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TALLER DE GÉNERO Y CLASE 2009



TALLER DE GÉNERO Y CLASE


Ven a conversar y discutir sobre la situación de las mujeres trabajadoras, pobres y estudiantes en Chile mientras tenemos una presidenta mujer a la vez que la crisis se descarga sobre las trabajadoras y trabajadores y el pueblo pobre, con altos costos para la vida...Conversemos sobre nuestra situación de vida y nuestros derechos en la actualidad, en que condiciones nos encontramos? Desde dónde partir para explicarnos nuestra situación social de mujeres hoy?

Ven a cuestionarte estas y otras preguntas y comenzar junto a Pan y Rosas este taller de discusión y formación.


1º SESIÓN GÉNERO Y CLASE, ¿Qué feminismo reivindicamos?


Miércoles 17 de Junio, 18:30 horas

Sala D 33 Casa Central Universidad Católica Cardenal Silva Henríquez

General Jofré 462 esquina Carmen (altura metro Santa Lucía Sur)


INAUGURAMOS LA 1º SESIÓN ESTE MIÉRCOLES 17

No faltes!


Para bajar los textos:


Descarga aquí el libro "Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo de Andrea D Atri. Para el 1º taller del miércoles 17 de Junio. Leer Introducción y 1º capítulo.




Descarga el suplemento Nº4 de Pan y Rosas Teresa Flores para la discusión del 1º taller.




Agrupación de mujeres Pan y Rosas Teresa Flores

integrada por militantes de Clase contra Clase e independientes










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HISTORIAS DE LUCHA DE LAS MUJERES TRABAJADORAS...¿QUÉ FEMINISMO REIVINDICAMOS?...


Reproducimos esta nota realizada por una compañera hace 2 años...



Las primeras organizaciones obreras feministas

parte del Boletín nº3
Género y clase, Clase contra clase





Los inicios del siglo XX marcan la época de la organización de la clase obrera chilena. Es una época heroica, llena de luchas, experiencias y organización. Donde se forma la conciencia de clase de la clase obrera, donde nacen sus primeros partidos y organizaciones sindicales y políticas, como las Mancomunales, la Federación Obrera de Chile, en 1909 o la fundación del Partido Obrero Socialista en 1912. Es también una época de brutalidad en la explotación patronal, y de la complicidad del Estado con sus instituciones, como las Fuerzas Armadas o la justicia patronal a su servicio, graficado trágicamente en las grandes matanzas obreras que se provocan por estos años, como la matanza de Santa María de Iquique, episodio funesto para la clase obrera que es reflejada en la Cantata Santa María de Iquique:



“Murieron/ tres mil seiscientos,/ uno tras otro.

/Tres mil seiscientos mataron, /uno tras otro.

La Escuela Santa María/ vio sangre obrera,/ la sangre que conocía/ sólo miseria.

Serían/ tres mil seiscientos/ ensordecidos./

Y fueron tres mil seiscientos/ enmudecidos

La Escuela Santa María/ fue el exterminio,/ de vida que se moría/ sólo alarido.

Tres mil seiscientas miradas/ que se apagaron./

Tres mil seiscientos obreros/ asesinados.”



Con la matanza de Santa María, se cierra un capítulo de ascenso de la clase obrera chilena, que durante un tiempo va a encontrarse en retirada, recuperando sus fuerzas de la derrota. La experiencia no va a se en vano. Un par de años después, nuevamente retomaría su organización y su lucha, lo que se expresaría claramente, por ejemplo, en el nacimiento de la Federación Obrera de Chile en el año 1909, y que en el año 1920 daría un giro fundamental bajo la dirección de Luis Emilio Recabarren, quién a su vez fundaría en 1912 el Partido Obrero Socialista, buscando que la clase obrera contara con su propio instrumento político, y que a pesar de las limitaciones de su programa, que era más bien clasista y de defensa de los derechos obreros, fue una importante herramienta para los trabajadores.Esta primera etapa del movimiento obrero chileno, que dura hasta aproximadamente 1907, encuentra una clase obrera que enfrenta la ferocidad patronal, con la superexplotación laboral y la enorme represión, lo que lleva a que se consolide una conciencia de clases clasista y combativa. Los trabajadores se arman de organizaciones de lucha y combate, solidarias y activas. Desde mediados de 1800 hasta fines de siglo, se organizan Sociedades de Socorros Mutuos, que agrupaban básicamente a artesanos, obreros y empleados, hasta llegar a convertirse en federaciones provinciales y nacionales, aunque más tarde derivaron hacia planteamientos de reformar el capitalismo, ligándose al partido Democrático chileno, luego, surgirán las Mutuales y las Sociedades de Resistencia, con una orientación más visiblemente anticapitalista.


Clase y género: surgimiento de las primeras organizaciones obreras femeninas


Tal como en muchos otros lugares, el capitalismo en nuestro país utilizó el trabajo femenino e infantil para su provecho. La superexplotación, precariedad y bajos salarios, junto a la falta de derechos laborales y la baja calificación del trabajo, fueron una constante. Ya a mediados de 1800 había una importante cantidad de fuerza de trabajo femenina en actividades como lavandería, costureras, sirvientas, etc., y hacia fines del siglo XIX, comienzan a ubicarse en el naciente sector fabril. Las ramas más importantes en que se fue concentrando el trabajo femenino fueron la industria textil y la confección.La primera institución de trabajadoras que surge en Chile, está asociada al mutualismo: la Sociedad de Obreras de Valparaíso, fundada el 13 de noviembre de 1887 por las costureras del taller “Casa Gunter”. La sociedad abría sus puertas a las obreras de la industria y el servicio y se encuentra presidida por la joven obrera Micaela Cáceres de Gamboa. Tomaba como modelo las sociedades de obreros existentes hasta el momento. La iglesia reaccionó con pavor ante la noticia, más aún al enterarse de que la sociedad prohibía tratar cuestiones religiosas en su interior, por lo que organizó, a su vez, “una Sociedad Católica de Obreras para que compitiera con la entidad femenina laica.” Cuando al año siguiente se funda la Liga de Sociedades Obreras de Valparaíso, esta organización femenina de obreras va a ser una de las quince que la impulsen y compongan, siendo una de sus integrantes miembro de la directiva.


El ejemplo de las obreras costureras de Valparaíso comenzó rápidamente a extenderse: en diciembre de 1887 las obreras de la confección en la ciudad de Santiago constituyen también una Sociedad de socorros mutuos, en 1888, se funda la Sociedad de Socorros Mutuos “Emancipación de la Mujer”, Juana Roldán Escobar, una de sus principales dirigentes, fue una luchadora incansable por los derechos de los trabajadores y de la mujer, participando en la formación de un sinnúmero de sociedades y confederaciones, estimulando la participación de las obreras, la educación y la defensa de sus derechos.


De aquí en más, en diferentes puntos del país se van estableciendo organizaciones de obreras, como en 1889 en Concepción, la Sociedad Ilustración de la Mujer. De aquí en adelante, veremos el recorrido de las sociedades mutualistas, hacia las organizaciones más claramente sindicales, como los gremios y sindicatos. Una característica que marca el inicio de estas organizaciones, es que están ligadas a los problemas más generales de la clase obrera e intentan, tendencialmente, unir los temas de la mujer y el género, enfocados desde una perspectiva social más general: la lucha contra “el fanatismo religioso”, la “opresión masculina” y, especialmente, darle una conciencia clara sobre su responsabilidad social . De todas maneras, el aspecto central es la lucha por los derechos de las trabajadoras, “sus reivindicaciones: disminución de la jornada de trabajo, contra la explotación. Sin embargo, desde temprano, se manifiesta o subyace la protesta por la condición de subordinación sexual”


Después de las primeras sociedades de socorros mutuos, comienzan a desplegarse las Mancomunales. Estas manifiestan que “la mujer tiene derecho a solicitar su incorporación” . Las mancomunales tienden a incorporar la denuncia más económica, la opresión y explotación del capital, y a abogar por la unidad de los trabajadores. Eran la expresión de la combatividad de la clase obrera chilena. En 1903 nace en Valparaíso la Federación Cosmopolita de Obreras en Resistencia, que integra a costureras y obreras del calzado, que aboga por “la unión, el ahorro, el mejor y justo salario” y por la “emancipación y engrandecimiento de nuestro sexo” . Más tarde, la Federación va a pasar a integrar la Confederación de Trabajadores de Chile. Su presidenta, Clotilde Ibaceta.


A comienzos del siglo XX, nacen en Santiago los gremios de mujeres. En 1906 ve la luz la Asociación de Costureras “Protección, Ahorro y Defensa”, integrada por cien socias. Su presidenta, Esther Valdés de Díaz, es una destacada obrera “corpiñera”. Según sus propias palabras “concluyó que con su trabajo el patrón ganaba el triple de lo que ella recibía como salario y su espíritu se sublevó”. La Asociación luchaba por reglamentar las horas de trabajo, salario justo, descanso dominical, formar una biblioteca, instrucción de las obreras, entre otros puntos. La Asociación denuncia los brutales ritmos de trabajo, en el que las obreras debían trabajar turnos de hasta doce y catorce horas, y el abuso patronal, por el que un retraso en las horas de entrada o en la confección de alguna prenda, significaba el descuento de hasta una décima parte de su salario. Es por ello que se propone que la Asociación permita “defenderse del enemigo común: el Capital” y conocer “otro mundo, el de la instrucción”. Sólo en dos años, 1907 y 1908, surgen por lo menos unos veintidós sindicatos de obreras.


Más adelante, surgirán periódicos obreros feministas, que luchan también contra la explotación patronal y por los derechos de la mujer trabajadora.


Son estas primeras experiencias, las que van a ligar los problemas de la explotación de clase y los problemas de la opresión de género, en el que muchas y destacadas obreras y mujeres en general, van a comenzar a luchar por transformar sus condiciones de existencia. Experiencias que van a continuar en diferentes momentos de la historia de nuestro país, y que necesitamos retomar en la actualidad. Porque la explotación patronal y la opresión de género van de la mano, es necesario organizarse y luchar contra ella.


¡Basta de explotación patronal!

¡Basta de opresión y abuso contra la mujer!

El género nos une, la clase nos divide



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Ponencia debate: Las perspectivas de clase y género en la lucha de las mujeres

Las perspectivas de clase y género en la lucha de las mujeres*


María Rojas
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A lo largo del siglo XIX y XX, el movimiento feminista pasó por diferentes etapas, corrientes y diversas agrupaciones en todo el mundo. Desde movimiento de mujeres, otros abiertamente feministas, algunos de obreras, de mujeres militantes, otros de sectores medios y altos, que revelan la diversidad de ideas y políticas de las mujeres en distintas épocas de la historia, su composición y el momento político.

El movimiento en sus dos grandes olas tuvo que dialogar con las principales corrientes políticas y estratégicas que planteaban la liberación de la humanidad y la transformación social. Desde la revolución francesa, el movimiento de mujeres tomó caminos crecientes hacia la conformación de movimiento político, tomando ideas radicalizadas del liberalismo, para plantear la lucha por la igualdad y el reconocimiento de la mujer como ciudadana; después pasó a construir sus teorías desde corrientes como el anarquismo, el socialismo utópico, el marxismo, que fueron desde perspectivas cuestionadotas del conjunto de la sociedad, cuestionando la naturalidad de la subordinación de las mujeres, el matrimonio, las desigualdades y pasando a explicar de fondo sus raíces, sobretodo éste último, el marxismo, al plantear una teoría para explicar los orígenes del sometimiento de las mujeres en la sociedad de clases, que lo planteó ligado a la existencia de la propiedad privada y la familia patriarcal.

Esta explicación de Engels, en su obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, en la conocida frase “El primer antagonismo de clase aparecido en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre hombre y mujer en la monogamia, y la primera opresión de clase con la del sexo femenino por parte del masculino”, dio cuenta de la necesaria relación de las opresiones de clase y género. En este sentido, concuerda con la acumulación de experiencias que las clases empezaban a hacer en lucha por sus intereses en los albores del capitalismo, nuevo sistema de producción social y económico, porque el campesinado, pasaba la posta a la clase obrera, que comenzaba a incorporarse y nacer como clase. La burguesía que había cumplido un rol de progreso dejó de cumplirlo, y la expresión más dura fue que con el desarrollo de las fuerzas productivas, en que las mujeres y los niños se incorporaron como mano de obra precaria, teniendo que vender su fuerza de trabajo y someterse a las peores condiciones de vida.

La revolución francesa que había visto luchar a las mujeres codo a codo, desde las campesinas pobres, mujeres del pueblo hasta las señoras ilustradas, por el pan, la igualdad y la libertad, fueron separadas por las nuevas condiciones que impuso la realidad de la lucha de clases, que las separó en distintos lados de la barricada en la Comuna de París, cuando las mujeres y hombres de la clase obrera y el campesinado pobre, constituyen la primera experiencia de doble poder y gobierno obrero del mundo tras enfrentarse duramente al ejército de las potencias burguesas. Las mujeres de este acontecimiento fueron recordadas después como las petroleuses o incendiarias, mujeres tildadas de peligrosas que actuaron tomando las armas para enfrentarse a las del otro bando.

Desde estos acontecimientos, la unidad de las mujeres en la lucha por su emancipación, que había comenzado a constituirse como movimiento social y político, nunca más pudo estar planteada hasta el final. Desde aquí nunca más las mujeres pudieron defender hasta el final sus derechos y su emancipación sin distinguirse entre clases porque mientras unas luchaban por acceder a la propiedad privada y la educación, otras simplemente no accedieron a estos derechos y se vieron envueltas en condiciones de vida radicalmente distintas. No hablamos de que naciese una enemistad caprichosa entre las mujeres, sino del cambio concreto que significó para las mujeres ilustradas pasar a ser mujeres privilegiadas con derechos civiles, mientras las trabajadoras y las pobres tenían que cuestionar mucho más que un derecho político para plantear su emancipación, tenían que comenzar a enfrentar el capitalismo.

Los intereses de la clase obrera, opuestos a los de la burguesía, dividieron en concreto los intereses de las mujeres, aunque no dejara de existir la opresión cultural, material, económica que recae sobre las mujeres, ya de carácter milenaria. Pero esta opresión concretamente se transformó. Por lo tanto, si bien la opresión podía recorrer las diferentes clases sociales, la explotación dividía a las mujeres entre una y otra clase, haciendo diverger sus intereses.

El desarrollo, las crisis y las guerras del capitalismo durante el siglo XX, hicieron evidentes las diferencias y divisiones sociales de forma extrema. Los procesos más agudos, las revoluciones, echaron por tierra la estabilidad capitalista y pusieron realmente a prueba las estrategias de liberación de los oprimidos. Mientras la guerra dividió a las mujeres y al movimiento feminista, entre las oprimidas de una nación y las imperialistas de otra que la oprimió, las revoluciones, dividieron a las mujeres en clases sociales contrapuestas, dando cuenta estos acontecimientos agudamente de las contradicciones de la sociedad. La lucha por la liberación de las trabajadoras, las campesinas y pobres, junto a sus hermanos explotados y oprimidos, amenazaba poner fin al poder de la clase dominante y poner fin al poder tanto de mujeres como de hombres asentados en el poder capitalista. Muchas huelgas de mujeres, nos hacen recordar el carácter de clase de sus luchas, porque si bien el movimiento sufragista fue una lucha que convocó a todas las mujeres, las mujeres trabajadoras ya comenzaban a luchar por sus condiciones de vida en importante huelgas que nos recuerda el 8 de marzo. “acción organizada por mujeres obreras del siglo XIX como en el 8 de marzo de 1857, en Nueva York, las obreras de la fábrica textil pararon por la demanda contra las 12 horas de trabajo y los salarios miserables. En 1909, medio siglo más tarde, 140 jóvenes obreras murieron calcinadas en la fábrica textil donde trabajaban. En 1912, en la ciudad de Lawrence, en EEUU, la huelga conocida como "Pan y Rosas", culmina en un triunfo sindical tras la matanza de sus hijos por la policía. Una pancarta de las trabajadoras, se dice, llevaba la consigna "queremos el pan pero también queremos las rosas". La mismísima revolución rusa, unos años más tarde, en febrero, en que es el 8 de marzo, es comenzada por las movilizaciones de las mujeres trabajadoras en huelga. Estas experiencias nos plantean el carácter de la lucha de las mujeres, que cruzó el género y la clase.

Desdeñar hoy las experiencias de la historia es de una profunda ceguera. Hoy mientras una nueva crisis económica internacional en curso, golpea en todo el mundo con diferentes magnitudes, comienza nuevamente a poner en jaque la estabilidad capitalista y sacar a flote contradicciones importantes como es la supuesta naturalidad del capitalismo como sistema social, que los Estados democráticos hagan patente su carácter de clase, burgués, al poner grandes sumas en los bolsillos de los empresarios evitando sus quiebras. Y pone en discusión al neoliberalismo como modo de ordenamiento de la economía capitalista, lo que abre perspectivas para potenciar crisis políticas y sociales, y permea las conciencias de las masas con la experiencia concreta de sus efectos y consecuencias. Comienza a abrirse terreno una vez más para que quede demostrado que la clase dominante manda para sí y los que gobiernan sus intereses lo demuestran, al salvar la estabilidad y sus ganancias, que están en primer orden de prioridad y que las más golpeadas con la cesantía y la miseria dentro de la clase trabajadora y el pueblo pobre, volvemos a ser las mujeres.

Desde los 70` con una oleada de procesos revolucionarios en todo el mundo y la segunda ola del movimiento feminista, en que hombres y mujeres de la clase trabajadora y el pueblo pobre dieron todo de sí, no hemos tenido tras la derrota, más que 30 años de ofensiva neoliberal, con dictaduras en Latinoamérica y una ofensiva neoliberal contra la clase obrera, que dieron nuevos aires al capitalismo. En los 80 y 90, si bien las mujeres se organizaron en movimientos por los derechos humanos y contra la dictadura, la coptación como método de regeneración de los regimenes, fue multiplicada en todo el continente. En el movimiento feminista se produjo también la fragmentación del movimiento social y las corrientes que en los 70` fueron hegemónicas, sucumbieron junto a las organizaciones que le dieron sustento. En los 80` el desarrollo de las ONG, con la inversión del imperialismo y los organismos internacionales, fueron ocupando el terreno que se abrió, para apoyar a los Estados democráticos que comenzaban a gobernar. El feminismo se dividió entre las autónomas de las instituciones y las institucionalizadas, con viejas militantes y las surgidas estos años, que tuvieron que adaptarse a la nueva situación, tras la pérdida de hilos de continuidad con los 70`. Los encuentros de mujeres feministas las reencontraron, sobretodo el del 81`, que realizó discusiones sobre como se encontraba el movimiento feminista, acordando retomar la actividad pero sobre bases fragmentadas y múltiples estrategias. Toda la estrategia del movimiento feminista se vio sumergida en el posibilismo de la nueva situación y las expectativas que abría el desarrollo de la democracia. Cualquier planteamiento que desconociera las acciones de la democracia o pusiera en duda su legitimidad, parecía situado en un contexto del pasado ya enterrado y tristemente borrado. Las feministas autonomistas que habían continuado la lucha social, trataron de resistir pero muchas de ellas se adaptaron a una liberación creativa e individual en los marcos del capitalismo, apostando al cambio de conciencia y dejaron de luchar directamente contra el Estado y sus instituciones, por fuerza de la derrota y la adaptación. Muchos otros feminismos volvieron a revalorizar lo femenino y abandonar las teorías que cuestionaban el papel de la mujer en la sociedad, replantearse el feminismo y comenzar una fragmentación por la diferencia que se reivindicó para la lucha de cada cual y que se hizo excluyente. Hoy desde las teorías posmodernas se plantea que el género está en crisis.

Y aunque muchas discusiones continúan abiertas dentro del movimiento feminista y también viejos debates, la historia nos enseña a no olvidar las experiencias del pasado, no para mantenerlas como bellas imágenes de un pasado mejor, sin más, sino para mirar el presente y explicar sus huellas. Hoy nos encontramos con un movimiento de mujeres casi inexistente, pero las mujeres en ciertos países se han ido integrando a la lucha junto a otros movimientos sociales, en los procesos de transformación profunda ocurridos estos últimos años, como en Bolivia, Venezuela, Argentina, en que tras la caída de gobiernos neoliberales barridos por la acción de las masas, han asumido gobiernos progresistas que con un discurso antiimperialista y de humanización del capitalismo, han tomado las expectativas de la clase trabajadora y el pueblo pobre, entre ellos las mujeres, para poder sostener la estabilidad. Muchas promesas dio el gobierno de Chávez a las mujeres, pero aunque no se ha conquistado el derecho al aborto, algunas feministas autonomistas han proclamado el chavismo como su bandera de lucha y la estrategia gradual la vía de obtener cambios. La integración de campesinas y mujeres indígenas en Bolivia, no trajo cambios sustanciales en los niveles de vida de las mujeres trabajadoras y pobres, ni nada sustancial como avance sus derechos. Tabaré Vásquez, ha vetado la ley del derecho al aborto, dos veces votada y ganada en el parlamento, negando este derecho a miles de mujeres de Uruguay y demostrando con claridad los grandes límites de los gobiernos progresistas, también serviles al capitalismo y la democracia de los ricos que gobierna para sus intereses. En Chile, Bachelet que concentró las expectativas de muchas mujeres, oprimidos y excluidos, ha demostrado gobernar para los empresarios cuando otorga sumas importantes a los empresarios para salvar sus ganancias. Mientras la “píldora del día después” fue usurpada por la derecha y la iglesia, a las que la concertación se subordina, siguen muriendo mujeres por violencia machista y femicidio, siguen quedando mujeres enfermas por aborto clandestino, se sigue discriminando y reprimiendo a todo el que lucha. Bachelet demostró no defender nuestros intereses.

Los puestos de poder en cargos de la democracia para ricos o el imperialismo, conquistados por mujeres en todo el mundo, no sólo revelan que son mujeres que se contraponen a nuestros intereses por estar a favor de los intereses de los capitalistas. Sino que además, que estas mismas mujeres forman parte junto a otras, de una clase que defiende su poder a través de la mantención de las peores condiciones de vida para miles de trabajadores y trabajadoras en el mundo y mantiene sumidos en la pobreza, a 1300 millones de pobres de los que el 70% somos mujeres. Nada tienen en común Hillary Clinton, Condolezza Rice, Bachelet con las mujeres trabajadoras que ganan menos del sueldo mínimo, nada tienen en común las mujeres que son soldados de las tropas de EEUU, que asesinan y torturan a otras mujeres palestinas y árabes en Irak y Gaza. Las mujeres no somos todas iguales, y aunque todas vivamos descalificaciones diarias por ser mujeres, no hay intereses compartidos con las que se benefician de nuestra opresión y explotación, las que viven y mantienen su lugar con la usurpación de nuestro trabajo y la mantención de nuestra miseria.

Por eso decimos que mientras exista este sistema de opresión y explotación de miles de seres humanos para beneficio de un puñado de capitalistas, es necesario plantearse la lucha por la emancipación de nuestras cadenas, apostando por una estrategia que plantee la superación y el fin de este sistema irracional que es el capitalismo. Las mujeres trabajadoras, parte de la clase trabajadora que mueve esta sociedad, las mujeres pobres y estudiantes, que nos vemos perjudicadas y oprimidas por este sistema de forma brutal, no podemos sólo apostar a cambiar una u otra ley de los gobiernos de la democracia para ricos, tenemos que plantearnos nuestra emancipación total. Como en la historia del movimiento de mujeres y feminista, han existido muchas corrientes y estrategias de emancipación, pero muchas de ellas probadas también en acontecimientos importantes, es que no podemos ser ilusos en creer que ya no son efectivas porque pasaron de moda o porque alguien dijo que el capitalismo se había vuelto un sistema eterno e invencible. Todos los días el capitalismo demuestra sus miserias y el mismo reproduce las condiciones de su muerte, para las tareas que nos convocan, es necesario observar la realidad para saber que el patriarcado se ha adaptado al capitalismo de forma excepcional, porque el trabajo doméstico realizado por las mujeres milenariamente, hoy sigue siendo realizado por las mujeres, pero sobretodo por las trabajadoras y mujeres pobres con lo que el Estado y los patrones se ahorran entre un 35 y 55% del producto interno bruto de los países, mientras las que pueden pagarlo como servicio se liberan de él.

Por eso nuestra estrategia de emancipación debe apuntar a terminar con el capitalismo y cuestionarlo desde hoy desde las más mínimas situaciones defendiendo nuestros derechos, planteándonos como horizonte la lucha por la emancipación social a través de la revolución socialista para sentar las bases de nuestra liberación. Porque, ¿será acaso posible nuestra emancipación si no terminamos con este sistema capitalista que reproduce nuestra opresión y explota a miles de mujeres y hombres? Es posible que en los marcos de la democracia para ricos sea suficiente con la denuncia o la profundización de una democracia marcadamente a favor de la clase dominante? Es que acaso la opresión de las mujeres trabajadoras y pobres no tiene un rostro marcadamente capitalista y la alianza del patriarcado y el capitalismo se ha hecho indisoluble?

Todas estas preguntas las abrimos, porque es necesario un debate del movimiento de mujeres, feminista y de la izquierda, para pensar que estrategias son necesarias hoy cuando el capitalismo vuelve a presentar crisis y guerras, y procesos de lucha de clases que dejan claro que no será de forma pacífica nuestra emancipación. Dejamos hoy estas preguntas abiertas para la discusión con las feministas autónomas y anarquistas que también luchan por los derechos de las mujeres.

Nosotras creemos que toda lucha por una reforma parcial nos deja con miles de otras situaciones sin cuestionar y con una idea ilusoria de que gradualmente se puede transformar el capitalismo, cuando es necesaria la transformación radical de las relaciones sociales que nos someten a las mujeres y eso es tocando las bases que las sustentan. Hoy viejas estrategias se tiñen de nuevos conceptos e ideas que no hacen más que encerrar una profunda adaptación y confianza en la paz social y en los acuerdos entre las clases radicalmente opuestas. No es posible salirse de las relaciones sociales o cambiar nuestra situación sólo cambiando nuestras conciencias, porque un cambio de conciencia no cambia las relaciones sociales de conjunto que nos afectan, es necesario que de denunciar nos planteemos nuestra emancipación hasta el final. Por eso hemos dado paso a la conformación de una agrupación de mujeres que luche por los derechos de las mujeres trabajadoras, conformada por trabajadoras y estudiantes que vivimos las miserias a las que estamos condenadas. Desde Pan y Rosas – Teresa Flores, creemos que esta lucha debe plantearse desde el derecho al aborto y anticonceptivos libres, legales y gratuitos, y al mismo tiempo la eliminación del trabajo doméstico como tarea de mujeres, para avanzar a la socialización total de estas tareas que recaen sobre nosotras. Estas ideas que son parte de nuestro programa de esta agrupación que levantamos con una perspectiva anticapitalista, clasista y revolucionaria.


*Ponencia presentada en Escuela del Fel, Enero de 2009, en debate con Victoria Aldunate de memoria Feminista

La Historia tiene ejemplos para el presente...¡alguien tiene que ser la primera


Jueves 4 de diciembre de 2008

LA HISTORIA TIENE EJEMPLOS PARA EL PRESENTE


¡Alguien tiene que ser la primera!

Por Celeste Murillo
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En el siglo XXI la participación de las mujeres en los sindicatos sigue siendo un tema de discusión y, aunque todavía persisten fuertes prejuicios, desde el nacimiento mismo de la clase obrera las mujeres estuvieron presentes en los momentos decisivos. No importa si la huelga era de obreras textiles o camioneros, en el norte o en el sur, siempre fueron y son los mismos los que más le temen a las mujeres organizadas: la burocracia sindical y los patrones.


Los “caballeros con pollera”

A fines de 1800, los sindicatos en Estados Unidos sólo permitían la afiliación de varones blancos, dejando por fuera a quienes trabajaban casi siempre en los peores lugares: mujeres, negros e inmigrantes. En estos años una organización llamada Los Caballeros del Trabajo se propuso organizar a las mujeres y de esta manera empezaba una larga pelea que sería continuada por organizaciones combativas y partidos de izquierda.

Con la idea de que clase obrera era una sola, los Caballeros del Trabajo organizaban a un sector importante de la vanguardia obrera, con métodos combativos de lucha y organización. Pero los Caballeros no se limitaron a alentar la participación femenina: pelearon por la organización independiente de las mujeres trabajadoras, lo que permitió el desarrollo de grandes figuras dirigentes. Esto era toda una novedad y por supuesto en la práctica hubo avances y retrocesos. Pero lo que inclinaba la balanza era la política explícita de organizar a las mujeres y a pesar de todos los problemas que existían, a fines de 1880, fue una mujer la que encabezó una de las seccionales más importantes (Chicago). La Asamblea de 50.000 participantes (varones y mujeres) fue presidida por Elizabeth Rodgers de casi 40 años y madre de diez hijos. Elizabeth contó que: “Mi esposo siempre creyó que las mujeres debían hacer cualquier cosa que quisieran (...) pero nunca creyó que me iría tan bien como Master Workam [dirigente]. Fui la primera mujer en unirme a los Caballeros en Chicago. Nos ofrecieron la oportunidad, y me dije a mí misma, ‘Alguien debe ser la primera, y así me decidí’”. Las 50.000 afiliadas de los Caballeros llegaron a ser el 10% de todos los miembros de la organización. A fines del siglo XX, los Caballeros eran perseguidos y reprimidos, sin embargo, habían ganado una batalla importante: la central obrera oficial debió aceptar la afiliación de las mujeres.


La huelga de “Pan y Rosas”

A principios del siglo XX ya nadie podía negar que las mujeres eran una parte importante de la clase obrera y su determinación a la lucha no podía ser ignorada. En 1908 las obreras del vestido de Chicago lanzaron la campaña por la reducción de la jornada laboral; en 1909 las “niñas obreras” textiles conmovían a Nueva York con su gran huelga de los “piquetes móviles” dirigida por Clara Lechmil, la huelguista más “vieja” de 23 años. Mucho más conocida fue la huelga textil que terminó en tragedia con el incendio de la Triangle Shirtwaist Company provocado por la patronal.

En Lawrence (EE.UU.) en 1912 las obreras textiles empezaron una huelga por aumento de salario y reducción de la jornada, pero también peleaban por su derecho a tener una vida digna, allí pintaron la primera pancarta que decía “Queremos el pan, pero también las rosas”. En estos años la IWW (siglas de Industrial Workers of the World, que significa Trabajadores Industriales del Mundo) había tomado la posta de los Caballeros en organizar a las mujeres. Una de sus dirigentes, la militante socialista Elizabeth Gurley Flynn, no sólo fomentaba la sindicalización y participación en la lucha, sino que fue más allá. Decía que si las mujeres después del trabajo tenían que volver a sus casas a realizar ellas solas todas las tareas y cuidar a sus hijos e hijas, era muy difícil lograr que participaran. Entonces empezó a organizar guarderías y comedores comunes para que las obreras tuvieran más tiempo, “La vieja actitud de los hombres de ‘amo y señor’ era fuerte y al final del día de trabajo... el hombre llegaba a la casa y se sentaba, mientras su esposa hacía todo el trabajo, preparar la comida, limpiar la casa, etc.”. La organización democrática de la huelga permitió desplegar muchas iniciativas para alentar la participación de las mujeres, cada mujer que se sumaba traía nuevas propuestas y cada vez eran más.
La IWW lleva adelante medidas novedosas como las reuniones de niños y niñas del sindicato, donde les explicaban por qué sus padres y madres estaban en huelga, para contrarrestar la propaganda antihuelga de la escuela, la prensa y otros sectores contrarios. Otra medida importante, y que logró la repercusión nacional de la huelga, fue la de enviar a los hijos de huelguistas a otras ciudades, para cuidarlos de la represión y que sus madres pudieran participar más en la huelga sin la preocupación de la seguridad de sus hijos. Pero cuando estaba por salir el segundo tren con cientos de niños y niñas, la policía arremetió contra la gente y esto terminó llevando la huelga de Lawrence a la primera plana de los diarios más importantes del país. Las obreras de Lawrence ganaron. Pero no sólo fue importante su triunfo, también mostró el protagonismo decisivo de las mujeres y probó la enorme creatividad obrera que, organizada democráticamente, se despliega de manera impensada.


Ya no soy una sola

La historia de la clase obrera está llena de estas pequeñas historias, que son solamente una parte de la enorme participación de las mujeres, que como vemos todos los días no necesitan permiso de nadie para organizarse y luchar. Las mujeres que levantaron los piquetes móviles en 1909, las que organizaron las reuniones de discusión sindical, las guarderías y comedores colectivos, todas ellas transformaron su vida y la de sus compañeros. De repente las amas de casa formaban la seguridad de los piquetes, las que trabajaron en silencio durante años pasaron a ser oradoras en los comités de huelgas, las que antes habían tenido que agachar la cabeza ahora organizaban un sindicato, las enfermeras montaban y dirigían un hospital para huelguistas... De repente dejaron de ser individuos para convertirse en parte de un todo: ya no apoyaban la lucha de otros, ahora esta era su lucha. Pero el “de repente”, hay que decirlo, en realidad no existe. Lo que sí existió y sigue existiendo son mujeres como Elizabeth Gurley Flynn, Genora Jonson Dollinger, Marvel Scholl o tantas otras, convencidas de que la organización independiente de las mujeres desata una fuerza difícil de parar que da nuevas energías a la lucha de la clase obrera por su emancipación.

Nota de Pan y Rosas Nº 8.
http://www.pyr.org.ar/spip.php?rubrique22

Gran convocatoria en el foro "Marxismo y Feminismo" con Andrea D` Atri...



Gran convocatoria en el foro “Marxismo y Feminismo” con Andrea D` Atri



A eso de las 17:00 horas de la tarde del jueves 11 de Diciembre en la UMCE (ex Pedagógico), ya nos preparábamos para dar comienzo al foro “Marxismo y Feminismo: desafíos para el siglo XXI en un capitalismo en crisis”, con nuestra destacada compañera argentina, dirigente del movimiento de mujeres trabajadoras y estudiantes “Pan y Rosas”, Andrea D`Atri.



Con una convocatoria de más de 100 personas, estudiantes, algunas trabajadoras y profesores, dimos comienzo al foro saludando con un homenaje al estudiante griego de 15 años, Alexis Grigoropoulos, caído la semana pasada en las prolongadas y duras luchas que sostienen estudiantes y trabajadores para enfrentar los descargos de la crisis mundial y la precarización laboral.



Andrea D` Atri, dio su charla en dos grandes temas: planteando la discusión entre el feminismo y el marxismo suscitada en los 70`, cuando la segunda ola del movimiento feminista tuvo que dialogar en todos los términos, con la corriente revolucionaria de la época, el marxismo.



Y una segunda parte en la que abordó la problemática del movimiento feminista tras las derrotas de los movimientos revolucionarios en América Latina, y la división surgida en los 90`, para dar cuenta de los últimos procesos políticos y sociales en América Latina donde las corrientes del feminismo han tenido que probarse.



Planteamos que para el marxismo, la opresión de las mujeres tiene una respuesta concreta en una sociedad basada en la existencia de la propiedad privada y la sociedad de clases, así dimos cuenta que frente a los principales problemas que las mujeres enfrentamos hoy y que hemos enfrentado en la historia, es necesario defendernos pero mirar más allá de la lucha por la igualdad o la mera reforma y luchar hoy por nuestros derechos e intereses con una perspectiva anticapitalista.


Dimos cierre al foro planteando desde Clase y Género - Clase contra Clase, nuestra propuesta de construir una agrupación feminista anticapitalista, clasista y revolucionaria, ante la situación actual de las mujeres en Chile y el mundo, cuando mueren cientos de mujeres asesinadas por sus parejas, ocurren miles de abortos clandestinos, sólo en Chile unos 200.000, dejando graves secuelas para las mujeres mientras el aborto sigue penalizado y ni siquiera tenemos derecho a la píldora del día después. Cuando mujeres en cargos políticos como Bachelet no son garantía de nada para las mujeres trabajadoras y de sectores populares que enfrentamos los bajos salarios, la miseria y la crisis económica que comienza a golpearnos, es necesario que no confiemos más que en nuestras propias fuerzas.



Ante esta situación, presentamos en este foro nuestra propuesta de formar una agrupación feminista con militantes de nuestra organización y con trabajadoras y estudiantes independientes llamada “Pan y Rosas - Teresa Flores” e invitamos a discutir nuestro programa.

17 de Diciembre de 2008

Andrea D` Atri en Chile: Marxismo y Feminismo...

FORO:





Andrea D'Atri:

Dirigente del Partido de los Trabajadores Socialistas

(Agrupación perteneciente a la Fracción Trotskista
por la cuarta internacional (FT-CI), integrada también
por Clase contra Clase)


Dirigente de la agrupación de mujeres Pan y Rosas,

que hoy reune a cientos de trabajadoras y estudiantes.
Integrante del consejo asesor del Instituto del
Pensamiento
Socialista "Karl Marx".


Editora responsable de la sección "Mujer"
del periódico Rebelión.
Docente universitaria en Buenos Aires, La
Plata y Córdoba.
Co-fundadora del Centro de Profesionales
por
los Derechos Humanos.



Jueves 11 de Diciembre


17:00 horas


Salón de Eventos – UMCE (Ex Pedagógico)
Av. José Pedro Alessandri 774, Ñuñoa








Pan y Rosas


Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo

Introducción [1]

“Mientras una parte del feminismo se pregunta, individual y cómodamente recostada en el diván ‘¿quién soy yo?’, y otra parte busca afanosamente la referencia necesaria para una nota a pie de página que acredite como fiable su trabajo (...), he aquí que el mundo revienta de pobreza: millones de criaturas, nacidas de mujer, se asoman a un modelo de sociedad que les reserva una cuna de espinas...” [2]
Victoria Sau Sánchez

Todavía hoy conmemoramos, cada 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, entre tantos avisos publicitarios de flores y bombones, sigue permaneciendo oculto -para la gran mayoría- el origen de esta conmemoración que se sitúa en una acción organizada por mujeres obreras del siglo XIX en reclamo de sus derechos: el 8 de marzo de 1857 las obreras de una fábrica textil de Nueva York se declararon en huelga contra las extenuantes jornadas de doce horas y los salarios miserables. Las manifestantes fueron atacadas por la policía. Medio siglo más tarde, en el mes de marzo de 1909, 140 jóvenes murieron calcinadas en la fábrica textil donde trabajaban encerradas en condiciones inhumanas. Pero en ese mismo año, otras 30.000 obreras textiles neoyorquinas se declararon en huelga y fueron reprimidas por la policía. A pesar de la represión, las obreras ganaron la adhesión del estudiantado, las sufragistas, los socialistas y otros sectores de la sociedad.

Pocos años más tarde, a principios de 1912, en la ciudad de Lawrence, Massachusetts (EE.UU.), estalló la huelga conocida como Pan y Rosas, protagonizada también por obreras textiles que sintetizaban, en esta consigna, sus demandas por aumento de salario y por mejores condiciones de vida [3]. En esta lucha, el comité de huelga instala guarderías y comedores comunitarios para los hijos de las obreras intentando facilitar la participación de las trabajadoras en el conflicto. La organización Industrial Workers of the World inaugura reuniones de niños y niñas en el sindicato para discutir por qué sus madres y sus padres se encuentran en huelga. Luego de varios días de conflicto, se envía a los envía a otras ciudades, donde los albergan familias solidarias con la lucha obrera. En un primer tren, salen 120 niños. En el momento en que se dispone la salida del segundo tren, la policía desata la represión contra los niños y las mujeres que los acompañan. Con este episodio, el conflicto llega a los diarios de todo el país y al parlamento, aumentando la solidaridad con las huelguistas.

Pero, ya en 1910, durante un Congreso Internacional de Mujeres Socialistas, la alemana Clara Zetkin [4] había propuesto que se estableciera el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, en homenaje a aquellas que llevaron adelante las primeras acciones organizadas de mujeres trabajadoras contra la explotación capitalista.

Siete años después que se instaurara el Día de la Mujer, cuando se conmemoraba en Rusia -febrero de 1917, para el calendario ortodoxo-, las obreras textiles de Petrogrado tomaron las calles reclamando “pan, paz y libertad”, marcando así el inicio de la más grande revolución del siglo XX que desembocara en la toma del poder por la clase obrera, en el mes de octubre del mismo año. Como vemos, el Día Internacional de la Mujer conjuga, entonces, la pertenencia de clase y de género que, más de un siglo después, sigue debatiéndose tanto entre las marxistas como en el movimiento feminista.

Opresión y explotación

Para las marxistas revolucionarias, la cuestión de la opresión de las mujeres se inscribe en la historia de la lucha de clases y, por eso, nuestra posición teórica es la misma que la de nuestra lucha: junto a los/as explotados/as y oprimidos/as por el sistema capitalista. Si lo hacemos desde la perspectiva del materialismo dialéctico e histórico es porque, como dijera John Holloway, “estábamos buscando una teoría del mundo que encajara con nuestra experiencia, con nuestra oposición a la sociedad existente. Estábamos buscando no tanto una teoría de la sociedad, sino una teoría contra la sociedad” [5]. Y creemos que el marxismo presta las herramientas para comprender este mundo, aspirando a su transformación.

Ya algunas especialistas en Estudios de la Mujer han señalado que “es absolutamente necesario encarar un análisis de clase en el tratamiento histórico del feminismo”, para luego agregar que “el feminismo burgués sería la exposición de la conciencia de su opresión por parte de la mujer burguesa que se planteará su igualdad con el hombre en los terrenos político, legal y económico, en el marco de la sociedad burguesa. El feminismo obrero, en cambio, se propondría la superación de la subordinación social en el marco de una sociedad sin clases, según la modalidad política a la cual se adhiera, sea socialista, anarquista o comunista” [6]. En el mismo sentido, marcando estas diferencias de clase en el análisis de la opresión de las mujeres, nos encontramos con otras autoras que señalan que “si todas las mujeres son oprimidas por el sistema patriarcal en vigor en la casi totalidad de las sociedades contemporáneas, no lo son por idénticas razones; además, hay oprimidas que oprimen, y conviene señalarlo” [7].

Desde una perspectiva marxista, consideramos a la explotación como aquella relación entre las clases que hace referencia a la apropiación del producto del trabajo excedente de las masas trabajadoras por parte de la clase poseedora de los medios de producción. Se trataría, en este caso, de una categoría que hunde sus raíces en los aspectos estructurales económicos. Mientras que a la opresión podríamos definirla como una relación de sometimiento de un grupo sobre otro por razones culturales, raciales o sexuales. Es decir, la categoría de opresión se refiere al uso de las desigualdades en función de poner en desventaja a un determinado grupo social. De ahí que sostengamos que si las mujeres integramos las diferentes clases sociales en pugna, por lo tanto, no constituimos una clase diferenciable, sino un grupo interclasista.

Y, asimismo, consideramos que explotación y opresión se combinan de diversas maneras. La pertenencia de clase de un sujeto delimitará los contornos de su opresión. Por ejemplo, aunque la imposibilidad legal de ejercer derecho sobre el propio cuerpo sea uniforme para muchas mujeres del mundo en el plano formal del corpus jurídico, no son equivalentes -en el plano de lo real- las prácticas ilegales posibles y sus previsibles consecuencias para quienes pueden acceder al clandestino aborto aséptico por posición económica, social y hasta nivel educativo, que para las que deben morir por hemorragias e infecciones, víctimas de un orden patriarcal con descarnado rostro capitalista. Es decir que, aunque puede señalarse que el conjunto de las mujeres padece discriminaciones legales, educacionales, culturales, políticas y económicas, lo cierto es que existen evidentes diferencias de clase entre ellas que moldearán en forma variable no sólo las vivencias subjetivas de la opresión, sino también y, fundamentalmente, las posibilidades objetivas de enfrentamiento y superación parcial o no de estas condiciones sociales de discriminación.

Oprimidas explotadas y oprimidas que oprimen

En los umbrales del siglo XXI, luchar por los derechos de las mujeres pareciera ser algo ya socialmente admisible y “políticamente correcto”, al punto que la mayoría de los gobiernos del mundo, en diferentes niveles institucionales, han incorporado la problemática de género en secretarías de estado, comisiones de trabajo, agendas y organismos multilaterales.

Es que hay hechos que son innegables. No podemos negar, por ejemplo, la realidad de un fenómeno conocido como "el techo de cristal” términos con los que se señala el hecho que las mujeres, tanto en los ámbitos académicos como laborales, no accedemos a cargos jerarquizados en la misma proporción que los varones, aún cumpliendo los mismos prerrequisitos de capacitación y desempeño.

También es sabido que, en la gran mayoría de los países de todos los continentes, las mujeres cobramos un salario equivalente al 60% ó 70% del que cobran los varones por el mismo trabajo. Y esta brecha, aumenta aún más a medida que aumenta la escala salarial; es decir, entre los cargos gerenciales y directivos, la discriminación contra las mujeres es mayor.

Como es posible advertir, la opresión de las mujeres se manifiesta, de diversos modos, en todas las clases sociales. Pero la mitad de la humanidad no se reparte equitativamente entre las distintas clases: las mujeres somos mayoría entre los explotados y pobres de este mundo y una ínfima minoría casi inexistente entre los poderosos dueños de las multinacionales que nos condenan a esa explotación y esa pobreza. Es un hecho categórico que, aún siendo las mujeres algo más que el 50% de la población mundial, constituimos el 70% de los 1300 millones de pobres del planeta y, por otro lado, sólo el 1% de la propiedad privada mundial está en manos de mujeres.

Es cierto que, mostrar las dobles, triples y múltiples cadenas que se ciernen sobre las mujeres trabajadoras -ya sean obreras, asalariadas, trabajadoras rurales o desocupadas-, no puede ser un argumento utilizado con el propósito de enmascarar la opresión que sufre la mitad de la humanidad, pertenezca a la clase que pertenezca. Por el contrario, si planteamos una perspectiva de clase es porque consideramos que la opresión de todas las mujeres obtiene la "legitimidad" que le otorga un sistema basado en la explotación de la enorme mayoría por una pequeña minoría de parásitos capitalistas; un sistema donde la perpetuación de las jerarquías y las desigualdades son parte fundamental de su funcionamiento.

Actualmente, la desigualdad jerarquizada entre mujeres y varones que hasta principios del siglo XX era justificada sin tapujos con apelaciones a un supuesto “orden natural”, aparece distorsionada tras algunos supuestos "triunfos del sexo débil". Pero este nuevo discurso acerca de la conjeturada liberación femenina ya alcanzada, hace referencia exclusivamente a algunas mujeres y a determinados aspectos parciales de sus vidas y derechos, ocultando que la cuestión de la opresión de género está entrelazada indisolublemente también a la cuestión de la explotación de clases. Y velando también que, en última instancia, el supuesto respeto por las diferencias y la igualdad conseguidos no son más que retórica en un sistema social que se sigue sosteniendo en una de las más abyectas jerarquizaciones dicotómicas: la que establece que millones de personas son condenadas a vender su fuerza de trabajo para que unos pocos sacien su sed de ganancias cada vez más exorbitantes.

Si no fuera porque la pertenencia de clase condiciona de diferentes modos la opresión de género, ¿cómo interpretar que mientras Ivanna Trump se convierte en una empresaria independiente en el mundo de los negocios o Hillary Clinton se sienta en el poderoso senado norteamericano, son 60 millones de niñas las que aún no tienen acceso a la educación?

El siglo XX vio mujeres presidentas, primeras ministras, miembros de gabinetes de gobierno, soldadas y oficiales, científicas, artistas y deportistas, empresarias y profesionales exitosas. Es también el siglo de la píldora anticonceptiva, la minifalda y los pantalones vaqueros, la moda unisex y los electrodomésticos. Pero no olvidemos que el siglo XX también fue testigo de los 50 millones de mujeres que mueren por año por abortos clandestinos, de millares de mujeres violadas y asesinadas por políticas de "limpieza étnica", de millones de mujeres desempleadas y viviendo en niveles que se encuentran por debajo de los índices de pobreza.

Se calcula que en el llamado “Tercer Mundo”, mueren unas 600.000 mujeres jóvenes por año, durante el embarazo y el parto. Por cada una de ellas, hay otras 30 que sufren infecciones, lesiones e incapacidades por las mismas causas. Es decir que, por lo menos, 18 millones de mujeres jóvenes por año sufren daños durante el embarazo y el parto, que llevan a algunas a la muerte.

Entonces, cuando una mujer de treinta años de edad, en “igualdad” con los varones, puede “ejercer su derecho" a ser oficial de las fuerzas conjuntas de la OTAN que bombardean los países semicoloniales, o morir, a la misma edad, en una aldea africana a causa del SIDA es paradójico e incluso cínico hablar del avance y progreso de la mujer. ¿No deberíamos hablar de distintas mujeres? ¿Son acaso iguales las vidas de las mujeres empresarias, las obreras, las mujeres de los países imperialistas y las de las semicolonias, las de las mujeres blancas y las mujeres negras, las inmigrantes o las refugiadas? Suponer que, sólo por ser mujeres, hay algo que vincula a Margareth Thatcher con las desocupadas inglesas, las empleadas del servicio doméstico de Argentina, las obreras de las maquilas mexicanas o las trabajadoras de los chaebols del sudeste asiático es, en última instancia, caer en el reduccionismo biologicista de la ideología patriarcal dominante que las mismas feministas han criticado seriamente. Hablar de género así, por lo tanto, es hacer uso de una categoría abstracta, vaciada de sentido e impotente para la transformación que queremos llevar adelante.

Capitalismo y patriarcado: un matrimonio bien avenido

Muchas feministas hoy se plantean estas cuestiones. Hay quienes señalan, incluso, que un feminismo de clase tendría que jerarquizar y valorar de diferente manera los problemas a los que se enfrentan las mujeres. De ese modo, dicen, por encima de la condena al sistema patriarcal, debería estar la condena al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional, causantes de una creciente pobreza y de la reducción de los servicios públicos. Agregando que la mejor ayuda que pueden ofrecer las feministas a las mujeres del Tercer Mundo es condenar, desde una posición abiertamente antiimperialista, todas las intervenciones “humanitarias” que no sirven más que a los intereses de las grandes potencias [8].

Sin embargo, aunque hay planteos como éste que intentan aproximar las cuestiones del género y la clase y sus intersecciones para repensar el feminismo, son pocas las mujeres que intentan desarrollar este pensamiento a la luz del marxismo. Porque hoy, cuando hasta definirse postmoderno ya está fuera de moda, seguir sosteniendo los principios del marxismo parece algo más que arcaico.

