no hacía ninguna diferencia para él, pero estaban sus hijas, y yo quería que sus hijas supieran que su padre vivió como comunista y murió como comunista.”[26] Por supuesto, con la misma firmeza con que se mantuvo aún bajo las más duras circunstancias que le tocaron vivir, Nadezhda consiguió que le entregaran el carnet de afiliado de Pavel Kossarisky.

Nadezhda murió en Brooklyn en 1999. Los pérfidos stalinistas del régimen del terror jamás le arrebataron una sola confesión. Sus palabras fueron resguardadas, bajo sus principios revolucionarios, para alcanzar la Historia a través de sus memorias escritas entre 1971 y 1972. Ella señaló en su libro que miles de oposicionistas sufrieron cárcel, exilio, soportaron los campos de trabajo forzoso y hasta la muerte por mantenerse fieles a su idea de que ése no era el socialismo que habían soñado las mentes más brillantes de su época. Entre esas mentes brillantes y esos espíritus nobles y valientes, Nadezhda ocupa también un lugar de privilegio.

[1] La Revolución Traicionada, de L. Trotsky

[2] Dice León Trotsky de Adolfo Joffe, en Mi Vida: “Joffe era un hombre de gran espíritu, muy sensible personalmente, y entregado por rentero a la causa, que sacrificaba al periódico su tiempo y su dinero. (...). Joffe fue de los que más activamente intervinieron en el movimiento de octubre. El valor personal de este hombre, enfermo de gravedad, era verdaderamente admirable. (...). Era un buen orador, reflexivo y animoso, y como escritor mostraba las mismas cualidades. (...). Lenin tenía en mucha estima la labor diplomática de Joffe. Viví muchos años en relación más íntima que nadie con este hombre, que se entregaba a la amistad de un modo íntegro y guardaba una fidelidad incomparable a sus ideas.”

[3] Esposa de Vladimir Illich Lenin

[4] Back in Time, de N. Joffe

[5] íd

[6] Los discursos pronunciados en el funeral de Joffe fueron la última aparición pública de la Oposición de Izquierda. Así lo menciona Isaac Deutscher en su libro El profeta desarmado y Roy Mevdeved en Que la historia juzgue que incluye, además, otros testimonios samizdat.

[7] Segunda esposa de Adolfo Joffe. María también fue víctima de la represión stalinista, viviendo durante veintiocho años en un campo de prisioneros. Sus memorias pueden leerse en One long night...

[8] Este texto forma parte de “Memorias de un bolchevique leninista”, uno de los samizdat recopilados por George Saunders en Samizdat. Voces de la oposición soviética

[9] La GPU, policía secreta del régimen, también adoptó el nombre de NKVD y, más tarde, fue popularmente conocida en Occidente bajo la sigla de KGB.

[10] Sigla conformada por las iniciales de Dirección General de Campos de Trabajo, en ruso. Más tarde, bajo esta denominación se hacía referencia no sólo a la administración de los campos sino también al sistema de trabajos forzados, en todas sus formas y variedades: campos de trabajo, de castigo, de criminales y políticos, de mujeres, de niños o de tránsito.

[11] Nadezhda Joffe, op.cit.

[12] íd.

[13] Ibíd.

[14] Región en el extremo oriental de Siberia. En los campos de prisioneros de Kolyma estuvieron detenidos más de seis mil trotskistas que no cesaron de reclamar un status de prisioneros políticos para sí mismos. Bajo durísimas condiciones, continuaron el combate contra el stalinismo y, finalmente, fueron aniquilados -la mayoría a mediados de la década de 1930.

[15] Llamado de Tarov al proletariado mundial, La Verité, 11 de octubre de 1935.

[16] Los trotskistas en la URSS, de Pierre Broué.

[17] N. Jofe, op.cit.

[18] Id.

[19] Ibíd.

[20] Mi Vida, de León Trotsky

[21] Id.

[22] Citado en El profeta desterrado, de I. Deutscher

[23] N. Joffe, op.cit.

[24] Antes de ser asesinado, él mismo, por un agente stalinista, León Trotsky asistió al asesinato de uno de sus hijos, la desaparición del otro, el suicidio de una de sus hijas y la muerte de la otra por una enfermedad. Soportó la masacre de amigos y colaboradores y la destrucción de la revolución de la cual había sido dirigente junto a Lenin.

[25] One long night, de María Joffe

[26] N. Joffe, op.cit.

No hay comentarios: