Igualdad y Diferencia (Parte II)

por Andrea D'Atri.

Contradicción antidialéctica 2: Diferencia esencial vs. Identidades múltiples


Mientras tanto, al interior mismo del movimiento, las mujeres negras y las mujeres lesbianas acusaban al feminismo de ser un discurso imperialista que pretendía representar los intereses de todas las mujeres desde la posición exclusiva y particular de las mujeres blancas anglosajonas de clase media y heterosexuales.

Sus experiencias no coincidían con las de otras mujeres, sus situaciones de opresión no eran idénticas, sus vínculos con los varones también eran diferentes; incluso muchas veces estos vínculos eran privilegiados frente a la relación con otras mujeres de etnias, clases o naciones diferentes.

El discurso feminista era criticado por su esencialismo: bajo la definición unívoca de mujer se pretendía encontrar una experiencia unificadora para todas las mujeres.

La discusión se trasladó, entonces, de la diferencia de género a las diferencias entre las propias mujeres En palabras de Audre Lorde:

"Estar juntas las mujeres no era suficiente, éramos distintas. Estas juntas las mujeres gay no era suficiente, éramos distintas. Estas juntas las mujeres negras no era suficiente, éramos distintas. Estar juntas las mujeres lesbianas negras no era suficiente, éramos distintas. Cada una de nosotras teníamos sus propias necesidades y sus objetivos y alianzas muy diversas. La supervivencia nos advertía a algunas de nosotras que no nos podíamos permitir definirnos a nosotras mismas fácilmente, ni tampoco encerrarnos en una definición estrecha... Ha hecho falta un cierto tiempo para darnos cuenta de que nuestro lugar era precisamente la casa de la diferencia, más que la seguridad de una diferencia en particular."[xvii]

Este traslado de la diferencia entre los sexos a la diferencia entre las mismas mujeres abrió un enorme cuestionamiento en el movimiento feminista sobre diversos tópicos: el heterosexismo, el racismo, el colonialismo, las alianzas políticas con otros movimientos sociales, etc.

"Está claro que las cuasi-metanarraciones impiden más que promueven la hermandad ya que borran las diferencias entre las mujeres y entre las formas del sexismo al que están sujetas diferentes mujeres de manera diferente. Del mismo modo, es cada vez más evidente que tales teorías impiden alianzas con otros movimientos progresistas, ya que tienden a ocultar ejes de dominación que no son los del género. En suma, las feministas están cada vez más interesadas en los modos de teorizar que atiendan a las diferencias y a las especificidades culturales e históricas."[xviii]

En el terreno teórico, con la explosión de las diferencias, se privilegiaron los estudios localizados, en detrimento de las teorías sociales abarcativas. El multiculturalismo desembarcó, entonces, en los estudios de género y en el mismo movimiento feminista con su respeto por la diversidad, pero arrastrando tras de sí la renuncia a todo "horizonte de universalidad"[xix].
Es lo que Slavoj Zizek definió como "la forma ideal de la ideología de este capitalismo global"[xx], es decir, una posición según la cual se trata a cada cultura específica de la misma manera que el colonizador trata a los "nativos", con un signo valorativo inverso: en el multiculturalismo, cada cultura es respetada como / por igual.

Soltando las amarras de las estructuras sociales, las determinaciones históricas y económicas, las diferencias ya no fueron comprendidas –según los nuevos estudios culturales- desde una teoría capaz de desenmascarar la opresión de aquellos y aquellas portadores de "identidades irrespetadas", como víctimas de una ideología a la que estaban sujetos por su poder represivo. El multiculturalismo, escapando al reduccionismo económico, también se ha alejado de la política.

Despojó a las identidades de su anclaje en determinadas relaciones necesarias de colaboración social: transformó a los "productores" culturales en "consumidores" culturales, trastocó las identidades en meras diferencias textuales, discursivas; exaltó los valores, las experiencias y las opiniones propios de los grupos subordinados asumiendo que eran en sí mismos progresistas y que surgían directamente de la experiencia de subordinación.

Los estudios sobre la vida cotidiana son la expresión académica, por ejemplo, de esta concepción de "dar voz" a los oprimidos ya que esa voz al haber sido silenciada mediante los mecanismos de la opresión, la subordinación y la exclusión de los discursos dominantes es, en sí misma, auténtica por definición.

En el transcurrir de la segunda ola del movimiento feminista, entonces vemos cómo la diferencia pasó de ser, en un primer momento, una construcción social contra la cual rebelarse a convertirse en naturaleza biológica ponderable. Más tarde, con esta irrupción de las diferencias al interior mismo del movimiento feminista, la diferencia fue recategorizada como absolutización de identidad.

De la crítica a los modos de producción y al sistema patriarcal se pasó a la crítica de las teorías de justicia. Como señala Bensaïd, ya no se trata de cuestionar la explotación sino la alienación generalizada. Es decir, la explotación aparecerá como un tipo más de alienación en el sistema capitalista de fin de siglo y, por ende, la cuestión de la reapropiación social no ocupará el centro de los programas políticos emancipatorios. Este lugar estará ocupado ahora por la demanda de una aceptación cada vez mayor de las diferencias alienadas en la marginación social, como si se tratara de un proceso gradual de evolución sin sobresaltos y por lo tanto, pacífico, hacia la liberación de cada individuo que integra la sociedad.

Al decir de Zizek:

"Entonces, nuestras batallas electrónicas giran sobre los derechos de las minorías étnicas, los gays y las lesbianas, los diferentes estilos de vida y otras cuestiones de ese tipo, mientras el capitalismo continúa su marcha triunfal."[xxi]

El fenómeno de la explosión de las diferencias al interior del feminismo llevó a la inclusión de diversas comas y etcéteras en definiciones desjerarquizadas. Así se suceden, entonces, los términos clase, etnia, orientación sexual, edad, etc. Y más progresismo a cuántos más etcéteras se incluyan en las definiciones.
El concepto de clase social volvió a reaparecer en el feminismo, pero esta vez, considerado como una variable más entre tantas otras para definir la identidad de los grupos y los sujetos.

Colocando en el mismo nivel las diferencias de género, de orientación sexual, de etnia, con las de clase, el multiculturalismo emprende la tarea que –según el autor anteriormente citado- consiste en hacer invisible la presencia inalterable del capitalismo.

Que las determinaciones de clase se ubiquen en un plano de igualdad con las demás equivale a ocultar el papel clave que desempeña la economía en la estructuración de la sociedad; es decir, difumina en un plano de equivalencias el uso primordial que el capitalismo hace de las diferencias (y en este sentido, de la opresión de género y la subordinación de diferentes grupos por razones culturales, étnicas, de orientación sexual, etc.) para sostener el statu quo de su dominación sistémica.

"Es la 'represión' del papel clave que desempeña la lucha económica lo que mantiene el ámbito de las múltiples luchas particulares, con sus continuos desplazamientos y condensaciones. La política de izquierda que plantea 'cadenas de equivalencias' entre las diversas luchas tiene absoluta correlación con el abandono silencioso del análisis del capitalismo en tanto sistema económico global, y con la aceptación de las relaciones económicas capitalistas como un marco incuestionable."[xxii]

Para el pensamiento marxista, la pertenencia de clase no puede agregarse simplemente a las otras múltiples y diversas identidades, ya que constituye el núcleo alrededor del cual se articulan y adquieren su definición concreta estas otras pertenencias. Las identidades que el sistema entiende como subordinadas (mujer, negro, homosexual, etc.) sólo adquieren su significación social concreta en relación a su vínculo con una clase social, donde la clase es el eje que determina su vivencia particular de subordinación.
Si el matrimonio, por ejemplo, es una institución que a través del contrato sexual, subordina a las mujeres al varón, también es cierto que el matrimonio de una mujer con un varón de la clase poseedora de los medios de producción la libera de la explotación. Por el contrario, aquellas mujeres que deben vender su fuerza de trabajo, arrastrarán las dobles cadenas a las que este sistema capitalista las somete como mujeres y como trabajadoras. En este último caso, la opresión y la explotación se conjugan dramáticamente; en el primero, por el contrario, la relación de opresión exime de lo segundo.

La articulación de las diversas determinaciones de género, sexualidad, etnia, etc. está fundada en la estrecha articulación que existe entre explotación y opresión bajo la dominancia del capital. Es cierto que cada sujeto es una combinación particular de pertenencias múltiples a diversos lugares de identidad; pero sólo una lectura liberal podría llevarnos a la interpretación de que la sociedad existente es el resultado de una sumatoria de individuos con múltiples pertenencias identitarias. Negarse a comprender la totalidad del sistema capitalista conlleva, necesariamente, a la imposibilidad de cuestionarlo profundamente y por ende, de subvertirlo.

Como marxistas, no es la noción de diferencia lo que cuestionamos sino su naturalización biológica o su absolutización. Incluso el relativismo con que se enfocan las diversas identidades, igualmente respetables.

Como señala el marxista inglés Terry Eagleton, si bien nadie tiene una determinada pigmentación de la piel porque otros tengan otra, si bien nadie tiene un sexo porque hay otros que poseen uno diferente, sí es cierto que millones de personas se encuentran en la "posición" de asalariados porque hay unas pocas familias en el mundo que concentran en sus manos los medios de producción.[xxiii] Ambas categorías (burgués / proletario, o bien explotador / explotado) se relacionan mutuamente de manera tal que sólo aboliendo éste vínculo específico (capital / trabajo) puede abolirse la "identidad" subordinada, de un modo que no es igual para las otras identidades.

En una sociedad sin opresión de ningún tipo podemos imaginar a las mujeres en una posición igualmente jerarquizada que los varones, lo mismo para negros y blancos o heterosexuales y homosexuales. Pero habrá mujeres y varones, pieles de todos los colores y orientaciones sexuales de lo más diversas coexistiendo en armonía. Es decir, no es necesaria la eliminación de unos u otros para la eliminación de la situación de opresión (¡justamente de eso se trata!).

No hay posibilidad, sin embargo, de pensar análogamente la igualdad de "reconocimiento" para burgueses y proletarios. Son categorías identitarias mutuamente necesarias y excluyentes. Liberar a la humanidad de la esclavitud asalariada significa, irremediablemente, combatir al sistema en sus raíces, revolucionándolo. En este sentido es que la emancipación de la clase obrera tiende a la eliminación de todas las clases. Intentar el "reconocimiento " de la clase explotada, significa, eliminar la propiedad privada, es decir a la clase explotadora misma.

Sólo con la revolución social que ponga en cuestionamiento esta relación es posible construir las condiciones de posibilidad para la eliminación de todas las jerarquías y valores con que se tiñen las diferencias, elevándolas a la prosecución de sus máximas potencialidades por encima de las prisiones metafísicas del derecho civil igualitario y las mazmorras oscuras y húmedas de las putrefactas relaciones de explotación, que son impuestas a la mayoría de la humanidad por una minoría parasitaria.

La negación absoluta de las contradicciones: La parodia de Butler.

Ya iniciada la década de los '90, el debate daba un nuevo salto en calidad. Según Nancy Fraser, las políticas de redistribución, en los planteos de este período, se alejan cada vez más de las políticas de reconocimiento y estas demandas eclipsan, mas bien, a las primeras.

El marco político en el cual se desarrollan las nuevas teorías será el de la democracia radical y pluralista, lo que la autora anteriormente nombrada denomina "la condición postsocialista".[xxiv]

Mientras el multiculturalismo pregonaba una concepción positiva de las diferencias identitarias para promover su inclusión, una nueva conceptualización emerge definiendo a las identidades como construcciones discursivas represivas y excluyentes.

Como ejemplo paradigmático de este segundo enfoque, están las elaboraciones de Judith Butler, para quien la categoría mujer, como representación de valores y características determinadas, es normativa y por tanto, excluyente.

Su solución –a diferencia de la respuesta que intenta el multiculturalismo- no pasa por la combinación "políticamente correcta" de los diversos atravesamientos que constituyen al sujeto en sus múltiples identidades. Ella proclamará, más bien, la absoluta prescindencia de toda identidad.

Butler se pregunta en Problemas de los géneros, teoría feminista y discurso psicoanalítico:

"¿Existe otro punto de partida normativo para la teoría feminista que no requiera la reconstrucción o la puesta bajo la luz de un sujeto femenino que no puede representar, y mucho menos emancipar, el conjunto de seres corpóreos que se encuentran en la posición cultural de mujeres?"[xxv]

La pregunta es retórica porque Butler ya tiene una posición tomada al respecto. Su respuesta es que la crítica del sujeto –tal como ha sido formulada por el postestructuralismo- no debe limitarse a la rehabilitación de sus múltiples determinaciones interrelacionadas, en el sentido del sujeto de coalición pluralista que pregona el multiculturalismo: la identidad es ficticia. El cuerpo generizado no tiene un status ontológico por fuera de los actos que lo constituyen. Son los discursos sociales sobre la superficie del cuerpo los que crean la falsa convicción de una identidad, de una esencia interior, a posteriori. El efecto último de esta repetición actual es la aparición de la sustancia, convirtiendo al género aparentemente en una expresión natural de los cuerpos. Esta repetición institucionaliza al género, volviéndolo rígido.

"... actos y gestos, deseos actuados y articulados crean la ilusión de un núcleo interior y organizativo del género, una ilusión mantenida discursivamente para regular la sexualidad dentro del marco obligatorio de la heterosexualidad reproductiva."[xxvi]

El orden simbólico es presupuesto como el ámbito de la existencia social que se reproduce en los gestos reiterados una y otra vez, ritualizados, desde los cuales los sujetos asumen su lugar en este orden, entonces, queda abierta la posibilidad de modificar los contornos simbólicos de la existencia a través de la performatividad de actuaciones desplazadas paródicamente.
Cuando habla de "parodia", Butler no supone la existencia de un original a ser imitado. Por el contrario, la parodia es la expresión misma de que ese original no existe, es la parodia de la noción de una identidad original. Las figuras de la drag queen, del travesti, del transexual y el transgénero, las figuras lésbicas butch / femme, etc. son las producciones que se presentan como una imitación de una identidad de género que nunca ha existido. En el desplazamiento mismo de estas significaciones, según Butler, se sugiere la apertura a la resignificación y recontextualización de las identidades de género.[xxvii] En palabras de la teórica feminista Rosi Braidotti:

"Al atacar la ficción normativa de la coherencia heterosexual, Butler demanda que las feministas produzcan todo un conjunto de nuevos géneros de la no coherencia."[xxviii]

El antiesencialismo deconstructivista de Butler, en su afán por eliminar las identidades, presupone un signo de equivalencias entre las mismas, sin preguntarse cuáles son las que se arraigan en el sostenimiento del statu quo de un orden de dominación determinado y cuáles son las que, al reivindicarse, se oponen a las relaciones sociales de opresión existentes.
Para Butler esto es así porque, siguiendo a Foucault, sostiene que los sujetos se constituyen a través de la exclusión; es decir, las políticas de subjetivación encierran necesariamente las prácticas de la sujeción. Siempre que se constituya un sujeto, se constituirá lo abyecto como la exclusión normativa y necesaria para la existencia del primero. Y toda resistencia al poder será siempre, inevitablemente, un nuevo discurso de poder, en el pleno sentido foucaultiano.

La liberación de las mujeres, en esta nueva teoría posmoderna, podría interpretarse mejor como la liberación de la propia identidad, que es lo verdaderamente opresivo. Ni la sociedad, ni el patriarcado, ni el género... ¡ni siquiera los varones! tendrían responsabilidad alguna en la definición de la opresión de la mitad del planeta. Si de algo debemos emanciparnos las mujeres, según Butler, es de esta pesada definición ontológica represiva y exluyente de nuestra identidad "mujer".

Según las palabras de la propia autora de Gender Trouble, la transformación, entonces, es subversiva por lo siguiente:

"... la proliferación paródica impide a la cultura hegemónica y a su crítica afirmar la existencia de identidades de género esencialistas o naturalizadas. Aunque los significados de género adoptados en estos estilos paródicos evidentemente forman parte de la cultura hegemónica misógina, de todas maneras se desnaturalizan y movilizan a través de su recontextualización paródica. En tanto que imitaciones que efectivamente desplazan el significado del original, imitan el mito de la originalidad en sí."[xxix]

Para Judith Butler hay lo que define como una "risa subversiva" como efecto de las prácticas paródicas. La autora sobrestima el potencial subversivo de la performance con relación a la constitución de los sujetos generizados o las identidades de género al punto de no plantearse la reestructuración total de ese orden simbólico hegemónico que tiene su fundamento en un orden social históricamente determinado de exclusiones, apropiaciones y opresiones materiales.
Este es el nudo del pensamiento butleriano con el cual se enlaza la política de una democracia pluralista, ya que según Chantal Mouffe:
"El objetivo de una política democrática, por tanto, no es erradicar el poder, sino multiplicar los espacios en los que las relaciones de poder estarán abiertas a la contestación democrática. En la proliferación de esos espacios con vistas a la creación de las condiciones de un auténtico pluralismo agonístico, tanto en el dominio del Estado como en el de la sociedad civil, se inscribe la dinámica inherente a la democracia radical y plural."[xxx]

Su tesis según la cual no hay un hiato dicotómico entre la lucha económica y la lucha "meramente cultural", porque la forma social de la reproducción sexual es inherente al núcleo mismo de las relaciones sociales de producción –en el sentido de que la familia heterosexual es el basamento de las relaciones capitalistas de propiedad, intercambio, explotación, etc.- la conduce a sostener que, entonces, la lucha específica contra la heterosexualidad normativa –de alcanzar sus objetivos emancipadores- socavaría al modo de producción.

Sin embargo, sus elaboraciones, poniendo como horizonte teórico y práctico la democracia radical y pluralista no dejan de trascender lo político cultural.

Lo político no consistiría en la defensa de los derechos de determinadas identidades preconstituidas, sino en la precariedad y el desplazamiento permanente de dichas identidades. Esta práctica política es la que cuestionaría la democracia convirtiéndola en radical y pluralista.

Pero para ello, es obvio, hubo que renunciar previamente a toda pretensión de eliminar el poder, tal como sostienen también los politólogos autodenominados postmarxistas.

La política, entendida en estos términos, se convierte en un juego con el poder al modo de los juegos infantiles de las escondidas: la indefinición, la no-aceptación de identidades determinadas, el nomadismo es lo que, supuestamente, obligaría al poder a nuevas y móviles definiciones exclusorias, es decir, lo desestabilizaría.

Este modelo, entonces, de democracia radical no consiste en la inclusión total de las diferencias, lo cual sería imposible. Aunque siempre habrá identidades y grupos discriminados, el objetivo político es no permitir que esta discriminación quede fijada estructuralmente ni sea el sitio discursivo de la discriminación a priori. El ideal máximo al que puede aspirar la sociedad democrática es el de que ningún agente social se arrogue el derecho de representación de la totalidad y, por el contrario, cada uno esté dispuesto a aceptar el carácter particular y limitado de sus propias reivindicaciones. Según palabras de Mouffe, los agentes sociales deben reconocer que es imposible eliminar el poder existente en sus mutuas relaciones.

Como señalan algunas de sus críticas, Butler no concuerda con ningún proyecto que busque establecer las normas o requerimientos de la vida política por adelantado, antes que la acción política misma. Por el contrario, como señala en un trabajo de 1994:

"cualquier esfuerzo de dotar de un contenido específico o universal a la categoría de mujeres, suponiendo que esa garantía de solidaridad se necesita por adelantado, necesariamente producirá fraccionamientos, y esa identidad como punto de partida nunca puede sostenerse como basamento de un movimiento político feminista. Las categorías de identidad no son nunca meramente descriptivas, sino siempre normativas, y en cuanto tales, excluyentes."[xxxi]

Para Butler, el significante político es políticamente efectivo precisamente en razón de su imposibilidad de describir o representar de modo completo, aquello que nombra. Siguiendo las elaboraciones de los autodenominados posmarxistas Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, sostiene que, en la medida en que tales significantes son siempre incompletos en sí mismos, pueden y deben ser perpetuamente rearticulados entre sí permitiendo la producción de nuevas posiciones subjetivas y nuevos significantes. Aquí radica el potencial político y teórico democrático radical.
Para nuestra autora, dejar la categoría "mujeres" abierta, sin referencias fijas o determinadas, posibilita el desafío de su transformación y resignificación permanentes para el feminismo.

Nancy Fraser caracteriza las posiciones butlerianas de la siguiente manera:

"... la única práctica política 'inocente' es negativa y deconstructiva. Implica desenmascarar la operación represiva y excluyente que permite toda construcción de la identidad. Desde este punto de vista, no es tarea del feminismo construir una identidad o un sujeto colectivo feminista; más bien, nuestra tarea consiste en deconstruir toda construcción de las 'mujeres'. Más que asumir sin más la existencia de la diferencia de género y, por ende, la de 'las mujeres', deberíamos poner en evidencia los procesos mediante los cuales se construye el binarismo de género y por lo tanto las 'mujeres'. El objetivo político del feminismo sería, entonces, desestabilizar la diferencia de género y las identidades de género que la acompañan."[xxxii]

Por el contrario, la lógica del capital más bien integra, reabsorbe, incluye y neutraliza las diferencias, mercantilizándolas, como posiciones deseantes de variados consumidores. El nomadismo más que constatarse como la subversión de las convenciones establecidas se constituye en el basamento de una insaciabilidad permanente que retroalimenta adecuadamente el consumismo de los incluidos.
Si es así, la performance y el desplazamiento permanente de las posiciones identitarias más que convertirse en herramientas perturbadoras del discurso hegemónico, se transforman en nichos clientelares de nuevos mercados; una diversidad sin diferencias específicas, es decir, una constelación de singularidades fetichizadas.

Butler se sitúa en la discusión igualdad – diferencia que atraviesa la historia teórica, práctica y programática del movimiento feminista desconociendo sus términos. Como señala la argentina María Luisa Femenías en su último libro:

"Si no hay género diferente del sexo, ni hay diferencia sexual binaria como dato del cuerpo, ni hay discontinuidad reificada, ni hay tampoco igualdad o diferencia homologables, y todas ellas son sólo construcciones lingüísticas prescriptivas y prácticas confirmatorias, no hay en definitiva dilema alguno. Tanto Beauvoir como Irigaray fracasaron ex initio, y Butler 'soluciona' el dilema por simple desconocimiento de sus términos."[xxxiii]


Devenir del feminismo II: ¿(im)postura intelectual o movimiento emancipatorio?

Como bien señala Terry Eagleton, gran parte del posmodernismo es "políticamente opositor pero económicamente cómplice".[xxxiv]

Apuntar la artillería contra la concepción universalista del hombre abstracto, contra los valores absolutos y la metafísica del ciudadano es sólo un aspecto de la lucha que está planteada. El sistema capitalista sostiene este aspecto mientras descansa en la pluralidad del deseo y la fragmentación de la producción social. Toda singularidad de los valores de uso de la economía es subsumida a la abstracción universalizable del valor de cambio. Toda particularidad de los sujetos individuales es subsumida en el derecho y la justicia bajo la figura del citoyen. Cuestionar sólo esta arbitrariedad de la universalización en el plano jurídico y político, conlleva al sostenimiento indiscutible de sus bases materiales ancladas en las estructuras económicas de las relaciones sociales de producción.

El feminismo y todo movimiento emancipatorio debe tener en cuenta esta perspectiva cuando, más que nunca, el capitalismo se ha transformado en un sistema total(itario) a escala planetaria. Dice Slavoj Zizek:

"Hoy, la teoría crítica –bajo el atuendo de 'crítica cultural'- está ofreciendo el último servicio al desarrollo irrestricto del capitalismo al participar activamente en el esfuerzo ideológico de hacer invisible la presencia de éste: en una típica 'crítica cultural' posmoderna, la mínima mención del capitalismo en tanto sistema mundial tiende a despertar la acusación de 'esencialismo', 'fundamentalismo' y otros delitos."[xxxv]

El feminismo si pretende retomar las banderas de la emancipación de las mujeres de toda opresión no debería aceptar los términos impuestos por esta trampa postmoderna.
El recurso a la amenaza totalitaria basada en los universalismos con el que los defensores de la democracia plural hacen frente a las posiciones de la izquierda, no tiene destino; por el contrario, obliga a revisar la historia del totalitarismo que siempre, indefectiblemente, se sustenta en la suspensión de la legalidad desde una postura identitaria particular (Vg. la raza aria), es decir, en la eliminación de toda pretendida universalidad.

En la perspectiva del materialismo dialéctico e histórico, tampoco la universalidad de este sistema es neutral: encierra la contradicción de la explotación de una clase por otra. Tomar partido en esta contradicción por la clase explotada, es la única vía para alcanzar la universalidad de la emancipación de toda dominación. No hay solución a la trampa de la universalidad moderna desde los particularismos identitarios. Ni siquiera con el nomadismo permanente de las figuras paródicas de Butler que escaparían a toda reivindicación de identidad.

Siempre habrá coptación de los costados más revulsivos de los movimientos sociales mientras éstos no cuestionen las bases fundantes del sistema capitalista. Reduciendo la lucha a meras batallas por el reconocimiento no alcanza.

La lucha de las mujeres por su emancipación debiera ser un grito poderoso contra toda forma de explotación y opresión, que denuncie el patriarcado y su actualización sistémica en los marcos del modo de producción capitalista que hoy, mientras hunde a millones de seres humanos en la miseria, la violencia, el sometimiento, las enfermedades y el hambre –especialmente a las mujeres y las niñas- es legitimado por quienes intentan presentar a la democracia liberal como el único régimen posible al que podemos aspirar para el regocijo posmoderno de nuestras identidades plurales.

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Notas
(*) Publicado en LUCHA DE CLASES. Revista Marxista de Teoría y Política. Bs. As., noviembre 2002.
[i] En el original, Gender Trouble, que puede traducirse como El problema del género o La cuestión del género. En el inglés, la palabra trouble se utiliza más como las españolas preocupación e inquietud que como disputa. (Simon and Schuster's International Dictionary).
[ii] El término performativo, ideado por el filósofo inglés J. Austin, se refiere a los verbos cuya expresión equivale a la realización del acto que significan. Por ejemplo, prometo, pregunto, ordeno son verbos performativos porque al enunciarlos se está realizando el acto de prometer, preguntar, ordenar. En este caso, performativo hace referencia a lo que al hacerse, constituye al ser, una actividad que crea lo que ella misma describe, una acción que no se sustenta en ningún sujeto ontológicamente primordial, sino que, por el contrario, lo constituye en su mismo transcurrir.
[iii] Butler, J. (2001): El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad; Bs. As., Paidós
[iv] Mouffe, Ch. (1999): El retorno de lo político; Barcelona, Paidós
[v] Fraser, N. (1997): Iustitia Interrupta. Reflexiones críticas desde la posición "postsocialista".; Bogotá, Siglo del Hombre Editores
[vi] Santa Cruz et al. (1994): "Aportes para una crítica de la teoría de género" en Mujeres y Filosofía.Teoría filosófica de género, de M.I. Santa Cruz et al. (comp); Bs. As., CEAL
[vii] Valcárcel, A. (1994): Sexo y filosofía. Sobre "mujer" y "poder"; Bogotá, Anthropos
[viii] Millet, K.: Política Sexual; s/r
[ix] Firestone, Sh. (1976): La dialéctica del sexo; Barcelona, Kairós
[x] Puleo, A. (s/f) "En torno a la polémica igualdad / diferencia", Cátedra de Estudios de Género, Universidad de Valladolid, mimeo
[xi] Si tomamos las posiciones de Irigaray es porque sus elaboraciones teóricas son de las más importantes dentro de la corriente a la que hacemos referencia y porque es una de las autoras con las que Butler confrontó sus ideas de manera destacada.
[xii] Se refiere a Epicteto, el esclavo estoico, que sostenía que, aún siendo esclavo, era libre porque dominaba sus pasiones, mientras que su amo –un hombre libre- era esclavo de las suyas. Es decir, lo que se consideraba socialmente inválido –no ser un ciudadano- se resignificaba valorativamente en el ámbito privado de las pasiones.
[xiii] Amorós, C. (1990): Mujer: participación, cultura política y Estado; Bs. As., Ediciones de la Flor
[xiv] Engels, F. (1989): El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado; México, Premiá
[xv] Marx, K. (1971): Crítica del Programa de Gotha; Bs. As., Ed. Compañero
[xvi] Marx, K. (1998): La cuestión judía; Bs. As, Ed. Need
[xvii] Lorde, A. (1982): Zami: A new spelling of my name; NY, The Crossing Press
[xviii] Fraser y Nicholson (1992): "Crítica social sin filosofía: un encuentro entre el feminismo y el postmodernismo" en Feminismo / Postmodernismo de Linda Nicholson (comp.); Bs. As. Feminaria
[xix] Bensaïd, D. (2001): Les irreductibles; traducción de Rossana Cortez para el CEIP León Trotsky, mimeo.
[xx] Zizek, S. (1998): Reflexiones sobre el multiculturalismo, Bs. As., Paidós
[xxi] Id.
[xxii] Ibíd.
[xxiii] "... nadie tiene una especie de pigmentación de la piel porque otro tenga otra, o es hombre porque alguien más sea mujer, en el sentido de que alguna gente es sólo trabajador sin tierra porque otros son latifundistas." Eagleton, T. (1998): Las ilusiones del posmodernismo; Bs. As., Paidós
[xxiv] "se trata más bien de un estado de ánimo escéptico o de un conjunto de sentimientos que marca la situación en la que se encuentra la izquierda después de 1989", en Fraser (1997): op.cit.
[xxv] Butler, J. (1992): "Problemas de los géneros, teoría feminista y discurso psicoanalítico" en Feminismo / Postmodernismo de Linda Nicholson (comp.); Bs. As., Feminaria
[xxvi] Id.
[xxvii] En una entrevista con Regina Michalik de la revista feminista Lola Press, la filósofa estadounidense señaló: "Para mí, queer es una expresión que desea que uno no tenga que presentar una tarjeta de identidad antes de ingresar a una reunión. Los heterosexuales pueden unirse al movimiento queer. Los bisexuales pueden unirse al movimiento queer. Ser queer no es ser lesbiana. Ser queer no es ser gay. Es un argumento en contra de la especificidad lesbiana. Que si soy lesbiana tengo que desear de cierta forma o si soy gay tengo que desear de cierta forma. Queer es un argumento en contra de cierta normativa, de lo que constituiría una adecuada identidad lesbiana o gay."
[xxviii] Braidotti, R. (2000): Sujetos nómades; Bs. As., Paidós
[xxix] Butler, J. (2001): op.cit.
[xxx] Mouffe, Ch. (1999): op.cit.
[xxxi] Butler, J. (1994): "Contingent Foundations: Feminism and the Question of Postmodernism" en Feminist Contentions: A Philosophical Exchange; NY, Routledge
[xxxii] Fraser, N. (1997): op.cit.
[xxxiii] Femenías, M. L. (2000): Sobre sujeto y género. Lecturas feministas desde Beauvoir a Butler; Bs. As., Catálogos
[xxxiv] Eagleton, T. (1998): op.cit.
[xxxv] Zizek, S. (1998): op.cit.

Igualdad y Diferencia (Parte I)

por Andrea D'Atri.


EL FEMINISMO Y LA DEMOCRACIA RADICAL... MENTE LIBERAL (*)

"... la concepción de la sociedad socialista como el reino de la igualdad es una idea unilateral francesa, apoyada por el viejo lema de 'libertad, igualdad, fraternidad'; una concepción que tuvo su razón de ser como fase de desarrollo en su tiempo y en su lugar, pero que hoy debe ser superada."


F. ENGELS, Carta a A. Bebel, Londres, 1875


A propósito de la edición en español de El género en disputa de Judith Butler

Hace no más de un año se ha publicado en español El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad[i], de Judith Butler.

El libro, aparecido en inglés en 1990, mantiene hoy su vigencia debido al importante debate que generó y sigue generando, entre feministas e intelectuales de las más diversas disciplinas y corrientes de pensamiento.

La autora nos anticipa, en el prefacio a la edición de 1999, que su propósito es criticar el supuesto heterosexual del feminismo y que lo hará desde la óptica del postestructuralismo, es decir, mediante la deconstrucción de las categorías de sexo, género, deseo, etc. Se pregunta de qué manera las prácticas sexuales no - normativas ponen en tela de juicio la estabilidad del género como categoría de análisis.

Según Butler, las minorías serían respetadas si se transformaran las estructuras culturales valorativas subyacentes a la dicotomía normativa homosexual - heterosexual. La solución alternativa a este binarismo –en que la homosexualidad es el correlato devaluado de la construcción de la heterosexualidad- radicaría, entonces, en la práctica negativa de la deconstrucción que implica desenmascarar aquella represión fundante y excluyente que estaría en la base de toda identidad.

Por ello, presentará como conclusión los lineamientos generales de su Teoría de la Performatividad de Género[ii], postulando que sólo las prácticas paródicas trastornan las categorías del cuerpo, el sexo, el género y la sexualidad.

Inscripta en el irracionalismo filosófico contemporáneo (tal como se despliega a partir de Nietzsche y Heidegger como críticos de la metafísica de la sustancia y es continuado por Derrida, con el postestructuralismo deconstructivista), e incorporando diferentes aspectos del giro lingüístico propiciado por Wittgenstein y Austin, su trabajo consistirá en trazar una crítica genealógica de inspiración foucaultiana a las categorías identitarias, investigando los intereses políticos que hay en designar como origen y causa de las mismas aquello que considera el efecto de las instituciones, las prácticas y los discursos.


"Me pregunté entonces: ¿qué configuración de poder construye al sujeto y al Otro, esa relación binaria entre hombres y mujeres y la estabilidad interna de esos términos?"[iii]

En el breve pero profundo recorrido de El género en disputa, su autora demostrará un gran conocimiento de diversas teorías psicoanalíticas y filosóficas, presentando una lectura radicalmente personal del tabú del incesto como mecanismo que sirve a los fines de imponer las identidades de género diferenciadas e internamente coherentes dentro de un marco heterosexual También trazará una aguda crítica a las elaboraciones de Julia Kristeva sobre el cuerpo materno, forzará a Foucault más allá de sus límites y repensará las elaboraciones sobre lesbianismo de la feminista francesa de la diferencia Monique Wittig.
Pero lo que trasciende al texto y le otorga un lugar significativo en el debate académico y político actual es que se enmarca en la discusión sobre las alternativas al neoliberalismo y la lucha por el reconocimiento de los nuevos movimientos sociales.

Su búsqueda de una estrategia deconstructiva del principio binario de inteligibilidad sexual intenta responder a este contexto histórico en el que se replantea, según la autora, la necesidad de ejes múltiples de lucha contra la opresión. Según Chantal Mouffe la pregunta que se hace Butler sobre la agencia abre nuevas posibilidades políticas:


"En Gender Trouble, Judith Butler se pregunta: '¿Qué nueva forma de política emerge cuando la identidad como una base común ya no constriñe el discurso de la política feminista?' Mi respuesta es que visualizar la política femenina de esa manera abre una oportunidad mucho más grande para una política democrática que aspire a la articulación de las diferentes luchas en contra de la opresión. Lo que emerge es la posibilidad de un proyecto de democracia radical y plural."[iv]

Las profundas controversias que ha suscitado en el movimiento feminista y en otros ámbitos se deben a sus radicales conclusiones y su extraña propuesta de subversión política, aunque su pretensión sea la de coadyuvar a la construcción de una democracia radicalizada y pluralista, donde las alianzas no puedan ser definidas a priori sino que sean contingentes.
El largo camino del feminismo de la segunda ola, sin embargo, desde las reivindicaciones igualitaristas hasta el reclamo de inclusión en una supuesta democracia pluralista, pasando por las propuestas separatistas más radicales, dan cuenta de un movimiento social con enormes potencialidades revolucionarias, pero preso hoy en los estrechos límites del posibilismo postmoderno y el demasiado cercano horizonte de una democracia liberal que se intenta presentar como incuestionable.

Devenir del feminismo I: De la guerra entre los sexos a la guerra contra el sexo.

La segunda ola del feminismo –que alcanzó a ser un movimiento de masas en los países centrales en la década del '70- incluye en su desarrollo diversas tendencias políticas y teóricas. Lejos del muy recurrente prejuicio según el cual las feministas opinarían que "las mujeres deben luchar contra los varones", las elaboraciones del feminismo son extremadamente más variadas y complejas.

Podríamos utilizar diversos esquemas para definir las etapas y las tendencias que se siguieron en esta segunda ola, según se trate de su conceptualización del sexo / género, de las divergencias entre los conceptos de igualdad / diferencia, de la relación establecida con el Estado o según la idea que sostengan del autonomismo, etc.

Reconoceremos, entonces, siguiendo la clasificación defendida por Nancy Fraser, tres períodos: 1. el período de la diferencia de género; 2. el de las diferencias entre las mujeres y 3. el de las múltiples diferencias que intersectan.[v]

En primer lugar nos centraremos en el debate establecido por el feminismo de la igualdad y el feminismo de la diferencia alrededor del concepto de género. Estas tendencias pusieron el acento ya sea en la universalidad (de la razón) de los seres humanos como condición de posibilidad de la inclusión, ya sea en el particularismo de una supuesta identidad femenina (¡pero universal!) que conduce, en última instancia, al separatismo.

En segundo lugar, veremos la respuesta que recibe este "esencialismo" –tanto universal como diferencialista- al interior mismo del movimiento feminista, en la voz de "las otras" (mujeres negras, lesbianas, chicanas, de países semicoloniales, de clases sociales subordinadas, de otras etnias, etc.) desde una perspectiva multiculturalista. Por último intentaremos hacer un análisis del intento de respuesta a estas contradicciones intrínsecas al feminismo y las tensiones surgidas entre igualdad / diferencia en las elaboraciones de un antiesencialismo deconstructivista representado, fundamentalmente, por Judith Butler.

Contradicción antidialéctica 1: Género próximo vs. Diferencia específica.

Según esta clasificación propuesta por Fraser, entonces, el primer período corresponde a las discusiones teóricas entre feministas de la igualdad y feministas de la diferencia alrededor del concepto de género que plantearía la diferencia entre mujeres y varones.

Para las feministas de la igualdad, la conceptualización del género como social, no determinado por la anatomía, suponía el rechazo del determinismo biológico del "sexo" o la "diferencia sexual" utilizados habitualmente para justificar la discriminación de las mujeres.

"El género es una categoría construida social, histórica y culturalmente. A diferencia de mujer y varón, feminidad y masculinidad no son conceptos empíricos. El género es la institucionalización social, muy arraigada, de la diferencia de sexo. Señala características sociales, pero simultánea y fundamentalmente, constituye un sistema conceptual, un principio organizador, un código de conductas por el cual se espera que las personas estructuren sus vidas, sean femeninas o masculinas y se comporten femenina o masculinamente. En tal sentido, el género no es una categoría descriptiva sino una normativa que determina la percepción social de las mujeres y de los varones. Feminidad y masculinidad son construcciones que una sociedad hace para perpetuar su estructura y funcionamiento. Hay, por supuesto, diferencias biológicas innegables entre mujeres y varones, pero lo determinante en la organización social no es la diferencia misma sino el modo en el que se la significa y se la valora, el modo en el que se la interpreta y se la vive."[vi]

Para las feministas de la igualdad, biología no es destino. Por el contrario, se trata de luchar por eliminar las diferencias de género socialmente construidas, pues esas diferencias reforzarían la exclusión y opresión de las mujeres cuando el objetivo es ponernos en un pie de igualdad con los varones.
En el plano político, entonces, lo fundamental será la consecución de la igualdad de los sujetos generizados ante la ley; que las normas jurídicas que se presentan como válidas universalmente en lo formal, se extiendan a las mujeres; las incluyan, reconociéndolas como sujetos de derecho, como ciudadanas.

Las raíces del feminismo de la igualdad debemos buscarlas en el pensamiento de la Ilustración y el concepto de universalidad. Esta corriente, entonces, pondrá el acento en las estructuras racionales comunes a todos los sujetos y exigirá que toda norma pueda ser universalizada. El feminismo de la igualdad es la crítica que intenta extremar los estandartes de la burguesía revolucionaria de fines del siglo XVIII que proclamaba la libertad, la igualdad y la fraternidad mientras redactaba la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y se hacía con el poder del Estado.

Feministas de diversas tendencias (liberales, socialistas, radicales), en los inicios de la segunda ola del movimiento, fundamentaban sus posiciones en esta conceptualización política de la igualdad.

Según Amelia Valcárcel, estas tendencias pueden escindirse en dos bloques:

"las que esperaban la liberación dentro de políticas globales, que se conocieron como feminismo reivindicativo, y las que globalizaban el mismo feminismo como teoría política, feminismo radical."[vii]

Según este criterio, entonces liberales y socialistas pertenecerían al grupo del feminismo reivindicativo, sosteniendo las primeras, diversas políticas de reforma y las segundas, la revolución socialista, como políticas globales dentro de las cuales se incluirían las demandas específicas de las mujeres.
Sin embargo, los esquemas clasificatorios no alcanzan a dar cuenta de una realidad mucho más compleja y variada. De hecho, aunque según esta clasificación el feminismo radical pertenecería al segundo grupo, tanto esta corriente como el feminismo socialista provienen de una experiencia militante de izquierda y, por lo tanto, ambos denotan una gran influencia del pensamiento marxista, algo que no sucede con la corriente liberal.

Las feministas radicales adaptaron algunos elementos de la teoría marxista a una nueva concepción de la opresión de las mujeres basada en la idea central de que las mismas constituyen una clase social.

Kate Millet, por ejemplo, define al patriarcado como una política sexual ejercida fundamentalmente por el colectivo de los varones sobre el colectivo de las mujeres, lo que la lleva a afirmar que:

"la dependencia económica hace que la afiliación [de las mujeres] a cualquier clase sea tangencial, indirecta y temporal."[viii]

Por su parte, Shulamit Firestone, autora de La dialéctica del sexo, sostiene que:

"el materialismo histórico es aquella concepción del curso histórico que busca la causa última y la gran fuerza motriz de los acontecimientos en la dialéctica del sexo: en la división de la sociedad en dos clases biológicas diferenciadas con fines reproductivos y en los conflictos de dichas clases entre sí; en las variaciones habidas en los sistemas de matrimonio, reproducción y educación de los hijos creadas por dichos conflictos; en el desarrollo combinado de otras clases físicamente diferenciadas (castas); y en la prístina división del trabajo basado en el sexo y que evolucionó hacia un sistema (económico – cultural) de clases."[ix]

Lo que la llevará a plantear la hipótesis de que la tecnología permitirá liberar a la mujer de la opresión que se le impone a través de su cuerpo, gracias al desarrollo de la anticoncepción y la reproducción extrauterina.
Al sostener que la división central de la sociedad es la división entre dos sexos (clases), se entiende que la opresión específica de las mujeres está relacionada de manera directa con su biología con lo cual, la desigualdad es entendida en términos naturales. El patriarcado, según esta versión, queda establecido como una estructura de poder generalizada y ahistórica.

Otras autoras, dentro de la vertiente que se conoce como feminismo materialista, parten de la premisa de que las mujeres no son un grupo natural cuya opresión se debe a su misma naturaleza biológica, sino que conformarían una categoría social. Para éstas, las mujeres también constituirían una clase social, pero con intereses comunes basados en su condición específica de explotación y opresión de género, es decir, como producto de una relación económica y de una construcción ideológica que refuerza ese sometimiento.

Por su parte, el feminismo socialista intenta combinar el análisis marxista de las clases con el análisis de la opresión de la mujer, poniendo el acento en el concepto de patriarcado y en el desarrollo histórico de esta modalidad de organización de las relaciones familiares en los distintos modos de producción.

Las feministas socialistas, a diferencia de las feministas radicales, siguieron entendiendo el problema de la desigualdad como una cuestión absolutamente social: dieron prioridad al concepto de división sexual del trabajo –división que originaría una connotación de desigualdad social entre ambos sexos-, y definieron el patriarcado como el conjunto de relaciones sociales de la reproducción humana que se estructuran de modo tal que las relaciones entre los sexos son relaciones de dominio y subordinación.

Para las feministas socialistas, la subordinación de las mujeres en la esfera de la reproducción se traslada luego al mundo de la producción, haciendo que la participación de las mujeres en el proceso productivo se dé en condiciones de inferioridad.

Muchas sostuvieron que esta situación de opresión es originaria y modelo para el resto de las situaciones de desigualdad y dominación, como las de clase. Otras, siguiendo las elaboraciones engelsianas, sostuvieron la existencia de un matriarcado anterior a la existencia de las sociedades divididas en clases y concibieron a la opresión como una relación que sólo aparece con este antagonismo fundamental producido por la posibilidad del excedente.

Estas diferentes concepciones del origen de la desigualdad y de la opresión conllevan diferentes estrategias políticas en la lucha por la igualdad.

Mientras las feministas liberales optarían por la inclusión en el aparato de Estado, en lugares de poder e instituciones de regímenes y gobiernos, con el propósito de instalar reformas tendientes a la igualdad; las feministas socialistas sostendrían, estratégicamente y con diversos matices, la necesidad de una revolución anticapitalista.

Un hilo conductor, sin embargo, enlaza las distintas vertientes: por vías reformistas o revolucionarias, todas están de acuerdo en querer desterrar las diferencias entre los sexos para llegar a la igualdad. Esta ambición, sin embargo, fue rebatida pocos años más tarde.

Hacia mediados de los '70, la perspectiva de un feminismo de la diferencia hacía su entrada en el movimiento.

"Así, con la bancarrota de las esperanzas ilustradas de paz y progreso moral, asistimos al surgimiento de la mujer como un Otro ahora positivamente connotado. Esta conceptualización de la mujer adquiere distintos caracteres según los presupuestos esencialistas o constructivistas del pensamiento que la asume: la mujer como lo biológicamente Otro, como madre nutricia y naturaleza fértil frente al varón genéticamente destinado a la agresividad; lo femenino como lo pre- lógico e inexpresable en el lenguaje corriente versus la razón masculina; la mujer como construcción cultural del patriarcado con valores positivos a pesar de estar derivados de la marginación, etc."[x]

El feminismo de la diferencia intentará demostrar que la simbolización de los datos morfológicos de la diferencia de los sexos se hizo bajo una mirada jerárquica que privilegia el cuerpo masculino (por ejemplo, el pene que da lugar a la metáfora del falo) en detrimento del cuerpo femenino (lo castrado que se opone a lo fálico).
Desde esta perspectiva, toda lucha por la igualdad será catalogada de asimilacionista a un orden androcéntrico que considera valioso y respetable sólo aquello que concierne a los varones. Es decir, el igualitarismo reproduciría la devaluación de la feminidad, en su aspiración por conseguir la equiparación con los derechos que el patriarcado arroga exclusivamente a los varones.

El feminismo de la diferencia acusará al feminismo de la igualdad de quedar atrapado en el discurso de lo Uno y lo Otro del pensamiento falogocéntrico. Porque si en el sistema patriarcal, el varón se instala como universal (ser humano = varón), ser mujer entonces es ser lo Otro, es decir, algo diferente e inferior que lo Uno que funciona como norma. La crítica específica que se hace al feminismo de la igualdad es que aspira a que la mujer se constituya en lo Mismo (que lo Uno) y esta aspiración formaría parte de la dominación, sería funcional a ella. Se trataría de un permiso que el sistema patriarcal otorga a las mujeres; una trampa de la misma lógica falogocéntrica, ya que el sistema patriarcal mismo está constituido por un Uno que ejerce la supremacía y un Otro inferior que lucha por ser lo Mismo que lo Uno eternamente.

Asimilando la consigna Black is Beautiful (negro es hermoso) de los movimientos antirracistas norteamericanos o la del orgullo gay que surge en la misma época, las feministas de la diferencia propugnaron una nueva interpretación positiva y revalorizadora de la feminidad.

Partiendo de una crítica radical al psicoanálisis, especialmente en su vertiente lacaniana, el feminismo de la diferencia se propone pensar filosóficamente la diferencia sexual, considerada como fundante, que es ocultada en los discursos de la filosofía, la ciencia, el psicoanálisis y la religión –discursos del pensamiento falogocéntrico. Ese ocultamiento actuaría para encubrir que todos somos nacidos de mujer, que lo femenino es lo primordial negado; negación a partir de la cual se constituye el sujeto constreñido por las leyes del lenguaje.

Luce Irigaray, una de las teóricas más importantes de esta vertiente del feminismo, reivindica la experiencia del cuerpo como la verdad natural de la feminidad, por oposición a la mediación del discurso que se inscribe en el dominio masculinista.[xi]

Retomando el pensamiento lacaniano señala que si el falo es la totalidad, la mismidad, lo Uno, lo que instaurará la posibilidad de la castración es la Ley: la constitución del sujeto estaría posibilitada, entonces, por esa función que Lacan denomina Nombre del Padre (y que para Freud, sería el peligro de castración, la función paterna en el triángulo edípico).

De su particular lectura de esta teoría, Irigaray deduce que si esta Ley aparece mediatizada por el lenguaje, entonces, el sujeto se constituye como tal renegando de lo material (podría decirse de lo corporal por oposición al pensamiento), lo irracional y lo prelingüístico Esto que permanecerá relegado y renegado (lo preedípico, lo reprimido) es, según la autora, lo femenino originario.

Recurriendo a la metáfora del espéculo (speculum), Irigaray asocia la histeroscopía con la búsqueda metafísica por el significado último de la vida: el varón gobierna lo Otro con su impulso a medir, delimitar, definir. De este modo, controla la alteridad femenina y reduce su significado a lo que él mismo proyecta, es decir, el objeto de conocimiento le devuelve su propia imagen a la manera de un espejo (speculum).

Irigaray, siguiendo esta metáfora, insta a las mujeres a ir más allá del espejo, como Alicia –el célebre personaje literario de Lewis Carroll. Ese otro lado del espejo es el inconciente, la mujer no mediada por la acción del varón, ese más allá que escapa al control del falogocentrismo.

La consecuencia política que entonces se deriva de ello es que es necesario exaltar la diferencia, no luchar por conseguir la mismidad, que sólo llevaría a las mujeres a un "estar detrás", "ser segundas" de los varones.

Resumiendo, podríamos decir que –aún con múltiples matices entre diversas autoras y tendencias-, el feminismo de la diferencia plantea, esencialmente, una idealizada y loable feminidad intrínseca al ser mujer.

Destacando la maternidad como lo propio de las mujeres –y por consiguiente, supuestas cualidades positivas asociadas, como la no-violencia-, resaltando la relación de la mujer con la naturaleza por oposición al mundo de la cultura masculina y llegando a sostener la necesidad de un mundo de mujeres no contaminado por lo masculino –incluyendo el separatismo como opción político-sexual-, las feministas de la diferencia sostienen en común que la liberación de las mujeres depende de la creación y el desarrollo de una contracultura femenina.

Celia Amorós, una de las más destacadas defensoras de la igualdad, denomina a esta valoración voluntarista "la valoración estoica"[xii], considerándola una trampa de la ingenuidad del oprimido.

En una de sus conferencias dictadas en Buenos Aires, señalaba con un fuerte tono irónico:

"Se va a reconocer como valioso lo que ha sido reconocido históricamente como valioso, aunque las mujeres ahora decidan que lo valioso es lavar ollas o platos". Más adelante, agregaba: "si nos queremos consolar haciendo pollos al horno por todas las frustraciones que tenemos en la vida social, pensando que hacer pollos al horno es la esencia misma de la realización y la creatividad, como dicen ciertas revistas y asumen ciertas feministas, naturalmente, estás en tu derecho; ahora bien, tienes que saber que así no se transforman las cosas." [xiii]

Una de las críticas fundamentales que ha recibido el feminismo de la diferencia es la de que al rechazar la existencia de algo que pueda calificarse de "genéricamente humano", se concluye en un dualismo ontológico irreductible. Si no hay humano sin sexuación se concluye en la imposibilidad lógica y ontológica de "lo humano", es decir en la negación de un universal que pueda trascender la diferencia de los sexos.
La consecuencia teórica más importante de esta negación es el retorno al esencialismo biologicista tan combatido por las feministas de la igualdad en los albores de la segunda ola. El feminismo de la diferencia no haría otra cosa que ontologizar las diferencias construidas socialmente y por las cuales las mujeres son sometidas a la discriminación de género.

Desde otro punto de vista, el feminismo de la diferencia es criticado por condenar a las mujeres, de manera irremisible, a la marginación. Si los sistemas de dominación proponen un dilema para los oprimidos: la integración al sistema a través de la admisión de sus demandas de igualdad o la marginación de subculturas o ghettos, el feminismo de la diferencia condenaría a las mujeres a lo segundo.

Es cierto que, más tarde, distintas autoras han hablado de igualdad en la diferencia o diferencia en la igualdad para intentar conciliar dos vertientes que se consideraban enfrentadas y contradictorias.

La disyuntiva igualdad – diferencia dentro del feminismo puede decirse que ya ha sido rechazada como una falsa antítesis, señalando que lo contrario de la igualdad es la desigualdad y no la diferencia, mientras que lo que se opone a la diferencia es la identidad y no la igualdad.

Desde este nuevo punto de vista puede entenderse que, defender la igualdad sin tener en cuenta las diferencias, podría implicar la aceptación de las desigualdades sociales de ciertas personas o grupos, tal como sucede en el derecho formal burgués. Por el contrario, la igualdad deseada no estaría basada en semejanzas o identidades entre grupos o personas sino en la valoración igualitaria de las diferentes experiencias particulares.

Sin embargo, este intento conciliatorio no ha pasado de ser más que eso: un intento, muchas veces ecléctico, de recomponer lazos entre las dos tendencias más importantes del feminismo de la segunda ola.

La discusión entre la igualdad y la diferencia en el feminismo no parece tener salida en los términos en que se plantea. Cuando el horizonte de esta discusión no trasciende los estrechos marcos del sistema de dominación, carece de sentido o, dicho en otros términos, adquiere el sentido de una contradicción irresoluble que es el que ha tenido durante todos estos años: ¿qué igualdad? ¿qué diferencia? ¿las mujeres queremos la igualdad con los varones para acceder a sus mismos lugares de poder? ¿queremos ese poder para qué? ¿es nuestra diferencia lo que es necesario destacar y ponderar recluyéndonos en una subcultura ideal, al margen de la sociedad tal como está establecida o nuestra diferencia permitiría pensar en una superación de la sociedad tal como es actualmente?

Para resolver esta cuestión es necesario, ante todo, plantearse cuál es el horizonte ya sea tanto para proponerse la inclusión o el separatismo. Y ahí, inevitablemente, nos encontramos con el horizonte del Estado.

Según la clásica definición de Engels

"... el Estado no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera a la sociedad (...). Es más bien un producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo determinado: es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables, que es impotente para conjurar. Pero a fin de que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna, no se devoren a sí mismas y no consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del 'orden'. Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se divorcia de ella más y más, es el Estado."[xiv]

Y el estado moderno, capitalista, consigue divorciarse "más y más" de la sociedad que le da origen sólo a costa de eliminar de algún modo las distinciones de nacimiento, de clase, de educación y de profesión. El estado burgués consigue ese divorcio separando las esferas de la política y la economía de manera fetichista; separando al ser humano en hombre (burgués) por un lado, y ciudadano por el otro.
Su proclamación de que todo ciudadano es igual ante la ley es la máxima expresión de la libertad y la igualdad alcanzada jamás en los marcos de un sistema basado en la explotación de una clase por otra. Claro que, mientras proclama esta igualdad jurídica entre los ciudadanos, el Estado permite que –en la vida real de los hombres y mujeres- estas diferencias basadas en la propiedad, en la educación, etc sigan existiendo. En última instancia, la existencia de estas diferencias reales son la base por la cual es necesaria su propia existencia como Estado.

Es decir, si el Estado puede proclamar la universalidad es porque hace abstracción de los elementos particulares de la existencia.

Visto así no habría contradicción entre la proclamada igualdad y la desigualdad real: ambos aspectos son mutuamente dependientes.

Mientras las posturas liberales sostienen la lucha por la igualación jurídica, el marxismo señalará permanentemente esta contradicción entre el "como si" de la igualdad para el derecho y las condiciones reales de la existencia profundamente desiguales.

El derecho, para los marxistas, es concebido siempre como "el derecho a la desigualdad"; así lo señala Marx en Crítica del Programa de Gotha:

"El derecho sólo puede consistir, por naturaleza, en la aplicación de una medida igual; pero los individuos desiguales (y no serían distintos individuos si no fuesen desiguales) sólo pueden medirse por la misma medida siempre y cuando se les enfoque desde un punto de vista igual, siempre y cuando se les mire solamente un aspecto determinado..."[xv]

Es por eso que hombres y mujeres cuentan para el Estado como seres genéricos, es decir, partícipes de una universalidad lograda mediante la abstracción de sus vidas reales e individuales. No podría ser de otra manera. Para medir las diferencias es necesario partir de un patrón de igualdad, para subsanar las desigualdades es necesario considerar el horizonte de un mismo derecho.
La igualdad y la libertad, en última instancia, encuentran su basamento último en la existencia de la propiedad privada y las clases sociales antagónicas.

Marx expresa esta contradicción entre los ideales de la revolución burguesa y la existencia misma de la propiedad privada en su crítica a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre:

"... la libertad es el derecho de hacer e intentar lograr todo lo que no dañe a los otros. Los límites dentro de los cuales uno puede moverse sin dañar a los otros están definidos por la ley, al igual que una estaca marca el límite entre dos campos. Pero se trata de la libertad del hombre como algo aislado, replegado en sí mismo. (..). Pero el derecho de libertad no reside en la reunión de los hombres, antes bien en la distancia entre hombre y hombre. Es el derecho de esta distancia, el derecho del individuo limitado que se limita a sí mismo. La aplicación práctica del derecho de libertad es el derecho de propiedad privada. ¿De qué se trata el derecho de propiedad privada? (...). Pues bien, el derecho de propiedad es el derecho de gozar y disponer de la propia riqueza arbitrariamente sin tener en cuenta a los otros hombres, independientemente de la sociedad: es el derecho al egoísmo. Esa libertad individual y su aplicación son el fundamento de la sociedad civil. Por ella cada hombre percibe en el otro, no la realización, sino la limitación de su libertad."[xvi]

El marxismo, lejos de ser un hijo de la Ilustración sin más, es su crítico más profundo arrancado de sus entrañas.
Entender la lucha emancipatoria únicamente como una búsqueda de igualdad inclusiva en el derecho conlleva al reformismo: presupone la existencia de un sistema perfectible cuyo corazón no es cuestionable. Entenderla, por otra parte, sólo como una lucha contra los fundamentos económicos estructurales que dan origen al antagonismo de clase, sin cuestionar las otras desigualdades a las que da origen, conlleva a un sectarismo impotente que impide desentrañar el funcionamiento mismo del sistema capitalista, pensar políticamente la alianza objetiva entre la explotación y la opresión, la alianza subjetiva entre la clase obrera y todos los sectores oprimidos por el sistema.

Pero lo central es advertir la profunda relación que existe entre ambos aspectos, sólo aparentemente contradictorios: si puede pensarse un Estado basado en el derecho a la igualdad de sus ciudadanos libres es porque, precisamente, la sociedad está fracturada en dos clases sociales antagónicas: la que conforman quienes poseen los medios de producción y la que está constituida por quienes no tienen más que su propia fuerza de trabajo.

La libertad y la ciudadanía son la expresión de esta separación de los sujetos de sus vínculos orgánicos con las demás fuerzas productivas. El capitalismo es el primer modo de producción en la historia que posibilita que los sujetos queden emancipados de todo vínculo comunitario y se transformen en ciudadanos libres capaces de venderse a sí mismos (su fuerza de trabajo) en el mercado. El contrato será la expresión de estas nuevas relaciones societales: las que se establecen entre individuos libres en la sociedad civil para la consecución de fines determinados.

Libertad que en su ejercicio oculta la profunda desigualdad que existe entre la mujer y el varón en el contrato matrimonial, como también la que existe entre la burguesía y la clase obrera en el contrato de trabajo.

Feminismo latinoamericano: Entre la insolencia de las luchas populares y la mesura

por Andrea D'Atri.

“Elegir entre la mesura y la insolencia tiene que ver con estrategias políticas (...). La exigencia desde la dominación de ‘buenas maneras’ va más allá de una exigencia de cortesía, es un modo muy frecuente, por el contrario, de imponerle inautenticidad al rebelde, de hacerlo renunciar a su contra-cultura, a su ilegalidad y a su contra-lenguaje.”

Julieta Kirkwood, 1990


A fines de la década del ’60, una nueva generación de mujeres jóvenes dio origen a los movimientos feministas en las grandes metrópolis de Estados Unidos y Europa, que se conocieron como la “segunda ola”. Influenciadas por estas experiencias y por el contacto con literatura que provenía de los países centrales, muchas latinoamericanas –fundamentalmente de clase media- iniciaron la formación de grupos de reflexión (concienciación) y activismo por los derechos de las mujeres. Pero el movimiento en su conjunto nunca llegó a alcanzar la masividad que tuviera en los países centrales. “Inicialmente eran mujeres del amplio espectro de clase media; una parte significativa provenía de la amplia vertiente de las izquierdas, entrando rápidamente en confrontación con ellas por la resistencia para asumir una mirada más compleja de las múltiples subordinaciones de las personas y las específicas subordinaciones de las mujeres.” (Vargas, 2002).

El surgimiento de estos grupos se dio en el marco de una aguda radicalización de la lucha de clases que, en el continente, se manifestó en el ascenso obrero y popular cuyas expresiones más destacadas fueron los cordones industriales chilenos, la semiinsurrección del Cordobazo en Argentina, las movilizaciones estudiantiles de las que Tlatelolco (México) puede considerarse la experiencia más aguda y la entrada en escena de numerosos movimientos de guerrilla urbana y campesina.[1]
Los grupos feministas, por tanto, se vieron envueltos rápidamente por la aguda lucha de clases en el continente que exigía definiciones y compromisos. Como señala Leonor Calvera en su historia del feminismo argentino: “En el sentido de los enfrentamientos, la marea de partidismo que nos circundaba no dejó de golpear fuertemente en el interior del grupo: reprodujimos viejos antagonismos tradicionales e inventamos otros. Los análisis tomaban cada vez menos a la mujer como eje y se desplazaban hacia esquemas de clase.” (Calvera, 1990).

A mediados de los ’70, sin embargo, la derrota de ese ascenso a través de la contrarrevolución sangrienta en los países latinoamericanos, abrió el curso a una nueva ofensiva imperialista en la región que luego se conoció con el nombre de “neoliberalismo”.
Los regímenes dictatoriales que se asentaron en gran parte del continente, impidieron el desarrollo del movimiento feminista, no sólo por la instauración de una ideología reaccionaria basada en la defensa de la tradición y la familia, sino también por la persecución política y el terrorismo de Estado con sus secuelas de torturas, exilios forzados, cárcel, desapariciones y asesinatos de activistas sociales, gremiales y políticos.
La polarización social que vivían nuestros países también se traducía en las visiones que se tenían del feminismo: la derecha consideraba a las feministas como subversivas y contestatarias; la izquierda, por el contrario las tildaba de “pequeñoburguesas”.

Si bien, algunos grupos realizaron acciones durante los regímenes totalitarios y otras mujeres mantuvieron reuniones de reflexión y estudio en un clima de hostilidad, lo cierto es que el movimiento feminista recupera protagonismo recién a principios de los ’80, con la caída de las dictaduras y la instauración de los nuevos regímenes democráticos en la región. La dictadura logró cortar, en gran medida, los hilos de continuidad con la etapa anterior. Muchos de los planteos iniciales del feminismo de los ’70 volvieron a rediscutirse. En cierto sentido, los años del terror obligaron a que, una vez instalados los regímenes democráticos, las feministas tuvieran que “volver a empezar”.

Esta historia reciente de los últimos veinte años del feminismo latinoamericano está cruzada por numerosas discusiones políticas y teóricas. Sin embargo, aunque los documentos de los Encuentros Feministas de Latinoamérica y el Caribe están disponibles y destacadas protagonistas del movimiento han escrito diversas “historias” parciales de su propia práctica colectiva, no existe una historia crítica del feminismo latinoamericano que intente vincular estas discusiones políticas y teóricas, sus fragmentaciones, encuentros y desencuentros, alianzas, rupturas y nuevas prácticas con la situación de la lucha de clases en el continente durante el mismo período, en la cual muchas veces las mujeres son protagonistas indiscutibles.

Su realización excede los límites y las posibilidades de este artículo. Sin embargo, creemos necesaria la reflexión sobre la práctica feminista y los períodos en que se desarrolla, incorporando un análisis de la política del imperialismo hacia nuestro continente, los regímenes, los distintos flujos y reflujos de la lucha de clases, y su relación con la opresión de las mujeres latinoamericanas. Considerando que el objetivo que debiera trazarse para esa revisión crítica fuera, recuperando la historia y sus lecciones, la construcción de un movimiento feminista que, junto a las mejores tradiciones de su batalla contra la opresión patriarcal, soldara su destino –de manera práctica y efectiva- con el de los millones de mujeres obreras y campesinas que luchan contra la explotación en este continente permanentemente expoliado y avasallado.


Feminismo, democracia y derechos humanos
“Democracia en el país y en la casa”
Feministas chilenas, década del ‘80


En los ’80, la derrota de Argentina en la guerra de Malvinas de 1982 ya había actuado como un disciplinador para el continente y todo el mundo semicolonial. La lección aprendida fue la de que no había que enfrentarse al imperialismo, que éste era invencible. Además, la guerra sucia de la “contra” armada por EE.UU. en Nicaragua y la capitulación y coptación de las direcciones de los ejércitos guerrilleros de la región mediante pactos y acuerdos que desarticularon la revolución en Centroamérica, terminaron de cerrar el cuadro de esta ofensiva imperialista que fragmentó y puso a la defensiva al movimiento obrero y popular.

Estas “transiciones a la democracia” se produjeron teniendo como telón de fondo el terror sembrado por las dictaduras militares y la derrota propinada por el imperialismo en Malvinas. La “democracia” se convirtió, entonces, en la política privilegiada del imperialismo norteamericano hacia nuestro continente, como respuesta defensiva frente a la emergencia de la movilización independiente de las masas contra estos mismos regímenes dictatoriales, los que ya se encontraban profundamente desprestigiados.

Las democracias del continente fueron, a la salida de las dictaduras, los regímenes políticos que garantizaron la aplicación de los planes económicos que significaron la pérdida de enormes conquistas del movimiento de masas. Con el desparpajo que le es característico, el ideólogo del imperialismo Henry Kissinger sostiene en su libro La diplomacia: “Los Estados Unidos no aguardarían pasivamente a que evolucionaran las instituciones libres, ni se limitarían a resistir a las amenazas directas a su seguridad. En cambio, promoverían activamente la democracia, recompensando a aquellos países que cumplieran con sus ideales, y castigando a los que no cumplieran (aún si no presentaban un desafío o una amenaza para los Estados Unidos). (...) Y el equipo de Reagan fue congruente: hizo presión sobre el régimen de Pinochet en Chile y sobre el régimen autoritario de Marcos en Filipinas a favor de una reforma; el primero fue obligado a aceptar un referéndum y unas elecciones libres, en las que fue reemplazado; el segundo fue derrocado con ayuda de los Estados Unidos.”[2]

Durante el período represivo y particularmente durante los primeros años de la democracia, los grupos de derechos humanos tuvieron un gran protagonismo en nuestro continente. Estos movimientos, organizados para denunciar las torturas, las desapariciones y los crímenes de las dictaduras, fueron protagonizados fundamentalmente por mujeres (madres, abuelas, viudas). Por un lado, el que hayan sido mujeres quienes visiblemente encabezaron esta denuncia y las luchas posteriores por el castigo a los responsables del terrorismo de Estado, y por otro lado, la política –especialmente de los EE.UU.- de priorizar los derechos humanos en la agenda internacional, fueron dos elementos claves para entender el cambio producido en el lenguaje y las formas del reclamo feminista.

El acercamiento militante de las feministas, muchas de ellas llegadas del exilio, a las mujeres que incluso bajo los regímenes del terror ya se habían organizado en el reclamo de sus familiares desparecidos, presos y torturados más los términos de Democracia y Derechos Humanos instalados en la agenda pública permitieron el trasvasamiento de las demandas feministas a un lenguaje que comenzaría a significar las demandas de las mujeres en términos novedosos, a través de la política partidaria, los organismos internacionales y los grupos de trabajo local. Fue el período de las conquistas de derechos civiles fundamentales, lucha en la que el feminismo tuvo un evidente compromiso: el divorcio vincular, la patria potestad compartida, las leyes relativas a la violencia doméstica, aspectos parciales relativos a derechos sexuales y salud reproductiva, etc.

En la década del ’80, muchos de los grupos que se habían formado en la etapa anterior ya se habían disuelto, otros recién comenzaban a formarse en medio de la apertura democrática y al calor de estas luchas por los derechos humanos y la ampliación de derechos civiles. En comparación con el período de principios de los ’70, en este resurgimiento del feminismo en el continente se visualiza una redefinición de las relaciones con el Estado, con los partidos políticos y con el resto de las organizaciones sociales. Las feministas incluyeron sus reclamos particulares en esta situación iniciando la creación de nuevos grupos, presionando a los políticos y parlamentarios, exigiendo al Estado la implementación de una nueva legalidad que contemplara esas básicas demandas nunca resueltas.

A partir de 1981, además, se suceden los Encuentros Feministas de Latinoamérica y el Caribe, que cada dos y tres años reúne a las feministas del continente en la reflexión política sobre la situación del movimiento y la elaboración de nuevas líneas de acción.[3]

Sin embargo, la academización, la incorporación a las instituciones de los regímenes políticos y los distintos estamentos de gobierno y la “oenegización” (Bellotti y Fontenla, 1997) son las operaciones más importantes que comienzan a reconfigurar al movimiento feminista en este período, produciendo también, junto con una multiplicidad de nuevas experiencias, acciones y saberes, su incipiente fragmentación y creciente coptación. Durante este período, el feminismo latinoamericano comenzó a recorrer el camino de la insubordinación a la institucionalización (Collin, 1999).

Las críticas y las diferencias en relación con las concepciones teóricas, a los fundamentos y a las prácticas al interior del mismo movimiento feminista no tardaron en aparecer. La escisión entre “autónomas” e “institucionalizadas” es una de las expresiones más agudas que adquirió esta crítica interna. Pero ese extremo de la situación de tensión, de casi una década, entre dos alas del movimiento que se produjo en el VIIº Encuentro realizado en Cartagena en 1996, fue sólo la culminación de un largo proceso de discusiones al interior del movimiento cuyo origen puede situarse en el mismísimo primer Encuentro de Bogotá.

En un principio, la cuestión de la “doble militancia” entendida como el compromiso con el feminismo, por un lado, y organizaciones o movimientos políticos no específicamente feministas, fue uno de los debates fundamentales. (Vargas, 2002). Los encuentros que se prolongaron durante la década del ’80 estuvieron signados por estas discusiones: además de la doble militancia, las pertenencias a distintas corrientes dentro del feminismo que expresaban distintas herencias ideológicas y políticas; la discusión acerca de la práctica de los grupos de autoconciencia o la de “llevar” la conciencia a otros grupos de mujeres de sectores populares, etc. Bedregal señala al respecto: “Todo esto eran manifestaciones y expresiones de diferentes concepciones políticas expresadas desde el primer encuentro, era lucha política de proyectos políticos y filosóficos, pero se ocultaban en una aparente homogeneidad y tras el deseo de una especie de romántica hermandad de mujeres que ha dificultado siempre reconocernos, más allá del discurso declarativo, como diversas, pensantes y actuantes de distintos proyectos y tras una identidad de género más fácilmente centrada en tanto víctimas del sistema patriarcal que en tanto constructoras de nuevas culturas.” (Bedregal, 2002)

La década del ’80 culmina con el IVº Encuentro realizado en Taxco, México, donde un grupo de mujeres elabora un documento crítico en el que, con agudeza, se describen los “mitos” del movimiento feminista que, según las firmantes, impiden un desarrollo del movimiento. Este documento tiene gran repercusión. Allí se manifestaba que “el feminismo tiene un largo camino a recorrer ya que, a lo que aspira realmente, es a una transformación radical de la sociedad, de la política y de la cultura. Hoy, el desarrollo del movimiento feminista nos lleva a repensar ciertas categorías de análisis y las prácticas políticas con las que nos hemos estado manejando.” Más adelante, enuncian los “mitos” que impiden valorar las diferencias al interior del movimiento y dificultan la construcción de un proyecto político feminista. Estos son: 1. a las feministas no nos interesa el poder, 2. las feministas hacemos política de otra manera, 3. todas las feministas somos iguales, 4. existe una unidad natural por el solo hecho de ser mujeres, 5. el feminismo sólo existe como una política de mujeres hacia mujeres, 6. el pequeño grupo es el movimiento, 7. los espacios de mujeres garantizan por sí solos un proceso positivo, 8. porque yo mujer lo siento, vale, 9. lo personal es automáticamente político y 10. el consenso es democracia. Para concluir que “Estos diez mitos han ido generando una situación de frustración, autocomplacencia, desgaste, ineficiencia y confusión que muchas feministas detectamos y reconocemos que existe y que está presente en la inmensa mayoría de los grupos que hoy hacen política feminista en América Latina.”

Luego, proponen a las feministas latinoamericanas: “No neguemos los conflictos, las contradicciones y las diferencias. Seamos capaces de establecer una ética de las reglas de juego del feminismo, logrando un pacto entre nosotras, que nos permita avanzar en nuestra utopía de desarrollar en profundidad y extensión el feminismo en América Latina.”[4]

Estos mitos que se denuncian en el documento de Taxco impedían el desarrollo de las discusiones políticas más profundas, mientras el movimiento se iba reconfigurando de una manera que no incluía a todas y que, sin embargo, no podía criticarse. Sin embargo, a pesar de la repercusión que tuvo el documento, los mitos se siguieron sosteniendo en gran parte del movimiento, incluso hasta nuestros días. Muchos años después, feministas autónomas de Argentina escribían sobre los mecanismos con los que se procuraba obturar cualquier intento de crítica social al interior del movimiento: “Todo análisis cuestionador de las ‘democracias realmente existentes’ pretendía ser clausurado con esta apelación a sólo dos opciones aparentemente excluyentes [democracia o dictadura, N de la R], recurso antidemocrático que suele ser usado por los gobiernos de nuestros países para paralizar y desacreditar toda crítica o movilización social por ‘desestabilizadoras’ y conducentes al pasado de golpes militares y genocidios. Pareciera que estas democracias constituyen un punto de llegada y que, a lo sumo, hay que perfeccionarlas un poco e incorporar a ellas la ‘perspectiva de género’, es decir, incluir a algunas mujeres en el excluyente modelo patriarcal capitalista y neoliberal.” (Fontenla y Bellotti, 1997)

A fines de la década, ya estaban visibilizados los problemas que impedían, según algunas, el avance del movimiento feminista en el sentido de una “transformación radical de la sociedad, la política y la cultura.” Las divergencias que se esbozaban a pesar de los intentos de homogeneización, de obturación de la crítica y de “romántica hermandad” se hicieron más ineludibles al calor de la aparente inevitabilidad de la ola de despidos, privatizaciones y el ataque al nivel de vida de las masas en nuestro continente.

Mientras tanto, los organismos internacionales también percibieron lo ineludible: el ataque despertaría probablemente la respuesta de quienes lo perdieron todo. La gobernabilidad fue entonces el nombre que los tecnócratas encontraron para el problema que se avecinaba. La gobernabilidad que podría traducirse como el conjunto de condiciones necesarias para sostener el proceso de reformas evitando la irrupción de los movimientos de masas y que incluía la necesidad de establecer relaciones “fructíferas” para el desarrollo sustentable con los movimientos sociales y sus organizaciones.


Feminismo, financiamiento y creciente institucionalización


“Mientras una parte del feminismo se pregunta, individual y cómodamente recostada en el diván ‘¿quién soy yo?’, y otra parte busca afanosamente la referencia necesaria para una nota a pie de página que acredite como fiable su trabajo (...), he aquí que el mundo revienta de pobreza: millones de criaturas, nacidas de mujer, se asoman a un modelo de sociedad que les reserva una cuna de espinas...”

Victoria Sánchez Sau, 2002


La década del ’90 comenzó con la derrota de Irak en la Guerra del Golfo, en manos de una enorme coalición militar de potencias imperialistas, lo que a su vez permitió redoblar el ataque sobre el resto del mundo semicolonial. Se profundizaron la “apertura” de las economías a los monopolios internacionales y la transformación de nuestros países en “mercados emergentes” que sirvieron sólo para la rápida “emergencia” de capitales “golondrinas”.

Acompañando las privatizaciones de los servicios del Estado, la creciente desocupación y precarización del trabajo, tanto el Banco Mundial como otros organismos financieros internacionales, comienzan a plantearse reformas en los objetivos de financiamiento y en la relación con las organizaciones sociales. En cierto modo, anticipándose a las consecuencias negativas derivadas de la aplicación de sus propias recetas que aumentaron los ajustes y por lo tanto, la pobreza en toda la región. La preocupación de los organismos multilaterales se centró en la gobernabilidad y la contención social, anticipándose a la posibilidad de respuestas por parte del movimiento de masas, ante la creciente flexibilización laboral, reducción del gasto público, desregulación de los mercados, etc.

Cuando la mayor parte del programa “neoliberal” ya se había implementado, el Banco Mundial priorizó la financiación de programas sociales bajo los lemas de la participación y la transparencia, reapropiándose de los discursos críticos a su propio accionar. Las organizaciones no gubernamentales fueron las ejecutoras privilegiadas de sus proyectos asistencialistas y focalizados.

El Banco Mundial como el resto de las agencias de financiamiento cumplieron, en este período, un papel político e ideológico muy importante en relación con el control social. Los intelectuales, antiguamente izquierdistas, se transformaron en tecnócratas progresistas que asumieron la responsabilidad de colaborar en estos proyectos de gobernabilidad, desarrollo sustentable, etc. Estos “postmarxistas”, administrando las ong’s no colaboraron en reducir el impacto económico de una manera sustancial, pero sí ayudaron enormemente en desviar a la población de la lucha por sus derechos (Petras, 2002).

La cooptación tiene cifras indiscutibles: según la información de la OECD, en 1970, las ong’s recibieron 914 millones de dólares; en 1980, la cifra ascendió a 2.368 millones de dólares y en 1992, rondó los 5.200 millones. ¡En 20 años, el dinero destinado a las ong’s se incrementó en más de un 500 %! A estos números habría que sumarles los subsidios otorgados por los gobiernos “del norte”, que de los 270 millones que dispusieron a mediados de los ’70, elevaron su cifra a 2.500 millones a comienzos de los ’90. En resumidas cuentas, las estadísticas de la OECD nos hablan de un aporte estatal y privado a las ong’s de alrededor de 10.000 millones de dólares, lo que representa la cuarta parte de la ayuda bilateral global.[5]

Los ’90 –época de privatizaciones, aumento de la desocupación en todo el continente y “relaciones carnales” de los gobiernos latinoamericanos con los EE.UU. – no fueron una etapa fructífera para quienes decidieron mantener la autonomía financiera, política e ideológica. Muchas feministas, con cierto prestigio en el movimiento, con conocimientos específicos y una trayectoria política en la reivindicación de los derechos de las mujeres, formaron parte de esta tecnocracia que se sumó a los organismos multilaterales, las agencias de financiamiento, el Banco Mundial y las miles de ong’s, que se transformaron también en plataformas para el lanzamiento de carreras personales. Otras, se mantuvieron a la vera de los financiamientos y criticaron duramente estas tendencias, pero su voz fue minoritaria y su lucha –aunque reinvidicable- sólo hizo eco en el vacío que las rodeaba.

Las feministas autónomas de ATEM[6] denunciaban el proceso de oenegización que impregnó al movimiento con estas palabras: “La mayoría de estas ong’s, formadas por técnicas y profesionales, trabajan con las mujeres de ‘sectores populares’, de barrios pobres. Se presentan como mediadoras entre las agencias de financiamiento y los movimientos de mujeres y formulan programas para los mismos, brindando servicios que van desde talleres y cursos de todo tipo a la distribución de comida, la organización de ollas populares, planificación familiar (control de la natalidad), etc. Esta relación, que implica diferencias de clase, de poder y de acceso al manejo de recursos, genera vínculos jerárquicos y tensiones entre las mujeres de las ong’s y las de los movimientos con que trabajan, además de las competencias entre las profesionales por los financiamientos.” (Fontenla, Bellotti, 1999).

El neoliberalismo, a través de estos y otros mecanismos, despolitizó a los movimientos sociales (incluso al feminismo). Como señalan muchas feministas autónomas, a las ong’s se las terminó confundiendo con el movimiento mismo, a sus proyectos financiados y sus trabajos rentados se las confundió con “acciones”, como si se tratara de las mismas acciones que los movimientos realizan como reclamos, exigencias y denuncias en la lucha por un cambio radical. En síntesis, las políticas neoliberales que se iniciaron en la década del ’80 y alcanzaron su punto culminante en nuestro continente durante la década del ’90, hicieron que el movimiento feminista se fragmentara y privatizara (Fontenla, Bellotti, 1999).


Feminismo, mujeres y lucha de clases


“Veo que la mujer puede. Puede hacer más que lavar y planchar y cocinar en la casa a los hijos. Yo creo que es real. Lo estoy sintiendo ahora y lo estoy viviendo. Descubrí mi lado dormido y ahora que está despierto no pienso parar.”

Celia Martínez, obrera de Brukman, 2002


En nuestro sufrido continente latinoamericano, el aborto clandestino sigue siendo la primera causa de muerte materna; son 6.000 las mujeres que mueren anualmente por complicaciones relacionadas con abortos inseguros. Contrariamente a lo que se podría imaginar, a comienzos del siglo XXI vivimos una actitud cada vez más beligerante del fundamentalismo católico en alianza con los Estados y el poder político contra los derechos sexuales, reproductivos y el derecho al aborto, mientras salen a la luz cada vez más casos de abuso sexual contra niños, niñas y jóvenes perpetrados por los miembros de la Iglesia.

América Latina y el Caribe, por otra parte, registran los índices más altos de violencia contra las mujeres: el homicidio representa la quinta causa de muerte, el 70% de las mujeres padece violencia doméstica y el 30% reportó que su primera relación sexual fue forzada. Se calcula que el 80% de las agresiones permanecen en el silencio ya que no son denunciadas por temor o por la certeza de que la denuncia no será tomada en cuenta. Más de 300 mujeres fueron asesinadas durante los últimos años en Ciudad Juárez (México), constituyéndose esa ciudad fronteriza en un lamentable ejemplo de femicidio, impunidad, misoginia y barbarie. En el otro extremo del continente, en la provincia de Buenos Aires (Argentina), se calcula que en 120000 hogares hay mujeres que sufren maltrato, y en el lapso de un año se cometen más de 50 homicidios de mujeres en manos de sus parejas. En nuestro país, se calcula que se producen entre 5.000 y 8.000 violaciones por año. Según las especialistas en violencia, en todo el mundo, uno de cada cinco días de ausencia femenina en el ámbito laboral es consecuencia de una violación o de la violencia doméstica.