Sin embargo, renegando de las modas a las que adscriben las intelectuales progresistas para condenar con diferentes palabras y categorías lo mismo que es condenado por los reaccionarios -la revolución obrera que pueda barrer con el dominio capitalista- seguimos sosteniendo que, si bien no surge con el capitalismo, la opresión de las mujeres adquiere, bajo este modo de producción, rasgos particulares convirtiendo al patriarcado en un aliado indispensable para la explotación y el mantenimiento del statu quo.

El capitalismo, basado en la explotación y la opresión de millones de individuos a lo largo y ancho del planeta, conquistando para la ampliación de sus mercados no sólo a pueblos enteros, sino también tierras vírgenes y parajes inhóspitos, ha introducido en su maquinaria de explotación a las mujeres, los niños y las niñas. Y aunque ha empujado a millones de mujeres al mercado laboral destruyendo los mitos oscurantistas que la condenaban exclusivamente a permanecer en el ámbito privado del hogar, lo ha hecho para explotarlas doblemente, con salarios menores a los de los varones, para que, de ese modo, pudiera bajar también el salario de los otros trabajadores.

El capitalismo, con el desarrollo de la tecnología, ha hecho posible la industrialización y, por tanto, la socialización de las tareas domésticas. Sin embargo, si esto no sucede es, precisamente, porque en el trabajo doméstico no remunerado descansa una parte de las ganancias del capitalista que, así, queda eximido de pagarle a los trabajadores y a las trabajadoras por las tareas que corresponden a su propia reproducción como fuerza de trabajo (alimentos, ropa, etc). Alentar y sostener la cultura patriarcal según la cual los quehaceres domésticos son tareas “naturales” de las mujeres, permite que ese “robo” de los capitalistas quede invisibilizado y también se transforme en invisible el trabajo doméstico que recae fundamentalmente en las mujeres y las niñas.

Y aunque nunca antes como en el capitalismo se crearon las condiciones científicas, médicas, sanitarias que nos permitirían a las mujeres disponer de nuestros propios cuerpos, este derecho aún no nos pertenece. El desarrollo de los métodos anticonceptivos como las píldoras, los dispositivos intrauterinos, las ligaduras de trompas e incluso la posibilidad del aborto aséptico y sin complicaciones para la salud son hechos ineludibles. Si las mujeres no podemos disponer de nuestro propio cuerpo, decidir no tener hijos o cuándo y cuántos hijos tener es porque la Iglesia, en complicidad con el Estado capitalista, sigue imponiéndose sobre nuestras vidas. Además de convertirse en un negocio muy rentable para un sector de profesionales, laboratorios, mafias policiales, etc, la posibilidad de separar el placer de la reproducción conlleva a una libertad que es peligrosa para los intereses de la clase dominante. Cuestionar la maternidad como único y privilegiado camino para la autorrealización de las mujeres, cuestionar que la sexualidad tenga como único fin la reproducción y cuestionar, asimismo, que la sexualidad sea entendida sólo como coito heterosexual pone en riesgo las normas con las que el sistema regula nuestros cuerpos. Los cuerpos que el sistema de explotación sólo concibe como fuerza de trabajo, como cuerpos sometidos a los estereotipos de belleza, como cuerpos escindidos y alienados transformados en una mercancía más en el mundo de las mercancías.

Género y clase en las luchas de las mujeres

Pero con el surgimiento y desarrollo del capitalismo, no sólo aumentó la explotación y la opresión de las mujeres, sino que también se sucedieron cambios profundos en la resistencia y la lucha de las mujeres contra estas cadenas. A fines del siglo XVIII, con las revoluciones burguesas, surge el feminismo como movimiento social y corriente teórica, ideológica y política. Y este movimiento recorre los siglos XIX y XX, adquiriendo distintas formas y llegando hasta nuestros días convertido en diferentes corrientes teóricas, en prácticas diversas y múltiples experiencias de organización.

Casi desde los inicios, con el desarrollo del capitalismo y la aparición de una poderosa clase obrera antagónica a la burguesía dominante, en el feminismo y contra él se instala el debate acerca de esta contradicción que encierra el sistema capitalista para las mujeres y que centra nuestro interés -el que fuera señalado por la marxista Evelyn Reed en los siguientes términos: “¿Sexo contra sexo o clase contra clase?” [9].

Las marxistas revolucionarias seguimos sosteniendo que la lucha de clases es el motor de la historia y es la clase obrera, acaudillando a las masas pobres y al conjunto de los sectores oprimidos, el sujeto central de la revolución social que nos liberará de la esclavitud asalariada y todo tipo de opresión, atacando al capitalismo en su corazón, paralizando sus mecanismos de exacción y expoliación y destruyendo su maquinaria de guerra contra las clases subalternas. Hoy, esa clase cuenta con millones de mujeres en sus filas. El capital produce ésta y otras tantas contradicciones. La burguesía crea y recrea permanentemente a su propio sepulturero. Es nuestra convicción que las mujeres de la clase obrera tomarán parte fundamental en esas batallas futuras por el derrocamiento total de la clase explotadora.

Hace poco tiempo nomás, en nuestro país, las mujeres fuimos protagonistas de los cortes de ruta de los movimientos de desocupados, de las tomas de fábricas que producen bajo control obrero, de las asambleas barriales que cuestionaron el poder establecido, de las innumerables luchas y movilizaciones que cruzaron nuestro territorio. Las mujeres siguen en pie de lucha por sus derechos en todo el mundo. Hay mujeres a la cabeza de todos los movimientos sociales que eclosionaron en América Latina en la última década. Son cientos de jóvenes mujeres las que enfrentaron al imperialismo en los mítines antiglobalización y en las marchas mundiales contra la guerra de Irak. A pocos días de entrar en imprenta este trabajo, más de medio millón de mujeres marcharon en Washington en defensa del derecho al aborto, en peligro frente a la reaccionaria política de Bush. Todavía hay sectores del movimiento feminista que se resisten a ser integrados al sistema, institucionalizados y “oenegizados”, pactando menor radicalización por pequeñas cuotas de poder [10].

De estas historias de innumerables luchas de mujeres feministas, obreras, campesinas y militantes revolucionarias queremos aprender las mujeres de hoy para emprender las tareas que tenemos planteadas. Teniendo como eje de nuestro trabajo esta intersección entre género y clase, presentamos entonces el rol de las mujeres y del feminismo en los distintos acontecimientos y períodos fundamentales en que puede dividirse la historia de los siglos XIX y XX.

Muchos temas de interés fueron dejados de lado, otros merecerían una extensión y profundización mayor. No soy historiadora ni escritora profesional. Me guía el anhelo de colaborar, con este pequeño grano de arena, a la lucha de las mujeres por su emancipación. Mis expectativas estarán más que satisfechas si después de leer este trabajo, las autoras verdaderamente fundamentales del marxismo y el feminismo son releídas y sus elaboraciones son repensadas bajo el signo de estos tiempos, con el objetivo de combatir contra la opresión. Esencialmente, mi deseo es prestar una modesta colaboración a todas aquellas mujeres que emprenden la enorme y gratificante tarea revolucionaria de “cargar sobre sus espaldas una partícula del destino de la humanidad”.

Andrea D’Atri

Buenos Aires, febrero de 2004


[1] La presente introducción es una reelaboración del artículo "Oprimidas y explotadas: las mujeres de la clase obrera", publicado en Lucha de clases Año I, Nº 1, Bs. As., 1997, y asimismo, de diversas intervenciones en foros y debates organizados por el Partido de Trabajadores por el Socialismo (PTS) y el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones (CEIP) León Trotsky, de Bs. As. También surge de la experiencia realizada con el seminario sobre Género y Clase de la Escuela Superior de Trabajo Social de la Universidad Nacional de La Plata, dictado entre los meses de junio y setiembre del 2001, como de otras charlas dictadas en la Universidad de Cuyo (Mendoza) y la Universidad de Córdoba, sobre los mismos temas.

[2] Sau Sánchez, Victoria: “¿Adónde va el feminismo?”; en Reflexiones feministas para principios de siglo, Madrid, Ed. Horas y horas, 2000

[3] Puede leerse el poema Pan y Rosas, canción popular del movimiento obrero norteamericano, entre los documentos anexos al final de este trabajo.

[4] Clara Zetkin (1857-1933), dirigente del Partido Socialdemócrata Alemán, organizadora de su sección femenina. Fundó el periódico La Igualdad y combatió contra la dirección de su partido cuando ésta se alineó con la burguesía nacional votando los créditos de guerra en el Parlamento, en la Primera Guerra Mundial.

[5] Holloway, John: “La pertinencia del marxismo hoy”, en El pensamiento sobre la crisis de D. Kanoussi (compilador); México, U.A.P., 1994.

[6] Nash, Mary: “Nuevas dimensiones en la historia de la mujer” en Presencia y protagonismo: aspectos de la historia de la mujer de M. Nash (comp.); Barcelona, Ed. del Serbal, 1984.

[7] Michel, Andrée: El feminismo; México, F:C.E., 1983.

[8] Stürtze, Alizia: “Feminismo de clase”,

[9] Evelyn Reed (1905-1979), militante del Socialist Workers Party de los Estados Unidos por más de cuarenta años. Evelyn conoce a los militantes del SWP a fines de los años ‘30 y se instala, en 1939, en México, donde frecuenta el entorno del revolucionario ruso León Trotsky que se encontraba exiliado en ese país. Será miembro del Comité Central del SWP desde 1959 hasta 1975, y participará activamente en la prensa de esa organización trotskista norteamericana, el semanario The Militant y la revista teórica International Socialist Review. Pero la contribución más consistente de Evelyn Reed fue, sin duda, el conjunto de sus escritos sobre la liberación de la mujer, en las que aplica el método del materialismo histórico al análisis del origen de la opresión de las mujeres en la sociedad de clases, mostrando la indispensable articulación entre el combate por los derechos de las mujeres y por derrocar al capitalismo. Entre sus conferencias, publicadas en español, encontramos “¿Sexo contra sexo o clase contra clase?”, “Cómo perdió la mujer su autonomía y cómo podrá reconquistarla”, “La mujer y la familia: una visión histórica”.

[10] Fontenla y Bellotti: “Feminismo y neoliberalismo”, ponencia presentada a la 15º Jornada sobre Feminismo y Neoliberalismo por las integrantes de ATEM; Bs.As., 1997.

Marvel Farell y Clara Dunne

Luchadoras. Historias de mujeres que hicieron historia

Marvel Farell y Clara Dunne

Por Celeste Murillo


“Nadie nace bolchevique. Se debe aprender. Y eso es un largo tiempo, por una combinación de militancia, lucha, sacrificios personales, pruebas, estudio y discusión. Hacer un bolchevique es un largo y penoso proceso. Pero en compensación, cuando se obtiene un bolchevique se ha conseguido algo. Cuando se obtiene la suficiente cantidad de ellos se puede hacer lo que uno quiera, incluso la revolución.”[1] James P. Cannon

La huelga de 1934 de los camioneros de Minneapolis, conocida también como la “Rebelión de los Teamsters”, ha dejado marcas profundas en la historia de las luchas obreras norteamericanas, no sólo por su combatividad sino también por los rasgos distintivos de su preparación y dirección política: un pequeño grupo de revolucionarios que cambió la organización sindical, apostando a la autoorganización de los trabajadores.

Cuando comenzaba la década de 1930, el Partido Comunista había expulsado a un grupo de dirigentes y militantes acusándolos de “trotskistas”[2], por difundir las ideas de León Trotsky al interior del partido. Junto a Cannon, Schatman y Abern[3] se reunió un puñado de obreros con gran experiencia sindical, entre ellos los hermanos Ray y Vincent Dunne, que intentaron influenciar a sectores del PC, con su periódico The Militant.

Para 1933, estos miembros de la joven Liga Comunista de América (Cuarta Internacional) habían decidido concentrar sus esfuerzos en la construcción de un nuevo partido revolucionario. En Minneapolis, según cuenta Farrell Dobbs en su libro Teamster Rebellion, el grupo de la Liga no tenía más de cuarenta militantes, varios de los cuales contaban con experiencia sindical, “una situación favorable para orientarse al trabajo de masas como piedra angular de la construcción del partido”[4].

Las condiciones laborales y las penurias económicas causadas por la gran crisis que abrió el crack de la Bolsa en 1929 hacían de Minneapolis un escenario perfecto para la política que impulsarían los trotskistas, interviniendo en el sindicato de los camioneros para extender una campaña de sindicalización a todos los trabajadores de la ciudad.

Los preparativos de la huelga

Los primeros intentos de organizar la huelga se dieron en contra de la dirección del sindicato de camioneros, personificada en Tobin, un burócrata sindical que debía autorizar cada una de las huelgas y no se caracterizaba por su combatividad. Luego de varias acciones a pequeña escala, donde los trotskistas ponen a prueba su campaña de sindicalización y sus métodos, con acciones relámpago y movilizaciones, se ganan la confianza de los trabajadores.

En 1934, el local del sindicato, número 574 de Minneapolis decide salir a la huelga, sin autorización de la dirigencia burocrática, exigiendo la mejora de las condiciones laborales, un aumento de salarios y el reconocimiento del derecho a organizarse.

El libro Teamsters Rebellion, basado en gran parte en el diario personal que Marvel Scholl -compañera de Farell Dobbs, uno de los dirigentes de la huelga y militante del SWP- llevó durante la huelga, presta especial atención a las acciones de apoyo del comité auxiliar de mujeres, organizado por Marvel y Clara Dunne -esposa de Grant Dunne, también militante trotskista de la Liga Comunista.

Se lanza el comité de apoyo: las mujeres salen a la calle

Para sorpresa de muchas feministas que siguieron el rastro de la participación de las mujeres obreras en estas huelgas, quien propuso la constitución de este comité auxiliar de mujeres fue un militante de la Liga Comunista y no una compañera. Es que era parte del programa de los trotskistas incorporar a las mujeres, ya que señalaban la necesidad de organizar a los sectores más explotados y oprimidos de la propia clase. “[Fue] Carl Skoglund, quien propuso al comité organizador la formación de un comité auxiliar de mujeres. El objetivo era involucrar a las esposas, novias, hermanas y madres de los miembros del sindicato. En vez de dejar que las dificultades económicas que enfrentarían en la huelga les corroyera la moral, señaló Skoglund, debían ser integradas a la batalla, donde podrían aprender sindicalismo por su propia participación directa”[5]. Carl Skoglund era un viejo militante sindical, proveniente de las filas de la IWW, organización obrera combativa de principios del siglo XX, que fue una de las primeras en alentar la participación de las mujeres.[6]

Sin embargo la idea inicial quedó superada, no sólo por la actividad de las propias mujeres, sino también por las iniciativas de Marvel y Clara, que intentaban hacer algo más allá de la tradicional tarea de limpiar cacerolas y preparar los vendajes para los heridos por la represión. “La fundación del proyecto auxiliar la emprendieron Marvel Scholl, quien estaba casada conmigo, y Clara Dunne, esposa de Grant (Dunne). Comenzaron a hablar en reuniones de las distintas secciones del sindicato donde se estaban elaborando reivindicaciones a ser presentadas a los patrones. Al comienzo las recibieron con aire de tolerancia cortés. Luego algunos de los hombres comenzaron a hacer preguntas sobre el proyecto queriendo saber qué podrían hacer las mujeres durante la huelga. Clara y Marvel explicaron que las tareas de organizar un comisariato sindical, atender teléfonos y ayudar en una estación de primero auxilios eran sólo algunas de las muchas cosas que las mujeres podían hacer durante la huelga.”[7]

Marvel y Clara tenían que enfrentarse al conservadurismo de las mujeres, que se negaban a permitir que sus esposos arriesgaran en la huelga el sustento del hogar y al disgusto de los mismos obreros que veían la participación de sus esposas en los preparativos de la huelga como una “noche libre” para ellas, lejos de sus hogares. Fue un paso importante lograr convencer a los obreros de la presencia de las mujeres en las asambleas y reuniones, que en general no participaban de las organizaciones sindicales en esta época. La sola existencia de esa posibilidad de intercambiar opiniones, discutir sus ideas, daban a las mujeres una renovada fuerza y estrechaba los lazos con su compañeros de clase.

Una negativa patronal insolente, una huelga histórica: se enciende la chispa

El 5 de mayo de 1934 a la noche se celebra una asamblea general en el Salón Eagles: “El comité negociador informó sobre la negativa insolente de los patrones a negociar con el sindicato(...) cuando se presentó una moción para salir a la huelga, los miembros dieron su aprobación unánime con un voto de pie, no exactamente apegados a lo prescripto por Tobin”[8]. La presencia masiva, hombres, mujeres del comité auxiliar y en general reinó un estado de combatividad y confianza.

El amanecer del 6 de mayo puso de manifiesto que ésta no sería una huelga como otras: la planificación, que llevó más de un mes, daba sus frutos. No sólo entre los trabajadores del gremio de camioneros, sino entre los demás trabajadores y trabajadoras de la ciudad se sentía una gran convicción de que la unidad de clase fortalecería la lucha del local 574 de los teamsters. “El cuartel general de la huelga ubicado al 1900 de la Avenida Chicago ya era un colmenar de actividad. Carpinteros y plomeros sindicalizados instalaban en el comisariato estufas de gas, lavaderos y mostradores. El Sindicato de Cocineros y Meseros envió expertos en preparar y servir alimentos de forma masiva, a fin de ayudar a organizar las cosas y entrenar a los voluntarios. Trabajando en dos turnos de doce horas, más de mil voluntarios servían a entre cuatro mil y cinco mil personas cada día.”[9]

Una vez que se encendió la chispa, se multiplicaron las acciones de las mujeres, que muchas veces ocupaban lugares estratégicos para los huelguistas, lugares a los que los varones no podían llegar. Por ejemplo, son conocidas las documentaciones de la patronal a las que accedieron los trabajadores del local 574, gracias a secretarias anónimas de los gerentes. “Las secretarias de los patrones y los políticos actuaban como espías del sindicato, duplicando en secreto cartas y memos que generalmente permitían al local 574 adelantarse a los empleadores.”[10]

Los diarios de Minneapolis no eran más que instrumentos políticos de la patronal y la Alianza Ciudadana[11], “no se publicaba ni una sola noticia a favor de los huelguistas. Para intentar solucionar este problema, las mujeres organizaron una manifestación masiva. Marchamos desde el Auditorio en la calle Grant hasta la avenida Nicollet. La marcha era encabezada por cuatro mujeres que llevaban nuestra bandera, seguida por cerca de quinientas mujeres, muchas de ellas simpatizantes, rompimos todas las leyes de tránsito de Minneapolis. Se reunieron multitudes en las veredas y siguieron la procesión hasta los tribunales” [12]. Más tarde, desde el local 574 también se comenzará a publicar un periódico propio de los huelguistas.

La huelga era fortísima: se sumaron los taxistas y varios sectores de los granjeros se solidarizaron activamente, frenando entregas y negándose a trabajar con empresas de transporte que contrataran rompehuelgas. La unidad forjada alrededor del local 574 era un escudo de hierro que no hacía más que fortalecer la lucha de los trabajadores, su organización y su programa. Una perspectiva de clase se asomaba en la solidaridad expresada en cada intercambio de mercaderías, en cada voluntario que se acercaba al cuartel general de la huelga, robando horas al descanso, sumándose a las movilizaciones. La ciudad estaba en pie de guerra. Y para esa guerra se prepararon los patrones, su gobierno y sus fuerzas represivas, incluidas las bandas paramilitares como la Alianza Ciudadana.