Las mujeres constituyen el 70% de los 1.500 millones de personas que viven en la pobreza absoluta en todo el mundo. Las campesinas son jefas de una quinta parte de los hogares rurales, y en algunas regiones hasta de más de un tercio de los mismos, pero sólo son propietarias de alrededor del 1% de las tierras, mientras el 80% de los alimentos básicos para consumo los producen las mujeres. En Latinoamérica, son 154 millones de mujeres las más pobres de entre los pobres.

En el último año, 13 millones de niños murieron por hambre en el mundo: es un número seis veces mayor al total de víctimas que provocó la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918. La mayoría de esos niños, son niñas. Muchas y muchos son latinoamericanos.

El valor y volumen del trabajo doméstico no remunerado equivale entre el 35 y 55% del producto bruto interno de los países. La producción doméstica representa hasta un 60% del consumo privado. Este trabajo no remunerado recae casi absolutamente en las mujeres y las niñas.

Según un informe de la OIT, la tasa de desempleo urbano en el continente alcanzó hacia fines del 2002 a 17 millones de personas, afectando de manera especial a las mujeres. Por otra parte, las mujeres que trabajan lo hacen en situación cada vez más precarizada: no sólo cobran un salario entre 30 y 40% menor al de los varones por el mismo trabajo, sino que en su mayoría, no tienen obra social ni derechos jubilatorios.

Si bien las feministas participaron y consiguieron introducir modificaciones en las legislaciones de nuestros países en relación con el divorcio, la patria potestad compartida, el cupo en los cargos públicos electivos, etc, la realidad indica que aún estamos muy por detrás de haber solucionado con las leyes las situaciones concretas que vivimos las mujeres del continente.

Pero así como las espeluznantes cifras del horror y los relatos de la barbarie que aún siguen sufriendo millones de mujeres latinoamericanas son siniestras realidades, no es menos cierto que las mujeres estamos de pie y seguimos siendo, en muchos casos, protagonistas indiscutibles de la resistencia y el enfrentamiento contra esta misma barbarie. La eclosión de los modelos económicos “neoliberales”, a principios del siglo XXI, dieron lugar a un resurgimiento de la movilización en el mundo que fue acompañado por un intento de diálogo del feminismo con otros movimientos sociales. La participación de las feministas en las movilizaciones mundiales contra la globalización en cada una de las cumbres de gobiernos imperialistas, organizaciones multilaterales y otras reuniones donde se definen, en gran medida, los destinos de la humanidad, son un hecho novedoso de los años recientes. Lo mismo pudimos apreciar en nuestro país, durante las jornadas de diciembre del 2001 –que fueron una de las expresiones más agudas de la lucha de clases del período-, donde las feministas volvieron a aparecer con sus banderas distintivas en medio de las movilizaciones populares. Por otra parte, la “conversión” y autocrítica de muchas feministas “institucionalizadas”, replanteándose los fundamentos de su práctica, fueron –más allá de la autenticidad o el oportunismo de sus nuevas posiciones- parte de las novedades del último período que no han pasado inadvertidas.

Si el feminismo latinoamericano no ambiciona transformar la realidad del continente, padecida por millones de mujeres que desconocen sus premisas pero enfrentan cotidianamente el hambre, la explotación, la violencia, el abuso y las humillaciones, entonces quedará reducido a las elaboraciones académicas, a los lobbys políticos y a proveer de “cuadros” a la tecnocracia de género que se ha incorporado a los estamentos gubernamentales y los organismos multilaterales.

La mayoría de las feministas hoy rechaza ese camino de autoexclusión que ha dividido, en numerosas ocasiones, con fortalezas inexpugnables al movimiento feminista del movimiento de mujeres ¿Podrá caminarse el camino de la unidad y la comprensión de que no habrá emancipación de las mujeres de esta barbarie en la que vivimos si no acabamos con este sistema que explota y oprime a millones, reproduciendo en su provecho al patriarcado? ¿Cuántas serán las feministas que, como señalaba Alda Facio en el documento del último Encuentro Feminista en el continente, piensen que “tenemos que montarnos en el tren del futuro socialista”?

La respuesta está en las calles de un continente donde las mujeres sufren la opresión con números y marcas ineludibles. La respuesta está en las calles de un continente donde esas mismas mujeres cortan las rutas, toman las fábricas, llenan las plazas y gritan su rebeldía.

Bibliografía consultada

o Bedregal, Ximena (2002): “Los encuentros feministas, Lilith y el todo poder UNO”, en www.creatividadfeminista.org
o Bellotti, M. y Fontenla, M.(1997): “Feminismo y Neoliberalismo”, en Brujas Año XVI, Nº 24, Bs. As.,
o Bellotti, Magui (2000): “Políticas y lenguajes feministas”, en Brujas Año XIX, Nº 27, Bs. As.
o Bellotti, Magui (2002): “¿Existe el movimiento feminista?”, en Brujas Año XXI, Nº 29, Bs. As.

* Calvera, Leonor (1990): Mujeres y Feminismo en Argentina, Bs. As., Grupo Editor Latinoamericano
* Ciriza, Alejandra (1993): “Feminismo, política y crisis de la modernidad”, en El Cielo por Asalto Año III, Nº 5, Bs. As.
o Ciriza, Alejandra (2001): “Herencias y encrucijadas feministas: las relaciones entre teoría(s) bajo el capitalismo global” en Borón, A.: Filosofía política contemporánea; Bs. As, Clacso
o Collin, Francois (1999): “El diferendo entre los sexos. Las teorías contemporáneas”, en Travesías Nº 8, CECyM
o Fontenla, M y Bellotti, M. (1999): “ONGs, financiamiento y feminismo”, en Hojas de Warmi Nº 10, Barcelona
o Fontenla, M. y Bellotti, M. (1997): “Los caminos del feminismo”, en Brujas Año XVI, Nº 24, Bs. As.
o Fraser, Nancy (1997): Iustitia Interrupta. Reflexiones críticas desde la posición “postsocialista”, Bogotá, Siglo del Hombre
o Gaviola Artigas, Edda (2002): “Retomar los gestos de rebeldía”; en AA.VV.: Feminismos Latinoamericanos: retos y perspectivas, México, PUEG
o Kirkwood, Julieta (1990): Ser política en Chile. Los nudos de la sabiduría feminista, Santiago de Chile, Ed. Cuarto Propio
o León, Magdalena (ed.) (1994): Mujeres y participación política: avances y desafíos en América Latina, Bogotá, Tercer Mundo Ed.
o Petras, James (2002): “El postmarxismo rampante: Una crítica a los intelectuales y las ONGs”, en www.rebelion.org
o Ramos, M. y Galindo, M.(1999): “El 1º Encuentro Feminista Autónomo Latinoamericano y del Caribe”, en Brujas Año XVIII, Nº 26, Bs. As., 1999
o Sau Sánchez, Victoria (2000): “¿Adónde va el feminismo?”; en Reflexiones feministas para principios de siglo, Madrid, Ed. Horas y horas

* Sternbach, Nancy et al. (1994): “Feminismo en América Latina: de Bogotá a San Bernardo”, en Magdalena León (ed), op.cit.
* Vargas, Virginia (1994): “El movimiento feminista latinoamericano: entre la esperanza y el desencanto”, en Magdalena León (ed), op.cit.
o Vargas, Virginia (2002): “Los feminismos latinoamericanos en su tránsito al nuevo milenio”; en AA.VV.: Feminismos Latinoamericanos: retos y perspectivas, México, PUEG

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Notas:
[1] La derrota de los EE.UU. en Vietnam, el Mayo Francés, la Primavera de Praga y el Otoño Caliente italiano son algunos de los acontecimientos fundamentales en los que se observa este primer levantamiento de las masas de Oriente y Occidente contra el orden impuesto por los acuerdos de Yalta y Potsdam entre el imperialismo y la burocracia stalinista, a la salida de la IIº Guerra Mundial. En este artículo hacemos referencia a los fenómenos de la lucha de clases que se dieron en nuestro continente en el marco de esa situación internacional.
[2] Kissinger, Henry: La diplomacia, s/r
[3] A fines del 2002 se realizó el 9º Encuentro en Costa Rica.
[4] El documento “Del Amor a la Necesidad” fue elaborado colectivamente durante el taller sobre Política Feminista en América Latina Hoy, del IVº Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, Taxco, México, 21 de octubre de 1987. Participaron Haydée Birgin (Argentina), Celeste Cambría (Perú), Fresia Carrasco (Perú), Viviana Erazo (Chile), Marta Lamas (México), Margarita Pisano (Chile), Adriana Santa Cruz (Chile), Estela Suárez (México), Virginia Vargas (Perú) y Victoria Villanueva (Perú). Lo suscribieron: Elena Tapia (México), Virginia Haurie (Argentina), Verónica Matus (Chile), Ximena Bedregal (Bolivia), Cecilia Torres (Ecuador) y Dolores Padilla (Ecuador).
[5] Cifras de 1992
[6] ATEM, Asociación de Trabajo y Estudio de la Mujer

Entrevista a mujeres en huelga de la salmonera Aguas Claras



Aguas Claras es una de las empresas salmoneras más antiguas de la región de Los Lagos, pertenece al holding Antarfish S.A .Está ubicada en Calbuco y desde hace casi 15 días (hoy continúan en huelga casi dos meses) sus trabajadores/ras están en huelga, se tomaron diversas plantas y se instalaron en la planta principal en reclamo de mejoras salariales.
El sindicato en huelga tiene unos 600 afiliados de los cuales un importante sector son mujeres. Al visitar la planta, se observa que al menos la mitad de quienes están luchando son mujeres de todas las edades, algunas andan con sus hijos y son fervientes sostenedoras de la huelga. Impresiona su fuerza y los esfuerzos que hacen para sostener la lucha. Ganan menos que los hombres por el mismo trabajo, tienen doble jornada entre las 8 horas en la planta y las tareas del hogar, los sueldos son el mínimo más los bonos.
Según diversas fuentes entre un 50 y un 70% de la mano de obra de la planta procesadora son mujeres. Según el propio Sernam de la región, “Las mujeres tiene una alta participación en el porcentaje total de trabajadores en la industria salmonera, pero están ocupando cargos bastantes precarios, son cargos de baja calificación, con sueldos bajos, condiciones de trabajo que no siempre son las más adecuadas -por ejemplo en las plantas de procesos, en lugares húmedos, todo el día de pie-, y si vamos subiendo en la escala de jerarquía en esta industria, la presencia de la mujer es menor”. Sin mujeres la Industria Salmonera no podría funcionar.
Las mujeres en huelga han hecho marchas, asambleas y tomas, han sido brutalmente reprimidas por carabineros, la siguiente entrevista fue hecha a tres mujeres en huelga en la misma planta:


P: ¿Por qué están luchando?
1: Por los sueldos dignos, y una de las etapas más difíciles ahora es la Razón Social, porque tenemos un contrato de Aguas Claras y ellos nos quieren hacer “servicios” de Aguas Claras y eso no compete con nuestro contrato actual que tenemos…estamos pidiendo sueldos, $350.000 , un total de 60 de sueldos y el 40 de bono de producción.

P: ¿Cuánto ganan ahora?
1: hay gente que están ganando con bono de producción y todo $200 mil, $220mil, $180 mil, $150 mil.

P:¿Qué trabajo hacen las mujeres?
1: Igual que los hombres, yo por lo menos hacía un trabajo de hombre, que era sushi y por tener un problema laboral, de función profesional que no fue reconocido por la misma empresa me cambiaron a clasificadora, eso me ha costado harto…

P: ¿Ganan lo mismo que los hombres por el mismo trabajo?
1: No, ganamos menos, somos discriminadas por esa parte y hacemos más que los hombres, trabajamos más que los hombres.

P: ¿Qué otra discriminación tienen por ser mujeres?
1: Hartos años ya han hecho eso de mandar a hacer por medio de mutual los test de embarazo para ver si entran embarazadas y son rechazadas inmediatamente.

P: ¿Cómo se las arreglan con la familia?
3: En mi caso con sala cuna, ahora en estos días de huelga tengo que pedir por favor que me la cuiden porque en realidad no tengo donde dejarla, pero lo general en la sala cuna…

P: ¿Es complicado llegar a la casa a hacer las cosas de la casa?
2: si es complicado, porque uno como mujer aparte de estar trabajando las 8 horas diarias acá tiene que hacer sus cosas en su casa, porque uno trabaja en dos lados a cuenta…agotada llega a hacer sus cosas, se acuesta tarde, al otro día temprano levantarse, venir a trabajar, y así sucesivamente, casi todos los días.