El diario de Marvel: de los primeros enfrentamientos a la Batalla del Mercado del viernes sangriento

Ya avanzada la huelga, la participación de las mujeres superó cualquier cálculo: las mujeres no sólo habían instalado exitosamente una enorme logística, que incluyó hasta una clínica con médicos y enfermeras profesionales que trabajaban voluntariamente -ya que los huelguistas heridos eran apresados en los hospitales-, sino que también jugaban un rol activo en la politización de la población de la ciudad, ganando el apoyo de otros trabajadores y trabajadoras, haciendo mítines, repartiendo panfletos, entrevistándose con las autoridades. En general eran quienes, primero de forma espontánea, luego de manera organizada, lograban la liberación de los presos, manifestándose en las comisarías y presionando a las autoridades.[13]

Los intentos de los patrones por frenar la huelga se tornaban cada vez más violentos: se organizaban emboscadas a los trabajadores, se daban falsas voces de alarma, se intentaba por varios medios golpear la moral de los trabajadores usando rompehuelgas. El jueves 19 de julio la policía comenzaba a montar una gran provocación contra los huelguistas. Decía el Minneapolis Tribune: “Vamos a empezar a trasladar mercancías. No se dejen apalear. Ustedes tienen escopetas y saben cómo usarlas. Cuando acabemos con esta escolta, habrá otras mercancías que trasladar”[14]. El sindicato evitó el enfrentamiento porque sospechaba que se trataba de una trampa y no respondió a la circulación ilegal de camiones, que según el gobierno atendían las necesidades de los hospitales. En realidad el sindicato extendía los permisos necesarios para hacer llegar mercaderías a hospitales y cualquier tipo de emergencia. La provocación para golpear la moral obrera no bastaba. La única arma para contrarrestar los golpes de la prensa patronal era la edición diaria de The Organizer (El Organizador), que se repartía y leía ampliamente entre los trabajadores de la ciudad. “The Organizer puede llegar con la verdad a los trabajadores de Minneapolis. ‘¡Las líneas de piquete están intactas! ¡La lucha continúa!’ Esto de veras irritó a los patrones.”[15]

La dirección del local 574 avistaba un golpe para el viernes en el mercado, porque era el área donde se encontraban las mercaderías que debían ser transportadas de no ser por la huelga. Los huelguistas habían recibido telegramas advirtiéndoles que en tres días serían reemplazados en sus puestos de trabajo. La policía custodiaba las calles aledañas y el sindicato apostó sus propias patrullas desde la madrugada. Los patrones intentarían hacer una entrega en un gran negocio de ventas mayoristas. Al enterarse, el sindicato envió refuerzos, aún cuando comprendían que sería difícil enfrentar a policías armados. “Sabíamos que no podíamos enfrentar las escopetas antidisturbios y estábamos empeñados en llevar a cabo una protesta masiva y pacífica contra la maniobra rompehuelgas que se anticipaba.”[16]

La policía comenzó a disparar a mansalva contra el camión del sindicato que transportaba a los huelguistas que iban al piquete. Dos huelguistas quedaron tendidos en la calle, el resto intentaba resistir; los policías disparaban sin mirar, al punto que varios de ellos resultaron heridos por sus propios “compañeros” y superiores. Muchos de los heridos recibieron disparos cuando socorrían a sus compañeros y compañeras, todos tenían heridas de bala en la espalda. La mayoría de los heridos fueron atendidos en el cuartel general montado por los obreros y las mujeres, sólo tres heridos graves fueron trasladados a hospitales. El accionar de la policía fue tan brutal que más tarde fue investigada por la justicia, la misma que detuvo a cientos de huelguistas y se vio obligada a dejarlos libres por falta de pruebas. La policía tuvo que deshacerse de los jefes del operativo. El sindicato reunió más de cien mil firmas para reclamar la renuncia del jefe de policía.

Las mujeres fueron, como otras veces, parte activa de los enfrentamientos con la policía y la fuerza paramilitar de la Alianza Ciudadana. “Cuando la policía trató de abrir el mercado de la ciudad, donde la producciones de las granjas era traída, comenzó una gran batalla. Los piquetes mantenían casi todos los camiones fuera del mercado, y el intendente respondió triplicando la fuerza policial. Se realizaron doscientos arrestos, y un grupo de mujeres fue golpeado hasta quedar inconscientes por un grupo de matones contratados.”[17]

Durante la histórica Batalla del Mercado, setecientas mujeres del comité auxiliar, lideradas por Marvel Scholl y Clara Dunne, marcharon a la alcaldía para exigir al gobierno el fin de los ataques a los trabajadores y la renuncia del jefe de la policía. Marvel Scholl describió el arribo de los heridos y los huelguistas que salieron del campo de batalla, de esta manera, en su diario: “El Viernes Sangriento, como lo conocemos quienes vivimos aquel día terrible en que la muerte rondó en el cuartel de la huelga, empezó como un día lóbrego, nublado. El aire mismo parecía como cargado de presentimientos. Al amanecer empezó el tren normal de actividades para el grupo auxiliar. Se abrió la cocina de la forma usual. Hubo la cantidad normal de labores de asistencia, se cerró la edición del Organizer...Cuando se abrieron las puertas del comisariato para la comida de mediodía y sólo aparecieron unos cuantos hombres, nos empezamos a preocupar. La señora Carle, que encabezaba el comité del comisariato, se expresó al respecto, diciendo, ‘Debe estar sucediendo algo inusual, señora Dobbs. Kelly no me ha enviado esta mañana ni un solo auto especial de piquetes móviles. Bill [Gray] dice que casi ninguna de las cuadrillas nocturnas ha regresado. No obstante, mantengo la comida lista. Me imagino que va a ser un tropel horrible cuando lleguen’. Ese día no se usó mucha comida (...) el cuartel estaba extrañamente vacío. Estaba tan callado que era casi escalofriante (...) Y luego, de la manera más súbita, el vacío cedió ante el alboroto; la tranquilidad, ante la horrible sirena de la ambulancia; y el blanco impecable del pabellón del hospital ante el rojo espantoso, el rojo de la sangre. Cuando entraron cargando el primer hombre con espuma saliéndole por la boca, gris como cemento, inconsciente, alguien gritó. En menos tiempo del que uno se puede imaginar, 47 hombres yacían tendidos sobre catres improvisados, con sus cuerpos llenos de heridas de balas. ¡Acción! Agua, alcohol, algodón, hombres y mujeres limpiando horribles verdugones morados de los cuales brotaba la sangre. Se desgarraba la ropa. Se encendían cigarrillos para los hombres que yacían tendidos, quienes apretaban las manos, se mordían los labios, para no gritar. Uno de ellos era un muchacho pelirrojo, un mensajero que sólo había estado observando. Le temblaba la mano cuando aceptó su cigarrillo. Sonrió, susurró un débil ‘gracias señora’, para luego desmayarse. Otro era Henry Ness. Le habían desgarrado la camisa, dejando al descubierto su espalda, cubierta completamente de verdugones morados. En su delirio, se alzó, luchando contra el médico que lo trataba de auxiliar, y se desmayó. Y luego el aullido de las ambulancias. ¡Abran paso! ¡Háganse atrás! ¡Dejen que los vehículos entren al garaje! ¡Que no entre nada más! (...) rápidamente lo cargaron hasta la ambulancia. Harry DeBoer estaba tendido en un catre. Enardecido ordenó a los socorristas, “Atiendan a algunos de esos otros primero”. Harry tenía una bala en la pierna, enterrada en el hueso justamente arriba de la rodilla. Ahora las ambulancias se iban llenando hasta las puertas, con todos los hombres que se pudieran mantener de pie. Llenas hasta más no poder, salieron, una por una, hasta que cuarenta y siete hombres iban rumbo a camas de dolor y algunos hacia el olvido”.[18]

Luego del Viernes Sangriento, veinte mil personas acompañaron la procesión para enterrar a los dos huelguistas asesinados y trabajadores de todo el país donaron dinero al sindicato y las familias de los obreros muertos. Las palabras de Marvel describieron cada una de las páginas de la heroica huelga de Minneapolis, que finalmente triunfó, como muchas huelgas, con mártires obreros.

El 22 de agosto, The Organizer mostró con orgullo la palabra VICTORIA en su portada, cuando las demandas de aumento de salarios, acortamiento de la jornada laboral y reconocimiento de derechos sindicales fueron alcanzadas. El corazón de la clase comenzaba a latir a un ritmo distinto en Minneapolis: su sangre, la combatividad de la clase obrera autoorganizada; sus arterias, un programa clasista. Y una necesidad que golpeaba el pecho con fuerza: la construcción de un partido revolucionario de trabajadores, para hacer de la huelga del local 574 sólo un primer paso.

[1] Historia del trotskismo norteamericano, de James P. Cannon.

[2] Era común que los partidos comunistas, en esta época ya bajo el stalinismo, utilizaran el adjetivo “trotskista” como razón de expulsión, contra todos aquellos que desafiaran la política del stalinismo e intentaran debatir las ideas del revolucionario León Trotsky, empujado al exilio.

[3] Estos dirigentes expulsados del PC formarán primero la Liga Comunista, más tarde el Workers Party y finalmente fundarán el Socialist Worker Party. Este núcleo de militantes logrará en la década de 1930 insertarse y tener cierta influencia en sectores de la clase obrera norteamericana. Cabe señalar también que el joven SWP gozó hasta la muerte de León Trotsky, entonces exiliado en México, de una relación muy estrecha con el dirigente ruso, que los aconsejaba directamente. A lo largo de la historia se vio atravesado por diferentes debates internos (como lo reflejara el mismo Trotsky en En Defensa del Marxismo, a propósito de las alas a favor y en contra de la defensa de la Unión Soviética como estado obrero). Otro debate importante que atravesará es durante los años de 1960, impactado por la Revolución Cubana y el castrismo (manteniendo una tendencia centrista hasta la actualidad). El grupo fundado por Cannon sigue existiendo en la actualidad aunque reducido.

[4] Rebelión Teamster, de Farrell Dobbs.

[5] Farrell Dobbs, op. cit.

[6] Ver introducción de este capítulo.

[7] Farrell Dobbs, op. cit.

[8] Idem.

[9] Idem.

[10] Socialist Word, 70th anniversary of Labor’s historic victory in Minneapolis, 23 de enero de 2005.

[11] Organización civil armada que funcionaba como banda paramilitar contra las huelgas y los “comunistas”.

[12]Testimonio de Miembro del Comité Women Active on firing line, extractos de American Militant, 2 de junio de 1934, publicado en The 1934 Minneapolis Strike, Revolutionary History, Vol 2 No.1, primavera 1989.

[13] “Revolt of the new working class”, de Helen Shooter, en Socialist Worker (Gran Bretaña), 21 de agosto de 2004, N° 1915.

[14] Cita aparecida en Farrell Dobbs, op. cit.

[15] Cita aparecida en Farrell Dobbs, op. cit.

[16] Farrell Dobbs, op. cit.

[17] “70th anniversary of Labor’s historic victory in Minneapolis”, en Socialist Word, 23 de enero de 2005.

[18] Farrell Dobbs, op. cit.