P: ¿Por qué salieron a trabajar?
2: por necesidad, si no tuviéramos necesidad no estaríamos trabajando. Para poder darles estudios dignos a nuestros hijos para que no sean como nosotros siendo menospreciados por cualquiera…

P: ¿Cómo ha sido la experiencia de la huelga?
3: En mi caso yo fui golpeada por carabineros, cuando nos encontrábamos en AquaChile simplemente nosotras arrancamos, no estábamos haciendo nada malo pero arrancamos de las bombas lacrimógenas que nos tenían desesperadas. En ese instante a nosotros nos tomaron, nos atraparon donde nos fuimos a encerrar y fuimos golpeadas injustamente porque en realidad nosotras no le estábamos haciendo nada a ellos, mucho menos cometimos contra ellos…fue terrible, estuvimos detenidas más de 10 horas…desnudas…
2: Le sacaron la ropa interior, incluso las que andaban con menstruación les colocaron las toallas higiénicas encima de las mesas…

P: ¿Cuantas mujeres pasaron por lo mismo?
1: Veintiocho mujeres…

P: ¿Cómo ha sido la experiencia de estar en la huelga?
1: Difícil, pero uno no sabe de donde saca fuerzas, yo digo que aquí las mujeres somos las que más estamos fuertes aquí, incluso estamos admiradas porque aquí hay mujeres que nos sacamos el sombrero, las que tienen guagüitas y traen a sus guagüitas, nos conocíamos así no mas pero ahora ya hemos vivido, hemos compartido cosas, entonces eso a nosotras nos refuerza más como mujer. Yo digo no hay nada que nos pueda pisotear esto, esto nosotros tendríamos que haberlo vivido hace mucho tiempo, y les vamos a demostrar que sí podemos…

P: ¿En la directiva del sindicato no hay ninguna mujer ahora?
1: No, no hay…

P: ¿No les parece importante que hubiera ya que son casi la mitad de la planta?
1: Sí, peor es que uno no se pone ahí por la responsabilidad que uno tiene, de que trabajar, mas encima ir a hacer sus cosas a su casa, miles de responsabilidades que uno tiene, las reuniones, y todo eso que más acapara a la mujer…entonces más por eso no es que uno le tenga miedo ni nada, y de repente uno igual da sus opiniones pero…Ya estará una mujer, pero que sea una mujer no como la Michel Bachelet, por favor, tenemos que ser que seamos todos parejo, yo creo que la mujer aquí en Chile y ahora lo que hemos estado pasando le rompieron la dignidad a la mujer, de que estar presa, desnudada y más encima niñas que estaban con su regla y amamantando, pasaron los límites de nosotros las mujeres.

P: ¿Qué les dirían a otras mujeres trabajadoras?
1: Que sigan adelante y fuerza, lo que yo digo es que uno antes veía luchar a los hombres no más en estas cuestiones y no a las mujeres, pero no es así ahora todos necesitamos lo mismo, todos tenemos los mismos derechos, y la igualdad eso es lo principal de nosotros acá porque todos somos seres humanos.

P: ¿Qué quieren agregar?
1: Ojalá escuche el gobierno que los carabineros es para la sociedad, para la delincuencia, no para maltratar a las mujeres, entonces que no pongan esos tremendos letreros diciendo “No más violencia a la mujer”, porque lo que hicieron ahora es una violencia a la mujer…que no pongan palabras que no saben cumplir.

Volante: Por un 8 de marzo clasista y combativo

El 8 de Marzo es una fecha de conmemoración de una huelga de trabajadoras que protagonizaron las primeras luchas contra las condiciones laborales del capitalismo. Sin embargo esto se ha perdido, y se le quita el contenido de clase a esta conmemoración, y los gobiernos de turno aprovechan para impulsar y defender sus políticas e instituciones, como el Sernam, que benefician poco y nada a las más pobres y trabajadoras. Este año no ha comenzado para las mujeres muy distinto del año pasado, pues ya van 14 mujeres asesinadas por sus parejas, es decir 14 casos de femicidio. Por otra parte, lo que sí es nuevo, es que se ha puesto en discusión la importante huelga de los trabajadores /as de Aguas Claras, que han cuestionado la subcontratación y han demandado la negociación inter empresa con métodos propios como la toma de planta, frente a la intransigencia patronal que ha sido muy dura. Las condiciones laborales son muy precarias, donde muchas mujeres sufren pérdidas de embarazo y maltrato, sueldos de hambre con los que nadie vive, frente a las altas ganancias de la empresa. En estos años de gobierno de la Concertación, que han prometido mejoras en la situación de las mujeres pobres y trabajadoras, en especial cuando asumió la presidenta Bachelet que dijo gobernar para mujeres y los más desprotegidos, es poco y nada lo que se ha hecho; veamos en concreto lo que sucede en temas como el aborto, derechos laborales y salarios, y femicidio, que son los temas más sentidos para las mujeres. Aborto y derechos reproductivos: El 2007 y los pasados años de gobierno de la Concertación, no se ha hecho nada concreto frente a la realidad del aborto en este país, que genera complicaciones a miles de mujeres que viven en el silencio enfrentando la falta de anticonceptivos y la precariedad de un sistema de salud que no garantiza la salud de calidad, soportando las leyes machistas y la precaria respuesta del gobierno de una pastilla que no se encuentra en ninguna parte y que está lejos de dar solución. Las leyes machistas permiten encarcelar a mujeres por practicarse un aborto, culparlas moralmente, dando como únicas salidas: la clandestinidad e inseguridad de un aborto o tener el hijo bajo precarias condiciones económicas. Pero a pesar de la ilegalidad del aborto, se sostiene que se producen 160.000 abortos al año y eso la ley no lo puede frenar. Sin embargo eso no es todo, porque las mujeres que tienen el dinero para pagar un aborto de calidad no quedan con graves secuelas y no van a la cárcel, mientras las pobres si. El año pasado, los reaccionarios de la derecha han hecho sus demostraciones de su machismo recalcitrante con un concierto contra el aborto de la agrupación Mirada Más Humana, dirigida por la UDI, evento donde algunas activistas lesbianas feministas fueron golpeadas. Un ataque a los derechos reproductivos más importante aún, ha sido la apelación de la derecha por terminar con el dispositivo intrauterino, un método anticonceptivo utilizado hace más de 40 años y hoy por más de 2 millones de mujeres pobres y trabajadoras, que aunque precario, casi el único método a disposición de miles de mujeres en el país, para tener algún control sobre sus cuerpos y vidas. Frente a esto, la Concertación se queda muda, anteponiendo la "pastilla del día después", que iglesias y políticos conservadores de la DC, RN y la UDI principalmente, se niegan a otorgar en las municipalidades.
Derechos laborales y salarios: Muchas mujeres en la actualidad son jefas de hogar, la cifra en el país llega a una jefa de hogar cada 5 hogares. Esto revela que existe una realidad en que las mujeres tienen que salir a trabajar para sostenerse a ellas y a sus familias. Sin embargo se hace difícil cuando la desigualdad en los sueldos continúa, existiendo una brecha salarial de un 30% con respecto al salario del hombre. Más aun si sumamos que estas mujeres están enfrentando el alza de los productos de primera necesidad, con sueldos de hambre, teniendo que ocupar todo su tiempo en el trabajo y el trabajo doméstico del hogar. Se estima que la inflación ha afectado más a las familias trabajadoras llega a un 9,4% (El Siglo Alta inflación y Políticas Regresivas), ya que lo que más consumen son los productos de primera necesidad que justamente son los que más han sufrido alzas en los precios.
El Sernam teniendo que dar cuenta de que la situación de las mujeres en el trabajo es desigual, propuso las "buenas prácticas laborales", que contemplaba normas que se aplicarían en el sector público y que los empresarios aplicarían de palabra en sus empresas. Si bien ya existen leyes como la del Acoso Sexual, que no permite supuestamente que los acosadores queden impunes, la situación es más profunda. Esto debido a que es muy difícil que las empresas privadas apliquen estas prácticas, cuando no tienen más intereses que defender los propios que son sus ganancias, que por lo demás han aumentado mucho estos últimos años, gracias precisamente a la subcontratación y la precarización de los trabajadores, es decir la superexplotación para disminuir costos. La impunidad patronal queda intacta cuando no se respetan los derechos de los trabajadores y la subcontratación es ley.
La situación laboral de las mujeres no ha cambiado mucho, porque si bien ha aumentado el porcentaje de la fuerza laboral femenina, que ha llegado a un 40,3% en el trimestre octubre-diciembre último (
Sernam.cl, Aumentó participación de las mujeres en marcado laboral, 31/01/08) ; lo que la ministra relaciona con la apertura de salas cunas y jardines infantiles en los lugares de trabajo, avance en educación y la apertura económica; las condiciones laborales de las trabajadoras de los sectores estratégicos de la economía del país, como en las salmoneras, es de las más precarias y duras. Este sector contrata a mayor cantidad de mujeres que de hombres, porque puede pagarles menos salario. Las mujeres salmoneras reciben un salario que apenas les permite vivir, pues con esfuerzo haciendo horas extras, alcanzan un salario que no supera ni los 200.000 pesos en muchos casos. Entonces si bien es positivo que mayor cantidad de mujeres trabaje, esto no quiere decir que las condiciones de vida cambien mucho a su favor. Esto lo demuestra estudios que revelan que las mujeres en este sector sufren enfermedades y condiciones duras y extensas de trabajo, además de la brecha salarial presente en todo el mercado laboral, que paga menos a las mujeres por el mismo trabajo. En una entrevista una dirigente sindical el 2006 (http://www.forociudadano.cl/) reveló el grave problema que se vive al interior de la empresa, ella describe así la situación: "uno pensaba que cuando le daban el trabajo venía una vida más tranquila, pero no es así, aparecen nuevas injusticias. A veces los supervisores le dicen a las mujeres: "pides mucho permiso para ir al baño, no puedes continuar así y si te gusta este trabajo te quedas, si no, te vas. No es bueno ir al baño porque se pierde mucha producción". Frente a esto ella indica que muchas mujeres han dejado el trabajo por salud. Entonces es abismante la situación privilegiada de estas empresas frente a las condiciones de los trabajadores /as que allí trabajan y la misma huelga que hoy protagonizan, lo demuestra. Les sale muy rentable a los patrones maltratar a los trabajadores /as con sueldos de hambre y condiciones precarias. Femicidio: Pese a que el femicidio parece ocurrir hace mucho tiempo en esta sociedad, al igual que el maltrato de la mujer, del cual se desprende, al parecer ha aumentado. Porque si bien desde el año 2006 que el Sernam y el gobierno de Bachelet se ha tenido que poner a la cabeza y tomar la iniciativa frente a esta situación con la campaña "No más violencia contra la mujer" que ha permitido conocer los casos de femicidio y alertar a la sociedad, conteniendo su ocurrencia con la creación de centros y casas de acogida (que fue iniciativa de mujeres pobladoras primero y grupos feministas), y otras medidas legales como la tipificación de femicidio como figura legal; sólo en lo que va del año, se han producido 14 casos. La ministra del Sernam explica que los casos de vulnerabilidad de femicidio por la baja escolaridad y la desprotección social. Pero si bien esto es cierto, no es lo de fondo. Ya que sabemos que la cantidad de mujeres que sufre violencia en la familia y por sus parejas es muy superior a lo que se piensa (alrededor del 80% de las mujeres lo sufre). Además por otra parte, las condiciones para superar el nivel de escolaridad y la vulnerabilidad social son limitadas por la misma estructura social, que condena a las mujeres a realizar el trabajo doméstico y ser dueña de casa aunque trabajen, lo que se transforma en una doble carga. Entonces si las mujeres trabajan no lo hacen en buenas, dificultándose la independencia económica con los salarios de hambre actuales y la situación desigual para las mujeres. En la marcha convocada por la "Red chilena contra la violencia doméstica y sexual", a la que asistimos por ser masiva y mostrarse contra el femicidio y la violencia contra la mujer, pudimos ver una gran convocatoria de unas 3.000 personas, entre asistentes del gobierno, iglesias y feministas, además de algunas mujeres independientes. Pese a ser importante que se haga una marcha, creemos que no es posible luchar junto con las que promueven el machismo al ser parte de las instituciones religiosas, que degradan el papel de la mujer, así como políticos /as del gobierno y partidos patronales que no defiende a las mujeres, trabajadores ni oprimidos, si no que a los empresarios. Por eso creemos que para terminar con el femicidio tienen que ser las organizaciones de los trabajadores, feministas y estudiantiles los que se pongan a la cabeza de tratar este tema y exigir medidas concretas junto a las mujeres pobres y trabajadoras. Es por esto que es poco lo que la Concertación y la derecha pueden hacer, cuando gobierna para los empresarios, con planes de trabajo precario para los trabajadores, manteniendo leyes de la dictadura y profundizando la sobreexplotación.
Este 8 de Marzo queremos conmemorar a las trabajadoras que lucharon en el pasado siglo y las que hoy luchan contra las condiciones impuestas por la patronal, siendo parte como trabajadoras de la recomposición de la clase trabajadora en sus luchas y organización como en la actual huelga de los sindicatos de Aguas Claras/ Antarfish. Cada vez son más las mujeres que son parte de la clase trabajadora y por tanto tienen un papel muy importante en la lucha por los derechos de los trabajadores y las mujeres. Llamamos a un 8 de marzo que cuestione las condiciones laborales de las trabajadoras del salmón actualmente en huelga, con alternativas de lucha frente a la situación de miles de mujeres pobres y trabajadoras que viven a diario una situación de maltrato, subordinación y desigualdad, porque el género nos une, pero la clase nos divide. Por eso llamamos a las organizaciones de izquierda, trabajadores, feministas, oprimidos e independientes a que levantemos una lucha contra el femicidio, la discriminación a la mujer y las minorías sexuales; contra la brecha salarial; por el derecho al aborto y a anticonceptivos libres, legales, seguros y gratuitos; derechos de posnatal y para la maternidad libre; iguales salarios por igual trabajo; por trabajo estable para todos y todas, fin a la subcontratación; por un sueldo igual a la canasta familiar móvil de $350.000; por jardines infantiles gratuitos e irrestrictos para madres trabajadoras y estudiantes. Desde Clase contra Clase, creemos que para defender estas demandas y luchar hasta el final, tenemos que construir un partido de trabajadores /as revolucionario.
Viva la lucha de la mujer trabajadora del salmón. Por el derecho efectivo a huelga. Por negociación por rama.
A igual trabajo, iguales salarios y derechos. Por un tarifado Unico por Oficio en cada rama de trabajo.
Fin de la subcontratación. Trabajo estable para todos. Por un salario mínimo de $350.000 ajustable automáticamente por inflación.


¡Por anticonceptivos y aborto libre, gratuito y de calidad! ¡Por derechos de posnatal y maternidad libre! ¡No más violencia contra la mujer, no más femicidio!


"El género nos une, la clase nos divide"
Género & Clase – Clase contra Clase